Desde el ojo de la tormenta / las puertas flexibles del pasado.
Mordidas lentejuelas / que en la noche se ofrecen / estimulantes imágenes.
De algún lado, trémula / del largo día que adormecido / creó el tornado / las trampas del deseo / y todo el parecerse que dobla / brillos clandestinos de aceite.
El viento estruja lo que inflama / lo lleva contra la pared / lo arrastra por el suelo / lo sube lo baja de la cama / lo añora en la cocina / lo envuelve como un pulpo, / desvanece la identidad.
Desde ese silencio culposo / desde otro lecho / los poros de tu dueño / desde la estirpe en espera / la mixtura del gen y el sueño / la negligencia de las sociedades / el canibalizar de la mirada.
De donde sea / para irte con la madrugada / ahíta de leche de estrellas / escaldada en el vértice inquietante / acarreando algo de mí en los pliegues / todos, vacíos de secretos, salvo vos / vos, entera, ardida y esfumada en colonia / descalza / por el jardín de la tibieza que se acaba.
Jorge Alberdi, noviembre 2009
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/11/la-visita.html
11/15/2009
LA VISITA
11/02/2009
EN LA SOMBRA
En la hoguera
del cuerpo que prende
las luces del árbol navideño
y amarsala la vida
en su combustión,
Yo me he pronunciado
a gritos,
en la quebrada del espasmo
ahuyentando viejos rencores
apelando al incierto resabio del recuerdo
endemoniado bebedor
de valles con sortija
una ruleta que rueda
y se posa en el 0.
Yo he sonreído
a la voz en el teléfono
dejándole entrever mi ironía
que no es más que un mohín
un tono, un acento, un cambio de ritmo
un minúsculo gesto de derrota.
Yo enloquecí en las pendientes
sin asidero de tu arrojarte al vacío
y como autómata dejé que la mirada
inundara los planos de lo que siempre concurre
pero detrás de un vidrio fosforado.
Velos, texturas, un baile en la sombra.
Sin final, no hay final
para el ciclo que te mata y te revive.
Jorge Alberdi /(borrador) noviembre 2009
10/25/2009
TODAS ELLAS
Ahora, todas esas imágenes deben estar retorciéndose al calor de la pequeña hoguera. Mi madre amenazó con hacerlo la última vez que volví al pueblo. No podía seguir guardándolas, ahora que estaba casado; sentía como que era ella la que traicionaba a Susana. Le pedí que no lo hiciera, que la próxima vez me las llevaría.
En estos momentos, estoy seguro, quema esas fotos y otras tantas, y también los atados de cartas resecas, y otros recuerdos, no todos de ella. Allí está un poco mi pasado. Y si está mi pasado, está mi presente, porque no puede ser de otra manera. Eso es lo que no se entiende ¿por qué tengo que desprenderme de todos esos recuerdos como si hubiese sepultado con una nueva mujer a todas las otras?
Estoy hecho de pedazos, y ahora la pequeña voluta, la frágil ceniza de un capullo que la hoguera eleva, tal vez una entrada a un cine, o una servilleta con palabras del momento, escribe por unos segundos el cielo. Estoy hecho de fragmentos perfectamente ensamblados de amores, no importa que el fuego haga humo del tangible papel. Aquí estoy, trayendo a la memoria un nombre que desencadena sensaciones que no se repetirán, por suerte, y ese nombre trae a otro, y también al olvidado.
Te veo bajando por las escaleras preocupada por una pollera que te traiciona en ese momento y se abre, y te saludo agradecido de la suerte de que yo subía, justo, medio borracho, y algo te digo, algo referido a tus piernas, a la visión, aunque te sigo mirando a los ojos. Y luego salgo a la calle y ya te olvidé. Estoy solo, mis amigos más cercanos se han ido de vacaciones y entonces deambulo por los bares de la ciudad, charlo con conocidos, adivino para quien es tal mirada, busco entre la gente lo que siempre busco y solo algunas veces encuentro. Es viernes, y mañana trabajo. Me hago el firme propósito de acostarme temprano, pero la noche está fantástica, el bullicio es como un burbujeo en el estómago. Me tomo la última copa, después me voy a casa, tempranito, mañana me levanto hecho una uvita, soy una persona responsable, acaban de otorgarme una guardia en el trabajo, es mucha responsabilidad, no puedo tomármelo a la ligera, como me tomo este penúltimo gin tonic, y ya se van, por qué, el bar comienza a vaciarse. Está bien los acompaño un rato, solo un rato, voy a escuchar algo de música y me vuelvo, o no, mejor me quedo una hora, una horita solamente, si en una hora no pasa nada, me voy a dormir ¡si señor!
Aún no hay mucha gente en el local, por eso todavía huelen bien las mujeres que entran, aunque el humo comienza a enrarecer el ambiente; es decir: comienza a darle la naturalidad que debe tener. Es temprano, miro el reloj del que está a mi lado, en la barra. Es un reloj grande, sin agujas, los números pueden verse en la penumbra. ¿Cómo se llamaba su dueño? Creo que le dicen Andy, aunque dudo que se llame Andrés. No sé por qué le dicen así. Me sonríe y me hace señas con la mano en la que ostenta el reloj y la copa. Me señala una flaca que acaba de entrar junto a otras personas. Ahora me guiña un ojo, cómplice. La flaca pasa a mi lado y me ignora, ostensiblemente, pero su amiga, que va un poco más atrás, no deja de mirarme, con una semisonrisa triunfal; se acerca a la otra y le habla al oído. Andy sigue mirándome con esa cara de te acordás de la mina, la volviste chiflada y ahora está en otra, no te da ni la hora. En el pueblo todo se sabe; todos se conocen. Le pido una copa al que está detrás de la barra; un pelado trolo que pasa de bar en bar, de boliche en boliche, siempre manejando las botellas, tratando de pescar algo, negociando alcohol por sexo. O al menos jugando con esa ilusión. Quién se lo va a cojer! Es una vieja puta y achicharrada. No tiene necesidad de trabajar, como muchos de los que están aquí, pero le gusta formar parte, ser amigo de los amigos. Qué carajos quiero decir con ser amigo de los amigos. El puto me habla, me grita casi porque la música ha subido y el lugar se está llenando de voces, risas, murmullos. ¿Qué?. Fernando. Dónde está el pendejo, no lo trajiste. Vos lo cuidás de mí. Me dice. Hace un par de semanas me lo sacaste cuando ya lo tenía en la bolsa, guardabosques. Me río mientras me sirve otro Gin Tonic. No hay peligro conmigo, ya sabe que no entro en su jueguito, aunque me ría y le diga que yo no cuido a nadie, ni a mí mismo. Se fue el del reloj, ahora no tengo referencia, pero no importa, en un rato me voy a dormir. ¿Fernando? Se fue de vacaciones, en carpa, con un par de amigas, no te pongas así. El pibe anda bien y lo aprovecha. Tiene un buen maestro. Ya se te va a dar.
Me voy. Mañana tengo que levantarme temprano y quiero estar lúcido. No jodas, tomate otro, este lo paga la casa. La flaca vuelve por el pasillo del costado, su amiga se perdió entre la gente. Se sienta en la butaca que dejó Andy. ¿Cómo andás? Bien. Y Fer. Fernando, el pendejo del que me hablaba el puto (que ahora trata de escuchar nuestra conversación) es su primo. Mientras le contesto la miro, y si bien no voy a reincidir, no puedo dejar de pensar que es linda, aunque me pese la expresión. Preferiría decir bella, en lugar de linda, pero es mi manera de aislar el deseo incipiente. Linda es como insulsa, pero, a decir verdad, si algo tiene la flaca es un atractivo especial. Es muy flaca y alta, pero tiene ese aire de niña inocente que te rompe la croqueta. Cuando la conocí, era natural en ella ese aura; con el tiempo lo fue convirtiendo en una estudiada estrategia. No puede engañarme, demasiado inmerso estuve en su mutación. Se me acerca y me habla al oído. Sé lo que busca cuando hace eso. También yo estoy expuesto, me conoce demasiado bien, sabe de mis debilidades. Encima creo que el alcohol comienza a alivianarme y ya siento como si la luna llena soltara al animalito que llevo contenido. Si hace un rato estaba medio borracho, ahora no sé. Tiene aliento a frutillas, o es su cabello que se expande sobre mi cara mientras me susurra y se ríe. Por suerte llega su amiga gordita y se la lleva empujando muchachos. Antes de salir al patio, se da vuelta y me sonríe. Blanca.
Me paro para seguirla, pero la pierdo entre la multitud y las sombras de colores tenues. Mientras me muevo casi a los empujones me doy cuenta de que estoy algo mareado. Suavemente mareado y feliz. Felicidad que dura unos segundos. La música ahora se ha transformado en un furioso rock and roll y opaca el bullicio de las conversaciones. En el patio están bailando. Se fue Andy y se fue mi reloj. Bajo unos escalones el desnivel y me tiro en los sillones del reservado cerca de la entrada. Sigue ingresando gente. Saludo a algunos viejos conocidos, mientras miro las chicas que van apareciendo espumosas en sus brillos, implacables en su producción. Es hora de irse. Pero sigo sentado, mirando y disfrutando el cigarrillo que acabo de encender. De pronto, unos ojos verdes se abren entre un flequillo. Me pide fuego. Le acerco la brasa sin dejar de mirarla. De dónde conozco yo esos ojos maravillosos. Vos sos el de la escalera, me dice. Sí. ¡Sos el de la escalera! No sé de qué me habla, pero su sonrisa es tan atrapante como su mirada. Sí, le miento, soy yo. Y la tomo de la mano mientras me levanto para llevarla a bailar.
10/18/2009
CERRADO SIN MELANCOLÍA
Ya no te idolatro
hace tiempo que dejé esa práctica.
Ya no duermo sin paracaídas
ni me levanto a mirar el mundo
a través de tus ojos
ni escucho llover para sensibilizarme.
Hay días en que la hartura
me devuelve a mi condición humana,
podría escribir una novela
de cómo muerdo los bordes
de tu ombligo
antes de caerme entre tus piernas
pero creo que dirán que es pornográfica.
Hace tiempo que ruedo por el mundo
a una velocidad mínima
los años pasan
y los deslices de tu piel
aún tienen aquel brillo.
Escucho a los poetas
enjuagarse la boca
con la desorientación de un discurso
podrido
no seré ese poeta
que por las noches
surca, es su automóvil,
las calles atestadas
de autómatas.
Mis versos no valen
el precio de la insumisión
otra máscara
otra pose
¡qué importa!
¡qué carajos importa!
la palabra es la nada
nada son los actos
me calzo los anteojos oscuros
que devuelven la luz mortecina
la radiografía
está velada por el prejuicio
yo me levanto cada día
imaginando otra vida
que espío
que expío
los dedos temblarán
cada vez que tus senos les sonrían
pero, como dije,
no soy idólatra
apenas
alguien
que se ha cansado
de tanta pátina
y ahora fuma
en la oscuridad
con las ventanas abiertas.
Jorge Alberdi, octubre 2009
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10/12/2009
ELLA (I)
El paisaje era el mismo que otras tantas veces: lo que la lluvia deja a su paso cuando aún no se ha terminado de ir. A su vez, era distinto. “Quizá aún te dura la borrachera; debiste esperar antes de salir a la ruta”. El fondo gris plomo, adelante del pavimento mojado, ponía más verde el verde de los árboles, que se agrupaban sobre el campo amarillo como islotes o muestras del bosque oscuro que se veía a lo lejos; una mancha. El aire era más límpido y el camino se perdía en una lejana curva que entraba en la tormenta, los postes de los alambrados corrían veloces al costado. En el espejo retrovisor la cinta se iluminaba en su pérdida, el cielo parecía más blanco hacia el este, y lo era, a esa hora de la mañana. Ya no llovía, el limpiaparabrisas chirrió, aunque el coche corriera presuroso hacia las nubes todavía electrizadas. “Pero si no salías a esta hora no llegabas ni para el entierro”.
Stairway to Heaven sonaba en la radio. Subió el volumen hasta que el gran globo de música ahogó los ruidos del motor y del viento que cedía paso a la potencia del vehículo. Estaba apurado, y ansioso. El teléfono gritó en la madrugada como un pájaro de mal agüero. No podía ser de otra manera. “Podés venir... Estoy desecha…”. El auto se deslizó solitario en una curva. Los ojos comenzaron a arderle, pero ya se le pasaría. ¿Cuánto hacía que no volvía al pueblo? No quiso acompañarla más, y nunca dijo por qué. Ella tampoco preguntaba, como si presintiese que la respuesta podría significar un salto al vacío, un desgarro. “O tal vez se había dado cuenta; a veces callar significa ignorarlo, borrarlo. O quizá creyó que seguía siendo la broma que yo repetía”.
Se detuvo en una estación de servicio y en el bar pidió un café doble. Encendió el primer cigarrillo “cuando mierda lo dejaré”. El humo se elevó elegante y arriba se fundió con el vapor del café. Su mirada se perdió más allá del espacio donde los vehículos estacionaban para controlar la presión del aire de los neumáticos. “¿cuánto hace? ¿un par de años, o un poco más? Fue para el centenario del pueblo”. Él había escrito una serie de notas, a instancias de Bibiana, a quién le habían encargado la coordinación de los eventos, entre ellos el libro donde se publicaron, junto a fotos de origen dudoso. Se ocupó, además, de que lo invitaran especialmente al festejo, a modo de retribución. Ya en varias ocasiones la había acompañado, y había recorrido con ella las calles de tierra, los caminos que unían las chacras, había visitado a sus viejas amigas y había compartido algunos domingos con toda la familia. La gente del interior es diferente de la que vive en las grandes ciudades. De pronto era conocido de todos, y lo trataban como a uno más. El padre de Bibiana estaba en plena retirada, y Daniel, el hijo mayor, había comenzado a tomar las riendas del campo, con algo de prepotencia. La esposa de Daniel tenía algunas ínfulas de pueblerina que estudió en la gran ciudad, aunque jamás se recibió y lo único que podía mostrar era una ingenuidad que rozaba la estupidez. El propio marido, y su cuñada, se ensañaban con ella, a cada comentario uno u otro disparaba alguna respuesta cargada de ironía. En algún momento pensó que quizá Bibiana tenía razón “está loca”. El viejo trataba de bajar los decibeles. Sabía que comenzaban por su nuera y terminaban cruzándose estiletazos entre ellos. Daniel siempre estaba a la defensiva de Bibiana, que le reprochaba algunas decisiones tomadas sobre el patrimonio común. “Si no te gusta, vení y ocupate”. Terminaban cuando la severidad de Don Andrés se imponía. La madre desaparecía en la cocina y volvía a aparecer cuando las aguas se habían calmado. Lo mejores momentos eran en la sobremesa cuando recordaban los delirios de una tía que vivía en Rosario y regenteaba un incierto instituto de belleza.
“Podés venir. Estoy desecha, y papá no creo que pueda soportarlo. Te necesito. No sé en quién apoyarme; se murió Daniel, no sabés lo que es esto, no te das una idea, las chicas, pobrecitas…”
Las chicas: Cecilia y Mariela, sus dos sobrinas. Cecilia era una gordita pecosa y simpática de unos diez años que apenas lo conoció se le colgó del cuello. Mariela le recordó la irrealidad de la novela de Nabokov.(...)
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10/09/2009
LO QUE UNO ES
Los fines de semana
me dedico a la literatura,
sólo los sábados soy poeta
y los domingos, narrador.
Pero eso no es todo
el lunes soy un zombi
el martes, esposo
el miércoles, amante
el jueves, director general
el viernes, un hombre cansado.
Jorge Alberdi, octubre 2009
http://ventrlocuo.blogspot.com
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/10/lo-que-uno-es.html
10/04/2009
Última: TRAZAS 20
Última entrega de TRAZAS, en bruto, sin retoques, según la premisa inicial:
TRAZAS: 'Cortejar a la poesía en base a un proceso creativo simple. Ejercicio forzado de saltos de una imagen a otra, buscando ahondar distancias. Cambios bruscos de climas, exaltación de los contrastes o abandono al fantasma de una imagen impertinente que crea sus propios fantasmas. Sustraerse, encandilarse y provocar la frustración en no más de tres versos. Zigzag obsesivo en lugar de prevalecer. Rodearla, buscar sus huellas, sus rastros, sus trazas.'
Ahora quedará el trabajo del recorte; pulido; tachado o reescrito, pero esa es otra historia.
20
No ha comenzado el día
A añorar la noche
Sin embargo fulgura
Los gritos de la calle
Vicios de la urbe
La costumbre arropa
Y en los rincones
Una mano desteje
Las hojas arremolinan
El recuerdo vago del viejo
Brumas que se hacen más densas
Los gritos de la calle
Son fantasmas sonoros
El viento no tardará
En ejecutar su tango
Una espina me despabila
Y me mata
Mediodía
Sin paisajes, sin colores
Sin los olores del prado
El cemento crece sin florecer
Los cementerios lustrosos
Abrigan risas y conversaciones
¿Dónde estoy?
¿Qué pregunta es esta?
Domingo
La siesta está viva
Respira como un monstruo borracho
Alguna ventana bosteza
Un gol de media cancha
Espejismos
Son todas ilusiones
Al final estaré solo
Y no sabré qué hacer
Cómo amasar la soledad
No habrá preguntas
En la estación de trenes
Otra fantasía, otro pan.
Ella cruza la avenida
Se detiene, entra en un almacén
Es muda, la miran.
No era lo que es
La calle
Respiraba por sus jardines
Una bicicleta como un adorno
Un móvil que cuelga de la nada
El horóscopo no decía
Ni tu nombre
Sin embargo, el día
Aún no llama a su noche
Una estrella encandila
La baja bruma
Anuda un sollozo
Dejamos de olvidarnos
Por la vereda marchita
Las flores pujan por
Pintar el gris
Basta un brillo de ojos
Una boca que chispea
Una anónima sonrisa
Todo se habrá ido al demonio
Cuando el sol despedace
La vieja canción
Al son de un blues
El gol se estremece
Hay gritos, lo dije
Lo dije, y lo repetí
Pero no sé qué significa
Cantemos
Murmuremos
Nadie se muere cantando.
Jorge Alberdi, 21/04/07
http://ventrlocuo.blogspot.com
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/10/ultima-trazas-20.html
9/26/2009
APAGÓN
Yo era el hombre que parado frente a la reja oprimía el botón de un timbre inútil. Me levanté el cuello de la camisa en un gesto infructuoso de protección y me encaminé hacia el centro imaginario del torbellino. La ciudad agonizaba o se retorcía morosa.
Jorge Alberdi / setiembre 2009
9/18/2009
APARICIONES
doblados en miradas y guiños de atardecer
y desde el fondo del espejo
un omitido apareció.
En la memoria, un segundo
bastó para que el rumbo de las ausencias
divagara.
Nos preguntamos por la punta del iceberg
nos preguntamos por nuestra sólida presencia
hasta que la pregunta nos desvaneció.
Somos espectros, ilusiones
que tienen conciencia de sí, engañosa.
Necesitamos que alguien no esté, para ser.
Es terrible, pero quizá
aquellas sombras, siluetas, nombres que insisten
en ser lo que no son
pertenezcan a una vida más real
en otro lugar, otro espacio
gente, al fin, que relata historias de muerte
historias de haber sido, sobre padres madres o amantes
que gritan nombres contra las paredes
y que cada tanto
invaden este mundo inconsistente
como un efecto de realidad.
La tiza con la que escribo mi nombre
la traza de la desintegración que me hermana
que nos vuelve relato
cristal oscuro de ideas como armas
tiembla en cada evocación
y mientras un niño se esfuma
nos sentimos horriblemente vivos.
Hojas secas que se queman
para que el humo justifique alguna realidad aparente.
Este dolor que no tiene el consuelo de la certeza
retorna como una elipse que niega la continuidad.
Quizá de tantos ausentes
seamos nosotros fantasmas
como esa niebla que viene a buscarnos
aunque siempre haya estado aquí
en la mesa
donde la ventana de un diario
habla de aquellos de los que no sabemos
pero quisiéramos tenerlos
sentados junto a nosotros
jugando con las migas
sobre el mantel.
La tarde cae, definitivamente.
Jorge Alberdi; setiembre 2009, a propósito de tantos JJ López
9/14/2009
EL GATO Y EL PINTOR
El gato maullaba en la oscuridad
era un faro en la noche
los vecinos tenían diferencias con mi opinión
y un día
el gato apareció muerto.
Lo llevé de un amigo pintor
para que lo retratara.
Mi amigo había salido
pero su esposa era veterinaria
le confesé que quería inmortalizarlo
me dijo que la solución no era esa
sacó unos brebajes de un armario podrido
untó a mi pobre gato con aceites extraños
rasgó unas sábanas viejas y con los trozos
lo envolvió como a una momia.
Luego preparó yeso y lo embadurnó.
Me volví por el camino más largo
para darle tiempo a que fragüe el yeso.
Llevaba al animalito bajo el brazo
el cielo era límpido y no parecía
el cielo de Buenos Aires
la gente me saludaba como si me conociese
y yo devolvía con una sonrisa tanta atención
aunque por dentro pensaba
cómo vengarme de los vecinos aquellos.
En un semáforo me encontré
con mi amigo el pintor
le dije que volvía de su casa
él se enojó porque no quería que su esposa hable con extraños.
Traté de convencerlo de que yo no era un desconocido
pero no hubo modo
insistía en que dijo extraños, no desconocidos.
Al final, mientras discutíamos en la vía pública
el día se arruinó y comenzó a llover
la gente corría a refugiarse y nosotros no nos movíamos de donde estábamos.
El agua nos mojaba y de a poco nos fue enfriando
le propuse subir a la terraza de un edificio
a ver desde arriba los paraguas que se abrían
a contar sus colores
o a bebernos una copa de ozono.
Mientras tanto el yeso de volvió a ablandar
y por el cuerpo me corría un líquido blancuzco y sospechoso.
El pintor se fue apurado cuando recordó que
no había cerrado la ventana de su atelier
y que su esposa, ocupada en hablar con extraños
seguro que no se dio cuenta.
No quería perder su última obra
que trataba de unos vecinos
furiosos con un gato del barrio.
Me dijo que la estética que utilizó era expresionista.
Hoy está de moda volver sobre los pasos.
Para entibiarme un poco me metí en un bar
la lluvia arreciaba y el mozo se demoró
pero finalmente me trajo el café con leche con medialunas.
A modo de pago
le dejé lo que más quería en la vida:
mi gato engrudado sobre el linóleo.
Salí nuevamente a la calle en medio de una gritería
las gotas de agua se fundieron con la sal de las lágrimas
todo termina, me dije
todo es efímero, hasta la amistad entre un hombre, un gato y un pintor.
Jorge Alberdi 14/09/09
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/09/el-gato-y-el-pintor.html
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8/18/2009
HOY TEMPRANO
Hoy temprano
cuando salía como todos los días
hacia el trabajo
unos policías trepaban por el frente
de la casa del vecino.
“Hay un hombre muerto en la terraza.
En la casa no hay nadie
pero los del edificio vieron
al muerto”
Dijo la señora de la lavandería.
Desde la vereda solo pude ver
tres agentes de la ley
con unos guantes especiales.
Se hacía tarde, comencé a caminar
En la esquina, unas estudiantes
bellas como uvas maduras
soltaban unas carcajadas
la mañana cálida invitaba a soltar
a la ilusión
la camisa rozaba apenas mis tetillas
que, estimuladas, gritaban que el invierno fracasó.
Pronto llegué al edificio donde trabajo.
El guardia me saludó erróneamente.
Abrí la puerta de la oficina
y me acerqué a la ventana
sobre el oeste se desperezaban las sierras
la ciudad no alcanzaba a proyectar su sombra
Me senté frente al escritorio
Como todos los días.
J Alberdi 03-09-07, Córdoba
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/08/hoy-temprano.html
8/10/2009
TRES BREVES RELATOS CON ALGO DE FUTURISTAS
El sabor preferido de Artemio era el de la naranja. Caramelos; barras proteínicas; flanes, todos los elegía por este sabor. Cumplidos los 23 años, hizo uso de su prerrogativa como ciudadano modelo y pidió probar una naranja de verdad. Su sabor lo decepcionó.
–No se parece en nada a la naranja –Dijo.
CRIA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS
Cuando el magnate de la espuma virtual, John D. John, murió, sus familiares nunca imaginaron que tendrían que lidiar con la avalancha de juicios iniciados por aquellos que se creían en su derecho a reclamar parte de la cuantiosa herencia. Cada uno de los donantes de los órganos que recibió durante su larga vida, tenía familia, y estos consideraban que, en alguna medida, eran también sus herederos. El colmo fue cuando el laboratorio “Sangfroid Corporation”, quien proveyó el fluido sintético que lo mantuvo en vida durante los últimos cuarenta años, presentó un reclamo a la justicia para que se lo incluyese en el reparto.
LUZ ANCESTRAL
Finalmente, los científicos ya no dudan luego del último descubrimiento arqueológico. El desprendimiento de las capa de estratos de hollín puso al descubierto nuevos edificios funerarios. Las momias se encontraban en perfecto estado de conservación, al igual que las halladas en las excavaciones al norte del continente americano hace dos años. Las civilizaciones del siglo XXI, concluyeron luego de evaluar y comparar resultados, utilizaban una tecnología de avanzada para momificar los cuerpos que hoy nos parece extraordinaria. Si bien el método fue un misterio durante el último medio siglo, hoy la hipótesis más firme sostiene que toda la comunidad se sometía, durante el transcurso de su vida, a la ingesta dosificada de conservantes junto con sus alimentos. Una buena dosis de colorantes artificiales contribuía a mantener, aún después de la muerte, el aspecto natural de los rostros, como si estuviesen dormidos. Lo que aún no tiene una explicación racional para la Comunidad Científica Global, es el origen de este singular culto. Los expertos descartaron la teoría de ‘imitación secular inconsciente’, que sostenía que el origen estaba en un rito mortuorio practicado por una civilización a la que nuestros antepasados denominaban ‘Egipcios’.
7/18/2009
TRAZAS 19
Con el fondo de un piano
Que suena olvidado
En sus tres notas quejumbrosas
Iluminado por el escozor
Del hambre
En penumbras
La máscara de la ciudad
Hace muecas en la ventana
Mis amores están lejos
Ensortijados en destinos de rutas
Orificios, linealidad, interrupción
Y el camino sigue.
Los bosques de los cuadros
Arrojan esa fragancia
Del panal destrozado y chorreante
El sol es un dibujo que duda
Por la mañana el viento se lleva
Embrujo, ojos y penumbras
Andábamos de aquí para allá
En un juego
De esquives y acercamientos
La pereza de la palabra
Es rica en anillos de humo
Soñar es un ejercicio
El camino sigue nuestros pasos
Soñar es un ejército.
Escritorio, humo, música
Deuda de soledad
Que no se paga con presencias.
Cada vez es más rudimentario
El lenguaje con que te amo
Soy un desconocido frente al espejo
Soy una rareza
Que se rearma.
Vendremos con el sueño
A ser uno.
Los nombres del aire
Combinan distancias
Ojos, labios, roces.
Al pasar, la máscara se cierra
Detrás quedó el futuro
Hoy vendremos
Sin habernos ido nunca
Dormitar frente al papel
Ese que dejaste
Sin borronear.
Derrumbado el esperma
Del paisaje
Tras el vidrio
Promesas de otras historias
Llegadas tarde
Abreviaturas de la vida
Si el nombre del aire
Se nombrase
El huracán de tus manos enloquece.
La arritmia estira
La evocación
La evocación
Despedaza tu presencia
No te olvides de mí
Ni aún ayer
Te olvides.
J A - 19/04/2007
http://ventrlocuo.blogspot.com/2009/07/trazas-19.html
7/11/2009
EL SENTIDO
Parece que desaparece. Cuando los cayos de la jerga se liman en el limo de la sonoridad, el olvido se esfuma. Y los fantoches de tu voz crearán una ilusión sobre la pared de la pared de la pared. Perdidos los rastros, su etimología, quizá el final fundido con origen o la memoria de una vastedad ahora irreconciliable con el mundo. Allí, entre paréntesis, estabas, y sin embargo, como la música improvisada del viento, te colabas por los resquicios. Los poetas sabían algo, pero no todo, sin embargo, se ufanaban de la completitud de su oficio. Fui poeta y supe y asumí que solo dejaba migas a mi paso para regresar, o para que los pájaros se llevaran el trigo a otros estadios perdiéndome aunque nadie que quiera está perdido.
Las mujeres tomaron la línea de lo que desaparecía y envolvieron sus fetos con la tela de araña del desasosiego para darle un destino encriptado. Hoy desciframos los códigos de la memoria, cuya clave es el olvido. La madre irracional arrojó sus hijos a la guerra, y los sobrevivientes se embelesaron con el infierno de la pasión. Pasión y palabra. Hubo quien dijo que ni una ni otra se define por el contrario, ni una ni otra se relacionan por más que la literatura mítica del lenguaje diga lo contrario.
El río lavó el hueso una y dos veces y pergeñó la abolición de la identidad, el corazón lavado no era el mismo hueso y la carne se deshizo en la antonimia. Los anillos de la continua vuelta voltearon aleatoriamente como para desdecirse.
Fui poeta y amante y nunca fui el mismo hombre en el mismo lecho y nunca la voz pudo dar cuenta de lo que vale, de lo que dije, de lo que sentí y de lo que mentí, y nunca la mujer fue la misma mujer. La poesía era amiga de pobres y ricos; los prejuicios los agregaba la turbamulta que disecaba y clasificaba en cajones demasiado estrechos; poco continente para tanto contenido, poca forma para tanta desmesura. La poesía era amiga de pordioseros e indigentes, y de innobles dirigentes, comulgaba con clérigos y se acostaba con guerrilleros, sin embargo era la misma, y aún así, no podía ser nombrada.
Desaparece. Siempre está desapareciendo.
Jorge Alberdi, Julio del 2009
7/07/2009
OTRO VENTRÍLOCUO FAMOSO
Fernando nació mudo.Sus padres no escatimaron esfuerzos para lograr cambiar esta suerte. Los mejores médicos; los más prestigiosos especialistas del mundo, fueron incapaces de modificar la sentencia de la naturaleza.
Entrando en la adolescencia, edad pródiga en experiencias lúdicas, y ya sobre el final de su segundo año de secundario, descubrió que podía modular rudimentariamente el escape de sus propios gases si regulaba adecuadamente su músculo anal, uno de los pocos esfínteres sobre el cual la voluntad tiene algún control.
Entusiasmado con el hallazgo, cambió la dieta y dedicó los meses del verano a un profundo entrenamiento, encerrado es su cuarto de la planta alta, hasta lograr un refinamiento inimaginado de su habilidad.
Finalizadas las vacaciones y de vuelta al colegio, quiso sorprender a su mejor compañera saludándola a la entrada del edificio. Ella lo miró a los ojos, y luego miró por encima de sus hombros, detrás de él, buscando a la persona que le habló. “No busques, soy yo”, dijo, sin abrir la boca, con una media sonrisa triunfal y pétrea. Ese día fue la sensación entre sus compañeros, quienes aún maravillados y divertidos por la singularidad de Fernando, no dejaban de sentir alguna inquietud; esa disociación entre las palabras y la boca que solo sonreía… como si fuese el monigote de un ventrílocuo ausente. Después estaba el tema del olor, que al principio fue un condimento, una humorada más para los varones, solo al principio…
Lo cierto es que al cabo de un par de días, Fernando podía hacerse entender, pero ninguno de sus compañeros quería acercarse a escucharlo. Sus padres le sugirieron que quizá sería más fácil si en lugar de hablar él, lo hiciese a través de un muñeco.
Fue así que Fernando acometió la dura tarea de la ventriloquía.
Su primer show lo montó para los parientes en el living de su casa. Luego de cuarenta minutos ininterrumpidos de chistes recopilados de todos los ventrílocuos de mediana fama que tenían algún registro en viejas películas, la abuela, descompuesta, cayó redonda. Padres, tíos, primos, todos corrieron a abrir las ventanas.
Cuando ya todo indicaba que a Fernando no le quedaba más remedio que la eterna mudez, el hermano menor, familiarizado con internet, vino en su ayuda.
Hoy basta una consulta en Google para encontrar los asépticos videos de este maravilloso ventrílocuo, que se tiene a sí mismo como muñeco, en la red de redes.
7/05/2009
ESTA RUTINA
No tengo más
que una boca que rememora
que se ahoga en la baba del recuerdo
que boquea lasa en la nada
porque otra boca se ha llevado
esta saliva
esta sal que da vueltas
y espumea en el vacío.
No tengo más
que la ansiedad
que agrieta las puertas
demuele los ascensores
quiebra el olvido
No tengo más
que el acento sobre la á
y apenas
una entrepierna herida
de soledad
de zeppeliniana soledad
maldita
como la cocina de la locura
como un blues perdido
en el desierto de la esquina
untado de orines y escupitajos
de almendras que nadie
recolectará
No tengo más
que la rutina de sentirte
perdida eternamente en la piel.
ja (24/09/2007)
7/04/2009
Y NO PREGUNTAS
Ya deja hablar el tramo tronante de la noche / enlaza en cada abra de la piedra la hiedra /que enreda el ojo del despojo / ¡allí duermo! en el eterno viento que sube desde el valle/ azota la oscura apertura del fuego / ruego por el esperma nupcial de la batalla que estalla en la vía láctea/ despierto al chamán en el vientre del miedo / No zozobres en el ahogo de estas palabras / la bosta el estiércol la mierda de los animales ciegos que lamen la luz mezquina de la luna / el secuestro de ese aliento en la puna desdibujada / ajada y cruel talla / retorcido tronco que en vilo asombra el hondo hueco / La noche la noche de esmeraldas que me pierde y te ruega olvido / ¡allí yazgo! en el rocío efímero que cuaja los zumbones mosquitos del silencio / Una canción que desespera entre peñascos pulidos por la ausencia anda despedazándose entre caminos inventados / El arrastre de hojas juega y arrasa la vida anterior / Lo que ahora embadurna esa mirada en la nada / miríada de duendes / de abejorros insistentes / de un sol pintado en la nostalgia / de bujes que chillan quebrándose en el alquitrán de la ciudad muerta / Déjalo hablar / deja al relámpago que miente una próxima lluvia que te canturree cosas de antaño / ahora pedazo de abismo desprendido / ahora flácido ácido de escombro orgánico / ahora futuro abono / pasto de la noche / pasta de experiencias desplegadas / mar antagónico y agónica figura perdida contra el viento / el viento de la soledad / el viento que lima los filos de las piedras / las diferencias humanas / los clavos de la vida.
Arrójate
si puedes / si temes / si escaldas el crepúsculo que ya se extinguió / si te duermes sobre la tragedia / y no preguntas a la esfinge / y no preguntas.
Jorge Alberdi /2004
6/04/2009
5/25/2009
VENTRILOQUIA
Quien habla
en el vértice de una rolliza imagen
que desbarató los planos equilibrados.
Un hombre sentado sobre otro hombre
que no es lo mismo
que parado sobre sus hombros.
Hay quien se deja hablar
para ser él mismo
y hay quien en la duermevela
se funde
a una articulación doblegada
hay quien al dar vueltas
la página
ha dejado de ser
y en los pliegues de sus gestos
borra
la mecánica del cuerpo.
Hay quien llora por otro
por una módica suma
y está el que usa el muñeco
habiendo interrumpido una voz
hay quien muere
y resucita
y es la voz de Dios
que no alcanza para mover
todos los hilos
no se oye
no se mira
no se palpa
no se incendia de amor
deja que lo hablen
deja que lo atraviesen
deja de dejarse
y se entierra en una caja.
Día a día
se olvida de sí
y todos nos olvidamos de él
y de sus gestos pintados.
Jorge Alberdi –10/2005
5/16/2009
Nuevo libro de Jorge Dipré
Novela On Line de Genovese
Dijo Omar Genovese:
"Tanto pasaje de blog a libro que decidí hacer el camino inverso: una novela breve, completa, en blog.
http://marfilbreviario.wordpress.com/"
4/25/2009
TRAZAS 18
No respondemos al solsticio
Sin anteojos negros
La vida no es bella
Esos cristales amenazan desfigurarnos
A caballo de las olas
Te amo.
La luz baja y se establece
El mar quiere oírte
No escribas en la arena
Lo que quieras olvidar
La traza ya no tiene fin
Mi memoria sensual es corta
Bésame! traduce.
Besame! traduzco
Las piedras aúllan en la piel
Mientras las aves se sueñan mecánicas
Estelar estela
Nueva traza
¿Gesto o conjuro?
Por la orilla la barca de los pies
Arrastra sentidos
El maremoto no se anuncia
Ya no tiene fin
Esta extensión de mi cuerpo
Ya no tiene dimensión de deseo
Como si se alzase un torbellino
Las hojas escritas arrojan
Interpretaciones imperiosas
¡Qué castigo maravilloso!
Qué castigo explorarte a preguntas
Las cabezas de los montes
Adivinan el tranco de la marcha
Y abren paso a la interpretación.
No siempre estás escribiendo
Amor
No siempre estás jurando
No siempre
Allí, cuando todos se han ido
Y el silencio es la rebaba del rumor del mar
En soledad nos leemos.
En desprejuiciada soledad
Anudamos.
4/02/2009
La soja y "el cóctel de la muerte"
Para entender por qué las retenciones a la soja debieran ser aún más altas, y la parte oscura que algunos simpáticos y mediáticos líderes rurales soslayan, aunque no lo ignoran
“(…) A partir de la década del ´90 el modelo de sojización se extendió a lo largo y ancho de la pampa húmeda argentina. No existieron controles rigurosos por parte de los Estados ni la difusión masiva de investigaciones científicas, que pudieran alertar a la sociedad toda sobre los serios impactos ambientales y sus consecuencias irreversibles en la salud humana, que el llamado modelo de “oro verde” traería aparejado al futuro. Después del denominado “conflicto del campo vs gobierno nacional” – producido a comienzos del 2008 – más el trabajo de denuncia permanente que vienen realizando distintas organizaciones sociales, debido a los graves casos de enfermedad que se están verificando en Córdoba, Santiago del Estero, Misiones, Entre Ríos, Santa Fe y países vecinos como Paraguay y Brasil, se hace cada vez más difícil desestimar los innumerables estudios que alertan sobre los perjuicios que conlleva la producción de la soja transgénica, ya no sólo en Argentina, sino también en el mundo.(…)”
Un extracto del excelente trabajo de investigación realizado por Irina Morán, expuesto por la autora en La Habana, a fines del 2008. Hoy publicado –se recomienda su lectura completa– en el Boletín de la ECI (Escuela de Ciencias de la Información de la UNC).
3/26/2009
NO TENÍA
No tenía yo más que el ojo / que acusaba /una secuencia.
No tenía / dónde guarecerme / más que el misterio /de la siesta / impenetrable como la noche misma / tal vez / el descifre de los códigos / de las cigarras / que en el norte / llamábamos chicharras
No tenía / más que / la soledad en una calle polvorienta / el miedo/ al deambular pretensioso / de la comadreja / al grito nocturno de los gallos / que no anuncian la mañana / o a las tormentas de tierra / que arrasaban hasta con la sequía.
Yo no tenía / más que lo que tengo / sin embargo / sin embargo…
3/20/2009
Anteojos Oscuros
2/22/2009
Poesía y Misterio
"¿qué opina sobre el rumbo que tomó la poesía por estos años?" -Claudio Lo Menso-
"No soy de los poetas que dicen aquel estilo me gusta, o ese estilo es bueno porque se parece al mío. Me gustan todos los estilos pero deben cumplir con una condición: tener ¡Mis-te-rio! Porque donde pulula, donde hierve el misterio está la poesía. Ella es el único género al que, para ser importante, no puede faltarle misterio. La poesía argentina, ha abandonado esa búsqueda casi totalmente. Todo lo nuevo es poner ladrillo sobre ladrillo para hacer construcciones iguales y baratas. Los grandes castillos del misterio parecen haberse terminado, aunque siempre hay poetas que vuelven a decirnos que nada está terminado." -María Meleck Vivanco-
(del Nº 29 Revista de poesía La Guacha)
2/15/2009
ANTEOJOS OSCUROS
Su aparición ocurrió un día, hace tiempo, demasiado como para recordar detalles.
Los domingos al mediodía me reunía a almorzar con amigos del barrio. Por cuestiones de interés estrictamente poético me retiré antes y me encaminé a tomar un colectivo que me llevara a casa de mi amiga. Había quedado en reunirme para definir criterios de una nueva revista internacional de poesía. Un poco ebrio quizá, o tan solo ‘alivianado’ por la posibilidad de ‘soñar’ la concreción de la publicación, esperé en la parada correspondiente el ‘134’. Morosamente trepé los tres escalones con el cambio justo en una mano. Mientras el chofer tomaba mi dinero y me extendía el boleto, miré el espejo que sobre él se encuentra. La estratégica ubicación provee una visión completa y singular del interior del vehículo. Su figura entre los asientos individuales llamó mi atención. Giré el cuerpo y dirigí la mirada hacia donde estaba sentada. El largo cabello negro y lacio se confundía con el negro de la campera. El rostro aparecía pálido contrastando con sus anteojos grandes y oscuros. No pude ver tras ellos, pero un fulgor, un ‘algo’ que no logré precisar surgió y me hizo trastabillar al tiempo que el chofer aplicaba un zapato, más pesado que lo que es dable usar cotidianamente, sobre el patín del freno. Por supuesto que no me caí, pero me vi obligado a iniciar la marcha nuevamente desde el comienzo del pasillo estrellado de puchos y chicles. Con mi cara al rojo vivo y la picazón que se anunciaba en todo el cuerpo, busqué entre los rostros un gesto burlón. Por suerte la realidad económica y social vino en mi ayuda; nadie se inmutó. Más que pasajeros parecían figuras de un abandonado museo. Mi recorrida visual, no precisamente por inercia, se detuvo de nuevo sobre su figura. Lucía impenetrable, con la dignidad de una señorona sentada a la mesa del té. Su cabeza apenas inclinada hacia arriba y todos los músculos faciales, al contrario de lo que podría preverse en razón de su actitud casi rígida, relajados. “Una de esas chicas inalcanzables”, pensé mientras me descubría, boquiabierto, escrutando tras los cristales negros que me vedaban sus ojos. Volví a sonrojarme.
El resto del viaje fue un verdadero sufrimiento. Parado como estaba, solo tenía que girar apenas la cabeza para poder mirarla, y yo no deseaba ninguna otra cosa más que mirarla. Pero el temor de que sus ojos estuviesen alertas allí detrás, y me descubriesen en mi ingenuidad, me llenaba de torpeza. Furtivamente, en cada disimulado giro, me demoraba apenas unas décimas de segundo sobre esos gigantescos obstruye-miradas abismales. Rápidamente huía con la terrible sensación de haber sido descubierto. Quizá el recuerdo cobre ahora otra dimensión, pero estoy casi seguro de haber reflexionado acerca de las ventajas de los poetas del dolce stil nuovo al no existir, en aquella época gloriosa, los anteojos oscuros.
Pronto debí bajarme. Pasé delante de ella y audazmente volví a mirarla. No percibí nada, pero al menos esta vez no tuve que abochornarme. La certeza de que era la última, definitiva, mirada me dio esa integridad. Incluso desde la vereda, cuando el colectivo iniciaba nuevamente su marcha, traté, en vano, de verla a través del vidrio y por entre el resto de los pasajeros. Caminé las cuadras que me quedaban con ese vacío en el estómago que deja cierto tipo de impotencia. El recuerdo de su figura me llenaba de ansiedad a cada paso.
Volví a trastabillar cuando, al subir al día siguiente al colectivo que me llevaba al trabajo (¡quién lo hubiese imaginado!), encontré su cara, ya en proceso de idealización, entre los somnolientos y hoscos rostros de la mañana.
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El sol no ejercía aún toda su influencia pero un tenue destello se reflejaba en los anteojos negros. De nuevo la inquietud, la lucha, el terrible deseo de clavar mis ojos bestiales sobre ella y estudiarla con parsimonia, recorrer toda la geografía de su rostro; los bordes latentes del beso; la pendiente nívea del cuello; la elasticidad de su pelo; la insinuación de las ondulaciones del cuerpo, otra vez negado por el amplio vestido. El deseo todo. El temor a la dirección improbable de su mirada. Inventé maneras de observarla sin dirigir mis ojos sobre ella; el vidrio de la ventanilla, en ocasiones, hacía las veces de espejo. Pero la refracción no me colmaba. Creo que llegué a odiar ese tipo de anteojos. A pensar que detrás de ellos alguien me miraba con todo el desparpajo que brinda la seguridad de saberse impenetrable. Por desgracia y por suerte ella se levantó silenciosa, enmascarada y liviana como una pluma y bajó en una esquina.
Por la tarde, antes de volver del trabajo, recorrí las galerías del centro y realicé algunas compras.
Al día siguiente, la mañana se presentó cálida y luminosa. Subí al colectivo con mis gafas nuevas. La muchacha estaba allí, leía un libro, me pareció que levantó la cabeza en el momento en que pagué mi boleto, aunque no tengo la certeza de que haya sido así. Había algunos asientos sin ocupar pero, enfundado en la nueva seguridad que me brindaba la reflexión de los anteojos, me colgué del pasamano desafiante, ubicado de modo tal que no pudiese perderme ningún gesto. Me regodeé deslizándome por cada uno de los detalles de la cara, dejé que me encandilara el reflejo de un rayo de sol sobre su pelo; acaricié las curvas de sus caderas: ese día llevaba puesto un jean ajustado y una remera a rayas horizontales. No se inmutó, siguió leyendo su libro, para envidia de los cortos de vista, un tratado de Gestión Empresarial, del que no levantó la cabeza en ningún momento, como si no percibiese el ardor de mi mirada. De a poco me fui embriagando con su belleza a tal punto que casi me paso de largo: esta vez no había bajado en la parada del día anterior.
La rutina se repitió toda la semana, a excepción del jueves que no la encontré al subir al colectivo. Supuse que no coincidimos, o que ese día su trayecto había sido otro. Durante el fin de semana no dejé de pensar en ella, de imaginar modos de abordarla, de hablarle, de decirle que por favor se saque esos anteojos que necesitaba verle el color de sus iris, los que imaginaba como su homónimo griego, portadores de un mensaje divino. La noche del viernes, la del sábado y la del domingo soñé versiones de sus ojos: verdes; violáceos como el vino; acaramelados como una miel oscura; diáfanos como el cielo de los andes; abisales como los de una sibila.
El lunes, inexorable, coincidimos en el mismo colectivo como una buena costumbre. Lamentablemente, como una buena costumbre.
Parapetado detrás de mis propios cristales oscuros, volví a indagar la impenetrable barrera, sin resultado. Ni un gesto, nada que la delate, yo seguía sin existir dentro del acotado espacio. Por fin, rendido o resignado, avancé hasta la parte trasera del coche y me senté en el asiento del rincón, detrás de la puerta de descenso. El sol de la mañana ya escalaba por encima de los techos de las casas más bajas y entraba por las ventanillas casi horizontal. El pasillo fue llenándose de gente una vez que todos los asientos se ocuparon y el colectivo fue adentrándose en la ciudad erizada de edificios. Un par de cuadras antes del lugar donde solía bajar, la veo aparecer abriéndose paso entre los pasajeros. Ahora el recuerdo se expresa en cámara lenta, y de toda la historia, es el único momento que podría relatar con lujos de detalles. Como dije al principio, ocurrió hace ya algún tiempo, y los contornos de lo que realmente fue se funden con las especulaciones de lo que hubiésemos querido que fuese, pero esta parte permanece inalterable. Ella vestía con una pollera que no llegaba a las rodillas y que acompañaba sus curvas sin empaquetarla, de una tela liviana pero con buena caída, color casi salmón. Una camisa blanca, con mangas tres cuartos, abotonada hasta la altura de su pecho, con un escote que si no prometía el paraíso, al menos invitaba al conocimiento que Eva ofreció a Adán (siempre dudé que fuese una inocente manzana). El cuello elegante sostenía el rostro como un marco, reforzado por los lacios cabellos, para su boca larga. Yo no diría que seria, sino neutra o inexpresiva, seguía luchando para avanzar. Desde mi lugar, la veía como más alta; más delgada; más hermosa; más distante a pesar de que se acercaba. En el momento en el que está llegando a la puerta, la seguidilla de edificios que ocultaban el sol se termina y los rayos ingresan al interior del vehículo con voracidad. El reflejo en el espejo de la puerta trasera, por efecto de una mágica carambola, ilumina el intersticio entre el cristal de las gafas y su cara, poniendo al descubierto, por escasos segundos, la mirada. Sus ojos estaban posados en mí. Supo al instante que el azar le había jugado en contra y, descubierta, su boca dibujó una sonrisa que fue la más sonora invitación que me hiciese una mujer hasta hoy. No pude contener mi sonrisa y mientras ella apretaba el timbre para que el chofer frenara en la parada, me levanté, alisé los pantalones, y me dispuse también a bajar. Ese día llegaría tarde al trabajo.
(borrador) año 1999
ilustración: sobre una foto de Igor Sheremet
2/14/2009
SOLO DE SOMBRAS
Todavía
el sueño lácteo
no retuerce la vigilia.
Abrir los ojos
los míos, los tuyos
en la madrugada
y volver a desmembrarnos
sin preguntar.
Un diálogo
Solo de sombras, jugos y gemidos.
2/06/2009
Actuar para Escribir
"El que escribe también actúa"
Irene Gruss -(reportaje de Osvaldo Aguirre, en Diario de Poesía 77)
1/26/2009
El deseo, por las estrellas
Basta una mirada, las lecturas claudican >>Ver Imagen Completa >> un viaje para estrellarse...
1/20/2009
ALERTA
El rabillo del ojo
Está alerta a la imagen poética
El oído es la vanguardia.
ELÍPTICO
Yo tenía los dedos como enhebrados
Las uñas largas y retorcidas
Cáscaras ovilladas en espiral
Como una interpretación de Nietzsche.
12/29/2008
TRAZAS 16
La inalterable mirada de espalda
Que franquea una ilusión
En remolinos el campo arroja su furia
Y desde la ventana
Nos enamoramos
Son oscuridades que se ensañan
En iluminarnos
El centro de la costumbre, un jardín.
Yo habré pasado de largo
Cuanto enseña la tormenta
Los centelleos perturbados
Una letanía cifrada en el agua
A ella ya no le queda nada
Ni la inocencia de este verso
Sapos estallan
Atroces ante los ojos
Y el crepitar suena y hace soñar
A ella le respira el amor rancio
Escapado de la vieja caja de zapatos
A ella las fatalidades se le estiran
Ya pusilánimes
Detrás de la gruesa bruma
El deseo es un hombre que fuma
En un rincón
Mientras el agua azota otros cristales
Rispideces, anhelos y escozores
Espejos, amores, quiebres
Los postigos y una sombra
Sin otro destino
Que el entusiasmo
Las Pandoras encerradas
Exploran el abismo
Apenas una boca
Sin cadencia en el masticar
Apenas eso
Y el viento se habrá llevado casi todo.
11/08/2008
de poetas y poemas
Les dejo algunas sentencias como disparos en la noche:
"Parafraseando a Heráclito podría pensar: ningún lector atraviesa dos veces el mismo poema."
"Antes del poema, el silencio no significa. Después del poema, el silencio es políglota."
"La poesía no es madre o hija de la lengua o del habla, sino amante. Cuando una poética se convierte en la esposa oficial de una lengua, ya es poesía muerta, ya el orgasmo se ha vuelto carne podrida."
"No creo en la fórmula alquímica, no creo en el misterio sino en el oficio, pero el poema empieza donde termina el oficio."
La nota completa de Rubén Vedovaldi, en Lecturas y Miradas, pueden leerla aquí: "Sobre Poema y Poetas"
10/27/2008
LA ESPERA
Hoy, cuando llamaste a primera hora, supe que por la noche había vuelto a soñar con vos.No lo dije, no era la circunstancia adecuada; el manos libre no brinda la intimidad necesaria para una confidencia de este calibre. Probablemente te dieras cuenta del silencio inicial, aunque también pudiste asociarlo a mi sorpresa: después de todo, hacía tiempo que no llamabas. Pero ese momento de suspensión correspondía al déjà vù que como flashes, o espasmos, despertó una segunda conciencia, borrosa, o mejor: fragmentaria.
Mientras hablábamos, y tu amiga se sumaba a la conversación, me preguntaba si, de no haber mediado el artilugio tecnológico por el cual un diálogo se puede transformar en una conferencia, te lo hubiese contado, aunque sea para tu regodeo personal. Ambicioso en la experiencia, trataba de sostener el hilo de la conversación y reconstruir a la vez lo soñado, porque sé que la vorágine del día dilapida el tesoro de esa vida paralela. Querías decirme, o advertirme algo importante, sin embargo terminamos con palabras superficiales y distantes, una conversación casi de ascensor. La distancia y el tiempo, paulatinamente, nos fueron llenando de un pudor infantil que, como una pátina de aceite, impermeabilizaba cualquier afecto sospechoso de pasión. Apenas cortamos, lo lamenté, aunque bien sabía que para ambos era una suerte, nos evitaba una nueva catástrofe emocional, de las cuales, cada uno por su lado, teníamos demasiadas.
Cerca del mediodía me reuní con uno de los escritores, a quien conocí en oportunidad de compartir una mesa de lectura, que presentaría su libro en la feria. Daniel, el fotógrafo del diario no había llegado aún, pero el hombre venía armado con unas copias que enviaba la editorial. Imágenes de la tapa de otro libro, próximo a lanzarse, y unas cuantas de él mismo en pose de solapa. Mientras calentábamos la conversación para el reportaje yo pasaba revista a las fotos casi automáticamente, sin verlas. Como una traición a la vigilia se coló una que correspondía a mi sueño reciente. Duró un segundo, enseguida comprobé que era un espejismo. Sin embargo, tu imagen desnuda con la cabeza baja frente a la mesa, en una habitación oscura, aguardando, mientras el cigarrillo consumía tu espera de mí, se fijó cruel en la retina. Pedí disculpas al entrevistado y me levante de la mesa para dirigirme al baño. Lavé mi cara con rabia, como si quisiera desprender o borrar una cicatriz que me acusaba. Comprobé en el celular un mensaje tuyo en el que decías que en cuanto pudiese, llamara.
Cuando regresé encontré a nuestro escritor charlando con Daniel que encastraba, ducho, los artefactos de su herramienta. Un francotirador preparándose para abatir a su objetivo, imaginé.
La entrevista siguió por los carriles esperados; yo tenía el oficio para las preguntas y él para las respuestas. Me reservé las finales para ese otro libro que en pocos meses estaría en las reseñas de los suplementos culturales. Me dijo que en realidad, si bien ya había entregado los primeros capítulos y acordado el título con la editorial, aún no lo había terminado. Estaba bloqueado, y no podía avanzar, nunca antes le había pasado. Me pidió que esto no lo publicara, lo comentaba a título de colega. Era una historia de amores prohibidos y cruzados (yo me preguntaba: hoy día qué sería un amor prohibido).
Podría decirte que una historia común para los tiempos en que vivimos. Tanto él, Andrés, como ella, María, tienen cada uno una familia con hijos chicos. Se conocen a través del trabajo en una empresa con sede en varias ciudades. Comparten horas juntos; proclives a la seducción, juegan y en el juego se atraen. Pero María a su vez vive un amor secreto desde hace un par de años con Claudio; él también tiene su propia familia. Claudio trabaja en otra sucursal de la misma empresa. Es quien la ha puesto frente al error inicial. Quien, de algún modo, despertó aristas de su personalidad que desconocía, una cabida para el amor que no había imaginado antes. No tiene dudas, lo ama con todas las letras; lo anterior fue como una ilusión, un deslumbramiento que confundió con amor durante años, un rol que le crearon y que asumió para una película de pueblo, pero de esa ilusión nació una hija a la que adora. La energía de María se diluye, por un lado, en salvaguardar la máscara del matrimonio, que considera una burbuja para su hija, sin dejar de encontrarse cada vez que puede con Claudio, y, por el otro, en ser excesivamente eficiente en su profesión. Ninguno de los hombres se conoce entre sí. María está muy segura acerca de la intensidad de su pasión, sin embargo no deja de atraerle Andrés, con quien ha desarrollado una intimidad siempre a riesgo de ir más allá de una amistad llana. Alguien que vibra en una frecuencia diferente, en la que se reconoce y a quien puede confiar hasta su mayor secreto. Sucumbir a una nueva pasión la aterroriza, siente que la pondría al borde de la disolución de la persona íntegra que se creía, la imagen ordenada y cabal que fue construyendo de sí misma y que ya Claudio resquebrajó.
Una serie de acontecimientos pone distancia entre María y Andrés, pero el lazo se mantiene y es allí donde no puedo hacer avanzar la novela; los personajes empiezan a repetirse. El último capítulo la encuentra a María que ha viajado a otra ciudad, previamente ha realizado una serie de llamadas telefónicas y ahora está en una habitación humilde y sombría, donde la única luz entra por una pequeña ventana, se desnuda como si se desvistiese de sí y de su vida y se sienta frente a una mesa, enciende un cigarrillo mientras espera.
Bueno amigo, continúa diciéndome, el problema es que no sé a quién espera, si a Andrés o a Claudio. No puedo resolverlo desde hace más de un mes, los editores se impacientan porque tienen el lanzamiento programado. Creo que la pobre María se va a pescar un resfrío, en la medida en que yo no encuentre cómo continuar la historia.
4 Blogueros Apaches en la Feria del Libro Rosarina
No hay feria que no nos incluya ya ¿Exotismo o Fenómeno? ¿no seremos la pesadilla de J.P. Feinmann?
ver >>> EL Fantasma
10/25/2008
Signo Ascendente
Historia poco conocida sobre el Surrealismo en Argentina
Signo Ascendente
Rubia tetona y papafrita y negra incómoda
en Wimbledon >> ¿Dónde están mis papas fritas?
10/23/2008
GANGTER, la verdad de las palabras
(LA PÁGINA DEL IDIOMA ESPAÑOL - http://www.elcastellano.org La Palabra del día).
¿Prejuicios o Ideología? Está claro cómo a través de la historia de las palabras, encontramos, valga la repetición, la Historia. He aquí cómo el concepto de 'trabajadores' está asociado a 'delincuentes'. Es verdad, quién lo duda. Gracias a dios están los inversores; los políticos; los agentes del orden o de la ley; los terratenientes; los sindicalistas, toda gente de bien que nos defiende de los Gangter, o Gangster, y hacen de este mundo un lugar más digno y justo.
A la crónica le falta agregar, ya que hablamos del 'escocés', que también estos trabajadores eran alcohólicos, lo que contribuyó a su transformación ¿o será un pejuicio mío?
Filosofía de la ancha pampa
"En la vida nada hay seguro". En la Argentina, hay que multiplicar la sentencia por 28.
10/19/2008
SOPA DE CHAMPIÑONES
Inicial inspirador, luego de dadaístas y surrealistas, de convicciones creativas, Warhol era el referente que validaba nuestras acciones durante los fines de la década del 70, en una ciudad pequeña del sur de Santa Fe, como todas, un poco timorata y mucho de conservadora. Hasta inauguramos una exposición de arte popbre, cuyos elementos plásticos básicos eran papeles fotocopiados y pan duro, con el cual habíamos realizado algunas esculturas.Años después, cuando los militares se dignaron a dejar el poder impulsados por su propio desmesurado fracaso (por más que nuestros políticos digan que fue una batalla que ganaron ellos junto al pueblo, la realidad que cualquier historiador serio documentaría es que se cayeron solos, de a pedazos), abandoné mi estado de confort y me fui a Rosario a trabajar y estudiar.
La democracia nos trajo al Austral como moneda, y una inflación nunca antes experimentada.
Siempre en los momentos de malaria, alguien te tira una soga. Yo tuve una hada madrina que en realidad era la madrina de una novia de esos años, que tenía un almacén de barrio (aún las cadenas de los grandes supermercados no habían aniquilado los emprendimientos de pequeños comerciantes). Entre las estanterías tenía unas latas de sopas de champiñones que vaya uno a saber cómo habían caído por ahí. Los chef de programas televisivos como Inutilísima o El Gourmet aún no habían iniciado la ciclópea tarea de pulir el paladar de la clase media argentina, por lo cual, una sopa de hongos no resultaba deseable para nadie, por más que fuese importada. Tampoco a mí, en situaciones normales, se me hubiese dado por degustarla, pero el hambre que pasaba, más lo barato de su precio, y un pequeño plus, me llevaron a preguntarle a Lisa (así se llamaba mi hada) el por qué del bajo costo. Me dijo: ‘no se vendió ni una lata, y dentro de poco vencen’. Le pedí que me las reservara, que todas las semanas le compraría algunas. Hizo algo mejor: juntó las latas en dos cajas y me las regaló.
Fue así que durante casi dos meses, el menú nocturno consistía en un tomate, una lata de champiñones marca Campbell y, eventualmente, alguna fruta. No había noche, frente al objeto vacío ya de utilidad práctica, que no hiciese un espacio a la evocación de Andy, y a Lisa, se entiende. Un lujo en épocas duras.
10/13/2008
HOY LLOVIÓ
Hacía tiempo que no llovía así, copiosamente. Este adjetivo lo debo haber sacado de una novela. Una sana decisión sería no utilizarlo porque la oración parece demasiado literaria. Al menos es lo que recomiendan los buenos escritores; la mejor literatura es aquella que no se parece a la literatura sino a la realidad. Puede que tengan razón, no lo sé. Pero me he puesto a pensar que ‘copiosamente’ es la palabra con la que adjetivé la lluvia al momento de hablar con mi esposa y mi madre acerca de cómo llovía hoy. Lo cierto es que a menudo utilizo frases de los libros en mi habla diaria, o giros verbales no muy comunes, que no tienen ya que ver ni siquiera con las traducciones actuales. Claro, he leído durante mucho tiempo libros baratos, de ediciones baratas quiero decir, cuyos traductores eran españoles, y lo fui incorporando a mi vocabulario personal. Es raro que no se me ocurra decir, por ejemplo,’ voy a por’, cosa que siempre me causó gracia.¿Está mal que hable así? No quiero decir que hablo todo el día como si fuese una novela que alguien lee en voz alta, pero sí que buena parte de mis expresiones están anquilosadas. Después de todo, que yo haya escrito que llovía copiosamente, no está tan lejos de las recomendaciones de los popes ¿acaso no soy una persona de carne y hueso que habla de esta manera tan rebuscada?
Conversábamos sobre la lluvia y terminamos hablando de los diferentes tipos de techos. No es raro que derivemos en conversaciones que tienen que ver con la arquitectura, a mí me gusta construir casas, creo que ya lo dije en otra oportunidad. Hoy los techos de chapa se usan más que antes, aunque todavía quedan resabios de algún prejuicio. El costo de hacer un techo de chapa no es muy diferente que el de material o el de tejas, solo que todavía se asocia la chapa a las casuchas de las villas miserias. No quiero comparar, dije, pero a mí me gusta oír la lluvia en un techo de chapas, siempre y cuando no tenga goteras. Esa es la diferencia.
No dije qué otros recuerdos me trajo la lluvia.
10/12/2008
LO QUE NO CAE DEL CIELO
Aunque lloviesen objetos de lujo y regalos, como en la espantosa publicidad de la que doy cuenta en el post anterior, no serviría.
Las cosas deben venir de la tierra, y de otra humanidad.
Otra Muestra: >> Chaco bien adentro >> http://www.clarin.com/diario/2008/10/12/um/m-01780126.htm
10/08/2008
TODO LO QUE CAE DEL CIELO
1) Una evocación fantasmal >> Los vuelos de la muerte
2) No todo es llovizna. Dos años, parece que nada cambia, solo la rentabilidad. Ni el gobierno con sus organizaciones, ni el campo salvador de la patria cuyos patrones devienen en modernos piqueteros:
http://archivo.lacapital.com.ar/2006/12/09/region/noticia_349625.shtml
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/subnotas/1-32167-2008-04-08.html
9/28/2008
RETAZOS
De a mendrugos / junto el ardor que has dejado / sobre la mesa, o en las paredes / donde el sudor nos ha escrito / goces diseminados en la ciudad / oscuros cuartos / que son / en la fuga / otros pedazos.
La lluvia levanta otro perfume y el horizonte desaparece / las sábanas rasgadas por tu ausencia / la gotera que suena en algún rincón / el olvido que desvanece la perfecta redondez de tus senos / el espejo que ahoga ojos que miran la lluvia / otra distancia / otra ventana / otra memoria / y algún eco que altera la cadencia de la gotera misma.
9/21/2008
DESCARTABLE
La mesa en la bisagra.
La mirada que puede ir al interior del local
o hacia la calle.
Me siento con la bandeja
El vidrio, limpio, impecable
La calle no, está sucia, el viento arremolina hojas y polvo
Un viejo se cubre los ojos de la tierra que vuela
Mientras se apura para no perder la propina del conductor
Cuando se vuelve levanta los ojos y mira hacia el local
No sé si me ve, quizá el reflejo del cristal solo lo muestre a él
Más desteñido: un hombre cansado que guarda una moneda.
Apoyo la bandeja y comienzo a separar los paquetes calientes
En el salón la mayoría de las mesas están ocupadas
Y la poca acústica del lugar ahoga la claridad de las conversaciones
solo ruidos, diálogos desmenuzados
La mayoría son adolescentes, o padres divorciados con sus hijos.
En el otro extremo un terremoto de chicos desmontan de a poco
Un pelotero.
Acomodo sobre la mesa un papel impreso
que hace las veces de mantel
lo barato sale caro, grita el refrán doméstico
Sobre el mantel reciclable desarmo el paquete lustroso
Donde humea un sándwich de hamburguesa, pepino y mayonesa
El cartón muestra las papas fritas y a un costado
Burbujea el líquido oscuro dentro del vaso encerado.
Mientras las manos se pegotean con la comida
el hombre detrás del vidrio cuenta monedas
las hojas se levantan embravecidas desde el suelo
y la tormenta se arma lentamente
pintando de gris la euforia del mediodía
reflexiono acerca del vacío que siento
de la lejanía de las palabras y las evocaciones
del diario que me habla en otro idioma
de las emociones que resbalan en la corteza que soy
Mientras mis dedos pringosos llevan los bocados
que mastico meticulosamente
la lluvia inicia su lavado finito, y las personas corren
cruzan la calle, se meten en los negocios
el cuidador de autos ha desaparecido
y me ha dejado solo, nuevamente,
con el menú de cáscaras flácidas y artificiales
que comienza a contraerse al costado de la mesa.
Ahora la lluvia es constante y plácida
logra hacerme olvidar la algarabía interna
miro la mesa llena de papeles y servilletas arrugadas
miro también mis dedos aceitosos
husmeo en mi vacío y no encuentro nada
salvo la misma pregunta de siempre
que podría traducir de muchas maneras
pero que yo sé, es la de siempre;
el interrogante que suspende, que fragmenta, que doblega.
El viejo vuelve
Se mira en el vidrio
Creo que me ve, o ve una sombra,
O eso que ve soy realmente.
Guardo el anotador, la página casi en blanco.
Solo algunos esbozos, también descartables.
Los dedos grasientos me recuerdan que he
terminado el ocasional almuerzo
me levanto y miro la mesa llena de papeles sucios y retorcidos
Siempre que vengo aquí
una vez cada tanto
siento el mismo asco.
9/19/2008
La Distribución de la Riqueza Argentina
Se abrirá una línea de creditos especial para la adquisición de unos departamentitos con vista a al río, de esa manera el gobierno K (sí, del PJ, ahora con -K-), pone de manifiesto su política de equilibrio de la riqueza.
9/18/2008
ARME SU PROPIA PRESENTACION DEL BLOG
A continuación un collage con fragmentos de los distíntos artículos utilizados por Jorge Dipré, en mi representación (finalmente no pude asistir), para dar cuenta de lo que anuncié: 'El Blog: la creación de un personaje' Armá tu propia presentación y después me contas...
“Rulfo define los personajes a través del diálogo entre los mismos, no apela a la descripción. El protagonista se define a través de este proceso, y en muchos casos, personaje y narrador se funden. Los campesinos de sus historias hablan con él, lo sustituyen, lo contradicen, provocando una vuelta de tuerca en el proceso narrativo como se lo conocía hasta la irrupción de Pedro Páramo.”
Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--¿cuántos hijos tenés?
--Cuatro
--¿Todos con la misma mujer?
“Cuando hablamos de un blog individual, no un colectivo como podría ser Nación Apache, uno está tentado de afirmar que, aunque su titular coincida con una persona física, siempre hay un procedimiento, deliberado o no, que termina en la creación de un personaje.”
“Es casi un lugar común la sentencia que dice
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que los límites entre lo creíble y lo increíble, la ficción y la realidad, el sueño y la vigilia no están del todo claros. Tierra fértil para el juego de la ficción.
Si nos atuviésemos solo al plano de la literatura, pernicioso recorte porque la expresión es mucho más amplia, podríamos decir que un escritor concibe o crea historias y allí donde los lectores pondrán el foco de su atención en lo que relata, en la temática, el autor trabajará en el modo de narrarla, consciente de que la calidad de lo que hace está determinada por su efecto en el lector o en el oyente. O sea, estaríamos hablando de forma. Y es la forma lo que definirá la verosimilitud narrativa, hasta el punto de confundir a muchos lectores con la realidad. Podríamos citar ejemplos de cómo este requisito fundamental de la ficción incluso suele ser tematizado, pero creo que El Quijote es su expresión más divulgada.”
“Un efecto de realidad:
El 30 de octubre de 1938, Orson Welles y el Teatro Mercurio, bajo el sello de la CBS, adaptaron el clásico La guerra de los mundos, novela de ciencia ficción de H.G. Wells, a un guión de radio.
La adaptación del libro cobró la forma de un noticiero, donde se narraba la caída de los contenedores de las naves alienígenas en forma de meteoritos. Los invasores derrotarían a las fuerzas norteamericanas usando una especie de rayo calorífico y gases tóxicos. En la introducción del programa se aclaraba que se trataba de una puesta en escena de la obra del H G Wells, y en medio de la emisión se volvía a realizar la aclaración. El propio Orson Welles hacía el relato, en tercera persona. Los oyentes que sintonizaron la emisión pensaron que se trataba de un noticiero real, lo que provocó pánico en las calles de Nueva York y Nueva Jersey. Las redacciones de noticias, y los organismos de seguridad comenzaron a recibir llamadas de ciudadanos aterrorizados y desesperados, al punto de bloquear las comunicaciones, lo que aumentó la percepción de que estaban siendo invadidos.
El programa duró casi 59 minutos: los primeros cuarenta correspondieron al falso noticiero, que terminaba con el locutor en la azotea de la CBS falleciendo a causa de los gases y seguía con la narración en tercera persona del profesor Pearson (una máscara de Orson Welles), que describía la muerte de los invasores.”
“De por sí, ya el término ‘ventriloquía’ nace de la efectividad de una ilusión: ventrílocuo, de donde deriva, significa, como todo el mundo sabe, el que habla con el vientre, pero está claro que nadie en el mundo es capaz de emitir palabras como no sea con la garganta”
“En síntesis, la existencia del blog es tan reciente que aún la RAE no incorporó el término en su diccionario. Como consecuencia de su explosión, aparecen normativas, debates acerca de si es un género, recetas, recomendaciones prácticas, manuales de uso, etc.
Lejos de estar consolidada su expresión, y dentro de una dinámica de cambios que parece ser una de sus características fundantes, no sería prudente hablar ya de una gramática del blog.”
Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--¿cuántos años tenés?
--sesenta
--naaaaaa....
--bueno, el doble de los tuyos ¿cuántos tenés?
--veinticuatro.
(Marshall Mc Luhan: "el medio es el mensaje")
"el timbre, el tono, la intensidad, la entonación, el acento, la modulación, la velocidad y los intervalos son los matices que determinan el estilo de la radio".
“Para lo que nos interesa, podríamos acordar provisoriamente hoy, y aquí, para este acto, que ficción es una construcción, invención o recreación de un autor que ‘simula’ acciones o acontecimientos imaginarios que pueden tener o no semejanza con otra construcción, para mí siempre discursiva, a la que llamamos realidad.
Para que este escenario ficcional pueda sostenerse debe ser verosímil, creíble, y del único modo que se logra es estableciendo un pacto entre autor y público, un pacto, la mayoría de las veces no explícito, que acepta por real aquello que es lógica particular del relato. Pacto por el cual, la creación, sea del género que fuere, sigue funcionando.”
“Genera nuevas pautas de lectura: velocidad; novedad; brevedad y síntesis. Esto es particularmente importante, porque cierta práctica de la lectura modifica aspectos de la producción discursiva (un blog sin posteos periódicos tiende a morir, el autor se verá obligado a realizar ciertas elecciones: trabajar, como en la preceptiva del relato breve, el gancho de las primeras dos o tres líneas del post; no extender el texto más allá de lo que cabe dentro de un monitor, o resignar visitas y valorar aquellos lectores más tradicionales, capaces de abrir el link de expansión, o a los que visitan no el último post publicado sino que hacen un recorrido por los post más antiguos)”.
“Según Mariano Cebrián, "la técnica es tan determinante que se incorpora a la expresión como un sistema significante más". El mensaje radiofónico se produce gracias a una mediación técnica y humana, que expresa un contexto narrativo particular.”
“El carácter de entretenimiento fue el que se impuso, llegando a nuestros días, pero en mi opinión, algo de aquella perversión original (hay mucho de monstruoso en eso de hablar con la barriga), y una buena parte de ese lado oscuro, no se perdió. En el espectáculo actual, la sociedad muñeco y ventrílocuo, un juego de máscaras donde uno hace hablar al otro, no deja de tener un elemento perturbador. Más de una vez nos preguntaremos quién hace hablar a quién.”
“Profundiza la transformación, originada por los medios masivos, de la relación entre lo público y lo privado.”
“Jugando con las palabras, o no, podríamos afirmar que todo aquello que es mentira es ficción, o decir que es mentira todo aquello que represente, finja o simule ser ‘algo’, con lo cual nos meteríamos en una discusión filosófica que incluye hasta el carácter de la propia lengua que utilizamos, sobre la cual asumimos, no sin mucho de ingenuidad, que opera como representación, olvidándonos que ella misma tiene existencia real, en un mundo, entre comillas ‘real’. Digo: entre comillas porque el concepto de ‘realidad’ también es otra fuente rica de discusión filosófica.”
“Máscaras: nadie ignora esta particularidad de internet, hasta el punto de que cada tanto aparecen recomendaciones para evitar engaños, estafas, manipulaciones. Me refiero a la posibilidad de enmascaramiento. Desde el e-mail hasta el chat (uno de los requerimientos para ingresar a una sala de chat suele ser definir un nick o nombre de fantasía), la utilización de seudónimos o directamente el anonimato, estuvo presente desde el inicio de la red de redes yo diría que como un elemento constitutivo. La atopía, ese no lugar, contribuye a reforzar esta condición; no se puede afirmar quién ni desde donde realmente se postea.”
“Como dijimos, Jorge Alberdi tenía una escritura, un modo de producirla; luego gestó un espacio, o una tierra virtual, si queremos llamarle así. No poseía una fisonomía, pero las múltiples imágenes de muñecos que fue utilizando en su perfil, daban una idea de algo mecánico. Librado al imaginario colectivo, se sirvió de la síntesis o el estereotipo que cada uno posee acerca de lo que es un ventrílocuo, en su condición, por lo menos, dual. Irían apareciendo una serie de temas, mientras descartaba otros; elecciones que también definen un carácter. Sobre el tejido de los comentarios a los post y sus respuestas, un personaje que debiera haber quedado, fiel a la preceptiva del relato breve, inalterable, paradójicamente comienza a modificarse. Sin embargo, le faltaba un tono, y lo encuentra en un relato sobre un ventrílocuo >> http://elventrilocuo.blogspot.com/2005/08/el-malvado-ventrlocuo.html”
“En ese sentido hay roles claros, y la modelización de un muñeco tiene los rasgos principales de la creación de un personaje literario, o teatral.
Debe tener una fisonomía; un carácter, un habla y un tono, y se define contra otro y en un contexto, mediante el diálogo.”
“Las visitas: están los visitantes estables y aquellas aves migratorias, lo que permite, muchas veces, volver a publicar un post y exponerlo a nuevas lecturas, según el carácter del blog (si es de actualidad periodística, por ejemplo, esa condición es poco probable). En la jerga se le llama refrito.”
‘Fingere’, verbo latino de donde proviene a palabra ‘ficción’, significaba tanto ‘mentir’ como ‘representar’
Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--Le llamé impresentable porque no sé cómo se puede presentar un blog.
Jack Given dijo: “La radiodifusión o emisión no es simplemente una tecnología, o un grupo de ellas, sino una agrupación de prácticas sociales, culturales, comerciales, institucionales y industriales”.
“Para el caso particular del blog ‘El Ventrílocuo’ (siempre hay que hacer la salvedad de que el escenario es ‘virtual’, que impone una condición doble al rol de ‘autor’), he notado que Jorge Alberdi cambia según su conveniencia de rol: es autor; es el muñeco y es el ventrílocuo alternativamente. En ese juego de máscaras, es como que Alberdi no está en ningún lugar, o se está moviendo siempre de un lugar inequívoco. “
“El carácter de borrador: en buena medida, muchos blogs, como en el caso de El Ventrílocuo, son un reservorio de borradores de textos que aún no alcanzaron su expresión definitiva. Últimamente empieza a ser frecuente el paso a la edición en papel de los contenidos de un blog.”
Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--El tema de la máscara es crucial, no es casualidad que algunas de las presentaciones de blog durante la semana se realizaran por personas con caretas o pasamontañas
--Sí. El caso de Fran Illich funcionó como una performance, pero en el de Tortiluchas, creí que iba a explotar, y sin embargo...
--No es sencillo presentar un blog ¿cómo se presenta un blog?
“Lo importante: debe existir un pacto inicial entre muñeco; ventrílocuo y público. Los márgenes para la movilidad son estrechos, en el diálogo los mensajes deben ser precisos, rápidos, contundentes, y el feedback, instantáneo. La calidad del ventrílocuo está dada en la medida en que el muñeco deja la percepción del público en un estado de suspensión momentánea con la realidad. Todo está jugado en el logro de la verosimilitud. La calidad del espectáculo puede ser medida en términos del pacto: una credibilidad capaz de producir esta suspensión, y alargarla cuanto sea posible.”
“Un personaje se puede formular de muchas maneras, y las teorías acerca del cómo, no son pocas. Lo cierto es que, le demos las vueltas que le demos, un personaje es una construcción discursiva que pertenece al campo de la ficción y que en cada relato establecerá reglas particulares de funcionamiento, orientadas siempre a fortalecer la verosimilitud, el contrato entre escritor y lector, autor y público.”
“Enuncio algunas características técnicas a tener en cuenta:
Comentarios: la posibilidad de agregar comentarios, opiniones o generar un debate sobre un post produce un contexto que lo re significa. Esta particularidad no es menor.
Enlaces o links: la posibilidad de referenciar información mediante este recurso, que abarca desde la inclusión en el propio blog de un enlace a otros sitios afines o amigos; la ampliación de la información publicada, explotando el mayor potencial de Internet que es la intertextualidad, hasta la generación de un enlace permanente para que, a su vez, un post pueda ser citado ampliando su llegada.
Fotos y Videos: independientemente de que hay formatos exclusivos para la publicación de Fotos y videos, el blog permite incorporarlos, complejizando la significación del texto.”
“Para Cortázar solían ser hombres comunes al servicio de la trama. Personas grises asaltadas por lo imprevisto o lo extraordinario. La construcción era muy eficiente porque con esa apariencia de normalidad, de hombres y mujeres cotidianos, lograba una identificación inmediata en los lectores. Los personajes se Cortázar tienen mucho de marionetas, artefactos que cumplen algún acto en función de lo que más le interesaba al autor, el suceso y su mecanismo narrativo.”
“Así, la búsqueda de identidad en El ventrílocuo tiene una estructura de cajas: una caja contiene otra y ésta, otra. Ese descubrimiento sucesivo transforma el continente en contenido y viceversa.”
Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--¿esas botellas de vino son para tomarlas ahora?
--No. Me las obsequiaron
--¿no vas a compartir? Para un bloguero no hay nada mejor que otro bloguero...
--¿Vos decís? En la red todo se invierte...
--¿sería una vuelta de tuerca original?
--No sé, pero contesto
--naaaaa, si internet terminó con un mito, es con el de la originalidad, nada de los que hagas o digas es único, abrí una de las botellas y brindemos.
--dale.
Otro Dialoguito en los pasillos de Espacio Fenómenos:
--Señor ¿qué es un blog?
(podría seguir con los fragmentos, pero creo que con esto basta)
JA
El blog como espacio de Ficción
"La experimentación con regímenes de verdad, con los pactos de lectura. La prosa breve, la posibilidad de publicación automática, la deriva permanente de una cosa a la otra, las totalizaciones heridas de muerte, la persecución imposible de la verdad, la novela por entregas. No sé. Hay que investigarlo todo, hay que atravesar todos los umbrales. "
Daniel Link, mañana en Fenómenos, Feria del Libro, Córdoba.
Ver nota completa.
Este muñeco se deja por mucho menos...
Una concursante de la última edición del Gran Hermano italiano, Raffaella Fico, de 20 años, subastará su virginidad por un millón de euros. 9/16/2008
hoy: Presentar es impresentable!!
Victoria Conci lo hará, incluso antes de que estalle!
NO SABE... ¡PERO CONTESTA! (blog contestatario). Martes 16/9 - 18 hs, Espacio Fenómenos, pb del Cabildo, Córdoba ciudad, Feria del Libro 2008, si se pierden, esto no es para ustedes!
9/15/2008
Un espacio FENOMENAL para El Ventrílocuo
Una feria de blogs atendidos por sus propios dueños. Así es el espacio Fenómenos, lo que se merece este siglo. Una muestra de los nuevos soportes para las letras. Escritores, artistas, periodistas, lectores y editores muestran sus caras en la novedad de esta feria, las nuevas tendencias que no deben quedarse afuera. Un mundo oculto en la red sale a la superficie en una ciudad sin subterráneo.
Con un espacio propio, ubicado en la planta baja del Cabildo y equipado con computadoras con acceso a Internet y un living de lectura. Mejor que un cyber, mejor que en tu casa: internet en VIVO.
El Ventrílocuo : la construcción de un personaje.
Presenta: Jorge Alberdi.
Modera: Jorge Dipre.
Espacio Fenómenos, Cabildo Histórico de Córdoba
Ver progama completo > Fenómenos
9/13/2008
Novelas / Fragmentos
Mi dificultad para escribir novelas. Acabo de descubrir que sueño novelas enteras. Me desperté sabiéndolo, con toda la conciencia de una trama completa y equilibrada. La fugacidad es atroz. Me permitió asociar las otras veces que me desperté así y el viento del día se llevó el sueño, la novela, a otra parte. Ahora, con ese ojo alerta, reviso lo que he escrito y compruebo que son fragmentos aislados de esas novelas.
9/01/2008
FRAGMENTO
Cada uno era lo que el otro había perdido, algo de lo perdido, del sueño, o de la realidad, de un tiempo primordial imposible de conocer. Ahora recuperado. Hallar lo perdido a fuerza de perderse; debimos perdernos para encontrarnos. A lo perdido se accede cuando se lo excede. Acceso y exceso (la fuerza, el centro, lo que late, en fin, el fin, encuentra las formas para nombrarse). Y la felicidad de la entereza, con la angustia: perder otra vez lo perdido es la muerte. Nuevo miedo; no sabíamos y creíamos saberlo todo.
La humedad de Lucía, la humedad. Aún puedo verla y quizá (sí, lo hace reiteradamente, aunque el velo, esa tristeza de la que ya no podremos desprendernos...) ella pueda verse detrás de gruesos troncos descascarados, surgiendo, sumergiendo su desnudez en las hojas secas. Desnuda para el otoño, crujiente, desnuda para mí, desnuda para ella y para sus propias manos, para sus dedos, para el segundo que guardaré, que guardaremos porque no habrá otro, no lo habrá. Su humedad en la piel, su humedad en los ojos, castaños, azules, del color de la noche, del color de la plenitud.
Perder lo perdido encontrado: morir para la vida, morir para la muerte. (...)
8/27/2008
8/26/2008
La confusión es clarísima
La miseria alegra la contemplación
El escudo agrieta el ser
La devolución afirma el alma
Las bestias sugieren un paraíso
El espanto arma envoltorios de regalo
La ciudad es de piedra
La claridad del día enaltece las estrellas
El camino sinuoso empieza en la mujer
Los desperdicios de la euforia corrompen el músculo
El espacio es deshabitado por el tiempo
La incertidumbre fija el precio más alto
Los esfuerzos se licuan en una presencia
La mirada no puede faltar
El rebote del odio salpica las ventanas
En el techo no hay nada
Y tal vez todos hayamos sido músicos
Las cosas tienen saco
La red es imprecisa como la vida
No hay mascotas de dioses
No hay tronos que ensangrentar
Los labios se editan
Y todo sigue con mínimas diferencias.
8/24/2008
ANDREA, o ese pequeño acto de prostitución diario
Llegué a la oficina y mientras me sentaba ya estaba discando el número de uno de los bares que ofrecen el servicio de cafetería en el edificio. Antes de ocuparme de los temas del día, antes de abrir la agenda y zambullirme de lleno en esa vorágine indefinida que llaman ‘gestión’, di el habitual paseo por los blog de esos amigos desconocidos que uno fue gestando durante el último año, para terminar en el propio, constatando cuántos navegan después de las tres de la madrugada, que fue cuando cerré mi conexión en casa.
Ya me impacientaba –no puedo desprenderme del aliento del puro de la noche si no bebo una taza de café– cuando un muchacho desgarbado, con algunos pelos azules mal disimulados por el pegote que le aplastaba la cabellera al casco, en un vano intento de parecer prolijo, golpeó tímidamente la puerta entornada de la oficina, con una bandeja en la otra mano.
Me quedé mirándolo hasta que comprendí que traía el pedido.
–Pasá. –dije de no tan buen modo.
Con un no muy efectivo intento por disimular su inexperiencia en tan noble oficio, depositó la taza mediana de café y el vaso grande con soda sobre el escritorio negro y me preguntó si me servía azúcar o edulcorante. Respondí con la célebre frase que heredé de un gordo amigo, que suele sentenciar a la hora de la sobremesa y luego de una histórica bacanal, ‘una caloría menos, es una caloría menos’.
Pagué los $ 4 por el servicio y el muchacho se perdió entre las oficinas del pasillo, llevando el resto de los pedidos.
La mañana se deshizo en breves minutos. En algún momento la figura de Andrea apareció luminosa enmarcada en la puerta,
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abriendo su otra puerta; una sonrisa franca y hasta un poco pícara, una sonrisa como las que tienen esas mujeres que saben de su influjo sobre el entorno y pueden regularlo con cuentagotas, dirigirlo como un misil hacia un blanco determinado, o enarbolarlo como la más infranqueable de las murallas.
–Permiiisooo... –dijo mientras avanzaba hacia el interior y la luz de los ventanales del pasillo contrastaban la sinuosidad de su figura, mal encubierta por ese guardapolvito blanco de moza.
–Vengo a retirar la vajilla.
Y mientras la miraba en silencio, ella levantó el platito y lo depositó en la bandeja, acomodó encima la taza, recogió el vaso vacío y tuvo la delicadeza de limpiar la superficie del escritorio con un paño. Yo seguía mirándola, y ella seguía mis ojos, sin dejar de sonreír.
Cuando se estaba por retirar, el pregunté
–¿Por qué no me trajiste el café personalmente?
Por un instante abandonó la llave que le abría todos los caminos y se puso seria.
–No pude venir, tenía otros pedidos que entraron antes, así que el dueño lo mandó a José, el chico nuevo, para que atienda este piso. Pero fui yo la que se ocupó de que le llegue como se lo traigo siempre: bien caliente, mucho café y un toque de leche. ¿Por qué me lo pregunta? ¿No lo trajeron así?.
Nuevamente segura de sí, recuperó el gesto que encendía su cara hasta opacar el brillo de esos ojos marrones y grandes.
–No. No pregunto por eso. –me quedé un segundo buscando las palabras y continué–. Sentate. Vamos a hacer unos números. Nos va a ocupar apenas unos minutos.
Un poco incómoda, dejó la bandeja sobre la tabla y se sentó en la silla frente a mí.
–Primero –dije con algo de solemnidad, como si fuera a revelarle un gran secreto– quiero que pongamos algo en claro. En este piso, la mayoría de los que piden el desayuno son hombres. El servicio lo ofrecen al menos tres bares, pero casi todos solicitan el servicio del bar en el que trabajás. Los otros ofrecen lo mismo, con la misma calidad, pero a menor costo y además incluyen algún tipo de adicional; galletitas; escones; jugo artificial en lugar de soda... Sin embargo siguen prefiriendo el servicio que vos les traes habitualmente ¿Por qué creés que eso ocurre?
– ... –parpadeó
–Te lo voy a decir sin vueltas. Debés tener entre 19 y 22 años, sos atractiva; simpática; entradora. Tenés una figura que despierta un caos de deseos. Casi todos esos hombres pagan la diferencia para que el desayuno se lo traigas vos. Y ese es mi caso. No importa que yo te doble en edad; pago para verte, para intercambiar algunos escarceos verbales, ‘el chichoneo’, como se le suele decir. Para verte llegar, sonreír, para ver cuando te vas. Para olvidarme sabiendo que en algún momento volverás a entrar en escena a retirar la vajilla. Un juego simple que dura el tiempo que tardás en dejarme el café, y del que te creo plenamente conciente. ¿Se entiende?
–Si, creo que sí, aunque no me guste mucho... –balbuceó mientras los colores le subían a la cara y unos rulos se le soltaban sobre la frente haciéndola más bella.
–Sé que te puede resultar duro, pero podemos decir que este contrato no escrito se parece a la prostitución, y quizá lo sea. Nuestro pequeño acto de prostitución diario. Pago de más para verte. Pago ese adicional que no está relacionado con el café sino con tu persona.
La situación resultaba extraña, percibí cómo todos sus músculos se tensaban, comenzó a restregarse las manos húmedas. Mordió el labio inferior y miró hacia la pantalla de la PC. Me apuré para no desbaratar definitivamente la situación, o para tratar de retenerla antes de que lagrimeara y saliera corriendo por el pasillo como si la hubiese violado.
–Pero no hay por que ponerse mal, hay que tomarlo con naturalidad –insistí– ocurre a diario, en cualquier tipo de negocio. Algo de esta pequeña prostitución aparece casi siempre en cualquier transacción, y muchas veces excede la simple oposición sexual. No creo que te mancille, que te ensucie, es algo que, en definitiva, hay que saber utilizar. Para nuestro caso puntual, la cosa es así: cada vez que solicite mi café, me lo traés vos. Si no podés, ocupate de hacérmelo saber. Ese día no desayunaré. Si no te gusta, me lo decís ahora, y terminamos el ‘contrato’. No será lo mismo, pero me ahorraré unos pesos a fin de mes, aunque la cara del mozo del otro bar me sea tan indiferente como la infografía del cuadro en la pared. Te digo más. Te voy a decir la verdad –lo cual era una mentira–, quizá hasta deje de tomarlo. El café no me gusta, comencé a pedirlo cuando viniste a ofrecerlo ¿soy claro?
–Clarísimo– me respondió, tratando de reacomodarse y forzando una nueva sonrisa.
Después se paró, recogió la bandeja y nos saludamos cordialmente. La mitad de la mañana ya había transcurrido.
Le di vueltas al asunto unos minutos mientras leía un acta de acuerdo de transferencia de recursos entre sectores de la compañía. Recibí gente de Administración que me hizo llenar un formulario para un trámite de certificación de firma. Mi jefe me llamó rabioso por un desvío en uno de los objetivos. Amenazó con enviarme a otra sucursal de menor categoría en otra ciudad (la amenaza me pareció más una oportunidad que un castigo) si no lograba revertir la tendencia en los próximos meses.
Sobre el mediodía, el marco de la puerta de la oficina volvió a lucir la figura de Andrea, esta vez sin bandeja. Se quedó en el umbral sonriendo con sus ojos chispeantes, más chispeantes de lo habitual, divertida. La miré y sonreí como diciéndole ‘¿y ahora?’
–Como los otros bares ofrecen el almuerzo, el nuestro decidió también incorporar ese servicio. Estoy recogiendo los pedidos; se puede elegir de entre cuatro menús ejecutivos, es un poco más caro –y remarcó, dejando ver en toda su amplitud el arco de sus labios carnosos y húmedos: pero en su caso exclusivo, si decide tomarlo, lo traeré yo misma.
Me quedé admirándola unos segundos, envuelta en ese halo de luz de mediodía.
–No –dije sonriendo– no suelo almorzar, pero no dudes en avisarme cuando puedas ofrecerme el servicio de la cena.
8/18/2008
AFUERA EL MUNDO ES IMPRECISO
Mientras tras la puerta el cielo volaba en astillas de lo que alguna vez fue y el humo aterciopelaba cualquier imagen nosotros nos acariciábamos hasta sacarnos sangre como si nunca el sol hubiese impregnado nuestros cuerpos con sus rayos. La muchedumbre se agolpaba en las calles, consumida por estímulos encontrados y arrebataba los escaparates de los shoppings para llenar el vacío existencial. El ruido confundía hasta el calor de las expresiones y los cuerpos eran monigotes de un ubicuo vaho de frenesí; las máquinas doblegaban su destino original hasta anular los sentidos de sus dueños. Podían caernos las peores bombas, no por eso dejaríamos de hundir nuestros dedos, regurgitar la humedad hasta que un solo río corriese por espaldas dobles. Las palabras ya no tenían sentido y mi mano se enredaba con el rubio volumen de tu monte; tus dedos hurgaban mi farol que incendiaba el cuarto, emitía su luz en pulsaciones, oscilaba bajo la precisión doméstica de tu mano que izaba y bajaba una bandera de placer, escribía casi sobre tu vientre un código ancestral con tinta que la mañana borraría antes de que los vidrios estallaran; el piso se hundiese y el techo finalmente sepultara el interminable éxtasis. Me mirabas en el espejo oval, te mirabas artera en él y abrías tu espesura para que devolviese el gesto. Las figuras se repetían, pero eso no era lo importante: de regeneraciones está hecha la delectación, y de gestos, el amor. Como una pantalla a medida, la oscuridad brillante de tus orificios desmenuzaban los minutos y el telar que se hundía a cada movimiento impregnaba como una pintura extraña, implantada en sombras, jugos y deslices. Las paredes temblaban un poco, quizá en resonancia con la frecuencia que requiere Onán, o plagiando la turbulencia de la guerra, queriendo irrumpir y resquebrajar nuestras oscilaciones, secar la baba que lubrica el ardor, domeñar las encontradas lenguas.Afuera, el mundo es impreciso, y la multitud una tentación. Como en una película que se quema sobre el final, el blanco enceguece, y devora la variedad. No habrá otras oportunidades, la locura es un cáncer que equipara todo, y tanta igualdad no es más que el desierto. Antes de estallar mutuamente, el silencio, el último gran silencio, nos envuelve en generosa intimidad.
8/17/2008
8/12/2008
Cartel del Cartel de la Novedad
Nación Apache: Jornadas Culturales
Temas: Lo escrito y el futuro de la cultura. Transmisiones del saber: los desplazados de la educación, políticas de dispersión, operaciones de comunicación, lo banal. Las artes y la conjugación tecnológica. La experiencia colectiva: tribus y territorios, escritura y disidencia, políticas del silencio. El futuro como ficción: destinos postindustriales y destinos individuales, el sujeto del futuro, el borde sudamericano. Dos años de Nación Apache: la cultura como ámbito gratuito y colectivo: los blogs, de lo virtual al papel... + >> http://www.nacionapache.com.ar/archives/2327
8/09/2008
8/03/2008
EN LA REGION DEL AIRE
Yo te beberé, yo te conducirá a la muerte,
"Alado soy, y no por propio deseo sino porque los femeninos lazos, que leves me envuelven en un abrazo, zumbantes me remontan entre velos. Mojadas sábanas en miel abismo, ésta cae de paralelas bocas, borbotante dentro de mi boca y rebosa los labios no ya míos sino de otros labios, distintas lenguas. Tenues surgieron anhelando anhelos, desdobladas por arte y convergencia de rígido manantial y narciso. Cerca de la luna el lecho tendieron donde soy su néctar y son el mío. "
Capítulo 9 de 'del Señor S solo sueños', J Dipré y J Yakoncick
MALDITOS JUEVES!!, en Córdoba
7/25/2008
Niebla Virtual
Ya estoy desapareciendo
En los intersticios del diario
En la socavada realidad de los pixel
En la abundancia de los títulos
En el desierto del brusco despertar
En un amor sin piel
7/12/2008
NOTICIAS DEL DÍA
Otro micro choca y mueren sus pasajeros
Muchas cosas ocurren en las rutas argentinas
El Papa vuelve a anunciar que pedirá perdón
por los abusos sexuales de los sacerdotes
El Presidente pide a los intelectuales que lo apoyen
frente al conflicto del campo
Los ruralistas insisten en movilizarse
Algunos intelectuales los apoyan, virtualmente.
La izquierda, cansada de bregar por la reforma agraria
Apoya a quien sea, siempre y cuando no sea al gobierno
Una líder surgida de una provincia pobrísima, donde ya no lidera nada
salta de aquí para allá aunque los pobres
sigan siéndolo en su propia, chacoteada provincia
a la que ya no volverá porque, la verdad, la miseria le produce gastritis.
Se suceden cadenas de emails y se dicen las mismas palabras:
‘oportunidades que se pierden’. Hemos perdido tantas.
Todo el mundo dicta lecciones, mientras
máquinas monstruosas con monstruosas ruedas
se alinean a la vera del camino
Muchas cosas ocurren en las rutas
El índice de inflación indica descarnada manipulación.
Yo
recuerdo uno de los ríos que cruzan la ciudad
como otras rutas
luego de que las grandes lluvias pasaran
—¿Aumentó mucho el caudal en el verano?
Sí
Se lo puede ver claramente cuando baja
—¿Cómo cuánto aumentó?
Hasta la altura del borde donde dejan de verse,
prendidas a los yuyos, a las piedras,
bolsas de plástico, zapatillas viejas, latas y otros restos
7/01/2008
PLUS
Hace algunos años publiqué una novela corta. El original contenía una serie de notas, inéditas, a las que denominé 'PLUS'. Funcionaban como claves del relato principal y aparecían en la voz de Lucía (cuyo nombre se transformaba en Sofía a medida que el personaje evolucionaba); en la de un hombre (El), en la de otra mujer (Ella) y hasta en la del 'Autor'.
A continuación transcribo el agregado:
LUCIA/SOFIA:
Tuve una amiga en el colegio primario. Seguimos siendo compañeras en el secundario, y nuestra amistad se profundizó; nos contábamos todo, pasábamos gran parte del día juntas y llegamos a parecernos de tal manera que la gente nos confundía. Nunca sentí por ella lo que se dice una atracción sexual, o no me daba cuenta. Cuando teníamos quince años viajamos al extranjero invitadas por una tía de ella, durante casi tres meses compartimos todo: desayunábamos juntas, salíamos, por la noche nos quedábamos largas horas hablando a oscuras en la habitación, no recuerdo ningún hecho que no estuviese justificado por nuestra gran amistad, ni siquiera el hábito de bañarnos juntas. Después la vida fue alejándonos poco a poco. A los 20 años, reflexionando nostálgicamente sobre nuestra amistad, se me ocurrió que la gente, al vernos, debió pensar que éramos lesbianas.
EL:
Lo recordé algún tiempo después, y no es que lo tuviese verdaderamente olvidado, no estaba en el rincón oscuro y luminoso del inconsciente. Yo diría que lo tenía allí, opaco, desprovisto de uso, de valor (en apariencia). También creo que las veces que lo traje a la conciencia fue con otros fines, mucho antes de que mi vida cambiara radicalmente. Ahora, quizá, le doy un valor excesivo.
Yo tendría unos once o doce años y era apenas un poco más grande que el resto de la barra de amigos.
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A un costado de mi casa había una gran carpintería que pertenecía a un organismo estatal. Los obreros hacían horario corrido desde muy temprano y por la tarde invadíamos el solitario lugar que, para nosotros, era una especie de parque de diversiones gratuito y oculto. Allí nadie nos vigilaba, esa libertad convertía todos nuestros juegos en fantásticas aventuras. Con nosotros siempre estaban dos chicas del barrio: Estela vivía frente a mi casa, y era la que se encargaba de conseguir cigarrillos en un kiosco donde la madre tenía cuenta corriente; Andrea era la hermana menor del gordo y no siempre participaba de nuestros juegos. Alguna vez estuvimos solos con Estela cosa que ocasionó nuestros iniciales juegos sexuales. No recuerdo haber tenido experiencias previas, pero ella algo sabía porque había intentado con un primo que vivía en el campo. Nos desnudábamos sobre unas tablas que tenían la apariencia de largas mesas y allí nos prodigábamos todo tipo de caricias y besos. Recuerdo que lo que más le gustaba era agarrarme con toda su mano el pene (por ese tiempo yo había descubierto su prodigiosa variabilidad) y apretarlo hasta que las venas se hincharan y latieran, y la cabeza se tornara de un morado azulino. Fracasando en la penetración nos conformábamos con una refriega que nos ponía la piel al rojo vivo. Sus pechos eran apenas dos botones incipientes y oscuros que se ponían durísimos e inquietos cuando les pasaba mi lengua y los llenaba de cosquillas.
Un día vino también Andrea y Estela quiso mostrarle nuestros juegos, saqué mi juguete que antes de salir ya se había puesto duro y grande,
cosa que de inmediato la asustó. Estela insistió y logró que Andrea se bajase la bombacha, pero fue necesario que primero se la sacase ella. Andrea no tenía el mismo desarrollo que Estela y el pubis apenas si dejaba ver la sombra de un vello rubio y transparente. Después hizo que me lo agarrara. Por un momento sentí las cuatro manos sobre él. Estela me besó como para mostrarle cómo debía hacerlo, Andrea tenía los labios fríos y rígidos y no permitía que yo le metiese la lengua, mientras tanto sus manos apretaban mi juguete ayudadas por la mano de la otra. El miedo (y un poco la timidez) comenzaba a desaparecer, pero aún se la veía medio dura parada ahí, con la bombacha arrugada a la altura de las rodillas, cosa que entorpecía sus movimientos y la hacía algo ridícula. Yo me había reclinado en una pared y quería que se apoyase, pero mi juguete la daba miedo, decía que eso le dolería, Estela le decía que no, que era lindo, que daba como una cosquilla, y le mostraba cómo lo hacía ella, después la tomaba del brazo y la arrastraba contra mi cuerpo. Cuando comenzamos a refregarnos con confianza dijo que sí, que quería probar. Entonces fuimos hasta donde estaba la mesa y le enseñamos cómo debía ponerse. A mí, en ese momento, me daba un poco de miedo porque me parecía que, al ser más chica que Estela, realmente le podía llegar a doler. En ese momento oímos la voz del hermano que venía a buscarla, alcanzamos a vestirnos a tiempo, pero el gordo sospechó algo y se la llevó de mal humor (desde ese día, siempre que él se iba se llevaba a su hermana).
Nos quedamos un rato más, solos; volvimos a desvestirnos y seguimos jugando, en un momento sentí como que una barrera cedía, y Estela gritó.
ELLA:
Mi tía tenía sólo dos años más que yo, fue ella quien me enseñó todas las cosas de la vida. No sé si supo la importancia que su imagen tuvo para mí. Recuerdo que su risa, o mejor: un gesto a medio camino entre la risa y la carcajada, lograba extasiarme. Era el prototipo de la belleza y la desenvoltura, a su lado yo era una chica torpe y tímida. Los fines de semana generalmente los pasaba en casa y lograba convertirme en su sombra. Dormíamos en la misma cama ya que no había otra, aprovechábamos esa ocasión para contarnos todo aquello que no debían escuchar los mayores, aunque debo reconocer que la que abundaba en secretos era ella que, durante la semana, se veía con un muchacho de un curso superior. Me contaba todo lo que hacía con él, y como yo no había tenido experiencias con ningún varón, trataba de hacerme sentir lo que ella sentía cuando la besaban, o acariciaban. Murió muy joven de una enfermedad desconocida, fue toda una conmoción para la familia, pero para mí fue terrible. Su ausencia se potenció y tardé mucho tiempo en acomodarme a esta soledad; sobreviví, y creí que podría prescindir de su estrella. Después ocurrió lo que ocurrió en casa y decidí que no debía soportarlo, y escapé.
AUTOR:
* El conocimiento sobre uno mismo comienza por el autoerotismo. Toda extensión erótica posterior es una mirada sobre los demás, una búsqueda, una manera de conocer, mirada que nos devuelve a nosotros. En ‘Memorias de Adriano’, de M. Youcenar, encontré reflexiones que apuntalan estas ideas, estas intuiciones. En la Biblia hay expresiones tales como fulana no había conocido hombre; todos sabemos a qué refiere ese ‘no había conocido hombre’, pero ¿qué significa?
* Recuerdo siempre una escena que vi hace años en la película ‘El Ansia’, no sé qué me provocaría si la viese ahora. Dos mujeres, la imagen trata de dar cuenta de lo que siente una de ellas (la víctima) y lo que verdaderamente ocurre; se besan, se acarician entre velos (posiblemente mi recuerdo no coincida puntualmente con el filme), una muerde a la otra. Un plano me dio la impresión de una dulzura, una ternura sin límites, el otro ahondaba en la morbosidad, tal vez el contraste fijó esa imagen para siempre.
* Un texto, un viejo borrador de un relato de ciencia ficción que intenté hace unos años, ‘Beatriz Llueve’ (larga historia la de las Beatrices en la literatura de Occidente). Se anunciaba el advenimiento de computadores de gran poder basados en algo que los especialistas llamaban memoria líquida. Imaginé, entonces, un apocalíptico mundo de posguerra con largas peregrinaciones de sobrevivientes en busca de agua. Mi personaje, una especie de vagabundo, encuentra, alborozado, una laguna y se baña en ella. La pequeña laguna era una mujer artificial que se enamora de su bañista, lo excita hasta que es descubierta. Él evita lo imposible de tal relación, se va, pero su deambular es sorprendido por una lluvia (al igual que el hallazgo de la laguna, esto es algo fuera de lo común dentro de la lógica del mundo en que le toca sobrevivir), el caminante piensa si acaso esa lluvia no se llamará Beatriz.
* Si Lolita, de Nabokov, además de deleitarme, me hizo pensar en las enormes posibilidades formales de la prosa (gran mérito del traductor que logró volcar a otra lengua parte de aquello que de antemano se considera perdido), Ada, or Ardor (traducido al castellano como Ada o el Ardor, inevitablemente traicionado el juego fónico del original) me conmovió profundamente. Si bien la obra disparadora de este relato, para ser honestos, fue una trasnochada lectura de ‘Lo Imposible’, de Bataille, ahora creo que la potencia de Ada... merodeaba.
* El personaje novelesco... Luego del estereotipo, el personaje de la novela era aquel que en base a los distintos acontecimientos evolucionaba. Es decir, la fábula imponía los cambios en su carácter. Más adelante el realismo lo puso en su clase, lo dotó de un habla que lo diferenciaba, lo marcaba y nuevamente lo metía en el corsé del estereotipo (el propio Borges dijo alguna vez que le dieran una manera de hablar y ya tendría un personaje). Particularmente creo que diariamente adaptamos nuestro discurso a las situaciones, a los lugares y en relación a nuestro interlocutor. Llevado a la literatura (que siempre persigue lo real, aunque no lo alcance) el personaje se define siempre en relación a otro, y alcanza todo su relieve respecto de un tercero.
* No quería escribir versos
No quería escribir prosa
Escribí...
6/16/2008
MIL MUJERES
Quizá tuve la decencia de no comentarle nada, no lo recuerdo, no siento que haya sido claro y sin embargo, conociéndome, debo haber oscilado entre el deseo arrebatador de vengarme y la impiadosa frialdad de callar la boca como si esa ética íntima fuese otro dardo, mucho más sutil, mucho más eficaz. Ella se fue, como dije, espero, creyendo en mi derrota, y yo debo haber volcado algunas lágrimas de cocodrilo para luego encerrarme en la bohardilla y precalentar mis dedos hasta dejar que la poesía fluyese libremente mientras que por la ventana las imágenes de una ciudad que se muere lentamente me distraían, o distraían las otras imágenes, aquellas en donde la piel sedosa caía por las curvas de su cadera mientras mis manos obtenían todo su placer y mi boca escribía una oda monumental al amor. Quizá el amor no sea el amor mítico sino apenas lo que queda luego del deseo, y en esos momentos evocados yo no la amaba, solo la deseaba. Los ciclos de la abstinencia me traerían de nuevo a las lluvias de verano, y los senderos de las galerías de cuadros muertos me permitirían encontrar otro refugio para el ardor, una voz cascada antes de estallar bajo este desconocido, ahogada en los propios cabellos que rodean el frágil cuello y el aliento que sube hasta el techo y allí anida una mancha de humedad que luego indagaremos buscando símiles como cuando los niños se reúnen en un rincón del patio y se sientan a imaginar debajo de las nubes.
Lo cierto es que las palabras volvían sobre sí cuando ya te habías ido, triunfante, con tus cosas subidas a un taxi hacia la estación de trenes que te llevaría vaya uno a saber dónde, pero lejos, lejos de aquí, de estos cuartos secos, de esta inmensidad que es la locura, de este amor que es el orden mortal al deseo, su astringencia, su esbeltez equilibrada, lejos de este lugar donde yo tejía los más crueles versos en los que te reconocerías algún día y reconocerías, también, la dura verdad, en ese acercamiento de miradas, humedades e imágenes de manos, senos, siluetas contrastadas a la rigidez de las líneas estrictas y cabelleras como colores tiene el arco iris, como fraguas pueda engendrar el brío, la desesperada búsqueda de otra dermis en la cual envolverme hasta fusionarme.
Morir embanderado en los ojos de mil mujeres, acunado en los pliegues siempre cálidos y diferentes del devenir. Morir ahíto sin doblegarme a otra moral que no sea acariciar la aspereza de la novedad sin dejar de homenajear el roce pasado.
6/12/2008
¿Podremos cambiar?
Uno tiene la permanente sensación de que todo se está yendo a la mierda siempre, quizá este didáctico video sobre la historia de las cosas (la historia del consumo, digamos) nos lo confirme. Son veinte minutos que valen la pena (sí, la pena).
6/07/2008
LAS SÁBANAS AJADAS
Los ojos me devuelven al estiércol de la matina, al estéril tapiz de la mañana doblada por la neblina. Como ánimas las manos animan el fuego en torno al cual los monjes de la intemperie y los perros se calientan y descubren el olor picante de las ramas quemadas, la efervescencia de la yerba mate, la urgencia de la garganta, el escozor del tabaco rancio y el prurito de la sarna. Los muelles desencantan su muerte, el sonar del agua que baja invisible llevando olvido y esperma tan lejos como sea posible. Después la calleja se abre para engendrar bicicletas montadas por seres desflecados y encubiertos cuyas arrugas condensan el agua que corre como por canales o surcos confundiendo sales, intercambiando lágrimas, lluvia y transpiración. El sabor del orégano descansa en el fondo de la lengua entumecida y los músculos sueñan con una balsa que se deja empujar por el mar, a la deriva, como la voz de los descabezados por las explosiones en el Líbano, pero la realidad estropeada en el hondo suceder sacude la espera inaudita, la perspectiva incompresible con fondo de humo y niebla que se aman y retuercen como una dínamo de confusión. Los dijes, las perlas y las joyas naranjas de la enredadera empalidecida que insiste con su savia entusiasta, para quebrar tanta monocromía, tanta sinuosa aspereza, tanta blanca matanza del color. 6/01/2008
"Texto que nace para cuento no llega a novela corta por más que se estire"
(Lidia Morales dixit)
5/25/2008
5/24/2008
SOMBRAS CHINAS
Quisiera ser
Luz elemental / Que palpita
Para amar las figuras que crea
O múltiplo del segundo
En que una cosa no es la otra
Antes de que
Finalmente
La mirada
La mate en la forma arbitraria
Del código.
5/21/2008
HORAS EXTRAS
Tal vez, a esta hora no estés, no te hayas dado la vuelta para mirar caer el sol, ni asomar la primera estrella, ni estrellarte con la mirada oscura de la ventana del cuarto de enfrente, donde estoy yo habitualmente, menos hoy.
Hoy estoy describiendo el pelaje de los gatos, y a ratos, giro la cabeza y espío por el ojo de la cerradura al cuarto vecino donde una muñeca estudia en voz alta un inglés percudido, y creo que el frío que entra por la claraboya le está afectando la garganta. Una garganta que pronuncia fonéticamente un habla sinsentido, y gime cada tanto cuando descubre que un escozor le sube por la entrepierna, y es de frío, de ninguna otra cosa. Me han dado trabajo extra; describo el pelaje de los gatos, en lugar de estar frente a la ventana de tu departamento a la hora que movés tu cabeza y agitás tus cabellos y luego te parás y me mirás desde allí y me sacás la lengua. Después cerrás la ventana y el sol cayó, el ocaso acaso ya haya sido por última vez y ni vos ni yo nos enteramos, yo por mirarte enamorado y vos por reírte de mi silencio estúpido y contemplativo. Sí, mientras yo describo los gatos de todos los continentes tal vez a esta hora estés tomando el té en otro lugar, o como yo, con alguna tarea insólita con el único fin de no mirar hoy por la ventana y encontrarme ahí cerca y distante, sin poder gritarte que te mordería los labios sin lastimarte, que dejaría que tus cabellos lacios se enreden en los pezones mientras abro tus piernas para meter mi cabeza
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entre ellas y como expresa una mala traducción española ¡comerte el coño! Y mientras alcanzás un orgasmo terrible yo te hago preguntas insólitas, o sentencio cosas del tipo ‘la literatura está movida por el sexo’. Sí ¡eso! accediste a hacer horas extras en la oficina con el único fin de no hallar mi figura que te perturba y por eso te burlas. Tu jefe ha dejado que corrijas las rimas cacofónicas que se le escapan en los memos porque alguna vez fue un poeta y la palabra siempre lo tienta y como no tiene control sobre ellas una arritmia que quedaría muy bien en cualquier otro escrito, en los memos, en las cartas documentos, en los formularios de despacho de logística, simplemente, no quedan. Y vos, que has demostrado tu pericia lingüística te encargarás ahora de ahogar la respiración automática de ese nuevo Bretón de saco y corbata, perfumado con una exquisita fragancia francesa que cuando la hueles sientes que te corre un hilillo de agua desde el valle de tus pechos amordazados por el corpiño hasta el pozo seco en el desierto luminoso de tu barriga, ella sí, expuesta a la mirada de tus otros compañeros oficinistas. Él se te acerca y te habla desde atrás, muy cerca del oído, y te hace un comentario que no alcanza a ser obsceno, y allí lo hueles, te impregnas, y ya no es solo el agüita que te corre desde los senos emponzoñados y listos para saltar y arrollar con los botones de la camisita cortita y abrir en pedazos el corpiño como si fuese una granada; es la piel, esa piel aceitada y ambarina que gustás de acariciarte cuando te bañás, o cuando te recostás en el sofá de tu departamento, recién llegada de la calle, con el pantalón abierto y apenas la cremallera baja donde deslizás tímidamente la mano hasta rozar la aspereza de la pelusa del pubis. No, ya no es ese líquido impertinente que corre como si fuera la propia sangre que se le ha dado por el cauce de tu epidérmica superficie sino esos millones de puntitos que ahora tienen vocación de cráteres diminutos, de nanovolcanes que anhelan expulsar esos vellos dorados y largos que tus amigas admiran hasta la envidia.
Pero todo pasa, como los huracanes, rápidos, vertiginosos, potentes, dejando al descubierto la destrucción de la velocidad, porque eso es una tormenta: la destrucción que ejerce la velocidad. Tu jefe se aleja a otro escritorio, y deja ese vaho de sensualidad que apenas se difumina hasta agotarse ya te está mostrando otro plano: sus redondeces, las entradas mal disimuladas en la cabeza, el traje que está gastado en los codos y el pantalón arrugado de usarlo durante una semana seguida. Pero ha bastado un segundo para enardecerte, y en ese segundo te hubieses sentado en el escritorio y lo hubieses agarrado de la corbata hasta amoratarlo, le hubieses metido la lengua entre los bigotes y con las piernas le hubieses practicado un abrazo mortal para espectáculo de tus grises compañeros. No importa que el señor tenga caspa en los hombros, aún tiene esa delicadeza de saber mirarte, de quemarte en silencio, de dejar caer el gesto iracundo y sin embargo suave, de aquel que ha tratado a otras mujeres, algunas incluso más jóvenes y más bellas.
Y todo lo hacés hoy, quizá, para no llegar a tu casa solitaria y enfrentarte con este vecino cuyo único entretenimiento es abrir la ventana para ver si estás allí a la hora pactada, para dejarse humillar por la lengua de la burla, por tu gesto despectivo. Desprecio porque no ha sabido nunca golpear a la puerta en tu peor momento y sin pedir permiso violentar esa intimidad del hastío, sonreír y sin decir ‘agua va’ desprender tu camisita arrugada de tanto inflarse y desinflarse por la urgencia de una fantasía doméstica.
Pero, si es así, perdiste una oportunidad porque hoy no estoy como siempre fisgoneándote sino en otro lugar de la ciudad, describiendo el pelaje de los gatos de Egipto, clasificando las orejas de los de Turquía (¿existe Turquía?), mientras en un cuarto contiguo una mujer estudia inglés en voz alta, creyendo que ya no hay nadie en la oficina, ensayando inflexiones hollywoodescas, gimiendo frases entrecortadas, escapando de otras obsesiones solitarias. Perdiste esa oportunidad, y perdimos el ocaso, el nacimiento de la primer estrella que en la gran urbe solo puede intuirse.
Hasta que al fin la barbie se da cuenta de que estoy allí, a un paso, en el cuarto de al lado, y como ya es tarde para avergonzarse, y es tarde para ir a cenar sola en el bar de la esquina, y es tarde también para terminar el trabajo que le había encargado su jefe, que hubiese podido cumplir si no se hubiese dedicado a frasear largas parrafadas en inglés gutural, y es tarde para huir, abre la puerta que da a mi despacho, se suelta el cabello y lo tira hacia delante, para que le caiga sobre los senos mientras desprende los botones de su blusa apretada y se sienta en el escritorio frente a mí, abre sus piernas todo lo que su falda le permite abrirlas y la fragancia de su piel casi oculta me emborracha hasta hacerme olvidar que hoy, ni vos ni yo concurrimos a la cita de todas las tardecitas.
5/17/2008
INSTANTE
En el ahogado despliegue del día
cuando ya los muertos han muerto
en la volatilidad de un sueño
donde por un inconmensurable lapso
describieron el agónico placer de ser y no,
miro a la distancia
tratando de que la vista sea otra en su amplitud,
o el giro de la brisa
me vuelva hacia atrás
me transforme
me dé las alas que la noche colgó
y me levante por sobre el cansancio
de años y estupidez.
En ese instante que no es la pérdida
pero la vida pasa en un segundo
y se va por la alcantarilla
con sordo ruido
los soles ciegan
la calle ensordece
la ciudad abisma
cuando la nada es el horizonte
de esa mirada casi desesperada
vuelvo la cabeza
y me encamino hacia otro lado.
5/11/2008
Fugacidad; Obsolescencia y Compromiso estético
Solo un pasaje de la interesante entevista a la escritora brasileña Nélida Piñón:
(...)
–Hoy la vida decreta tu obsolescencia en muy poco tiempo. Irónicamente, nunca se vivió tanto, pero de qué vale si estamos bajo la tutela de la obsolescencia. En muy poco tiempo desaparecemos del mercado, de la vida, de la constancia, de la permanencia, de las pequeñas mínimas garantías existenciales.
–¿Esa visión fugaz influye en la literatura?
–Afecta incluso temáticamente, pero no debería afectar la calidad del texto, no deberíamos hacer un texto fugaz, voluntarista, un texto para ganar dinero. El compromiso del escritor no es hacer una obra descartable sino perenne, no importa que termine en el fondo del sótano. El autor tiene un compromiso más estético pero también ético con el texto y no puede aceptar que, por ejemplo, el mercado se convierta en un elemento de imposición estética.
(...)
5/05/2008
SOY EL ASESINO
En esta mortal melancolía bizarra que arrea el colérico sueño del verano. Ya el cuchillo hendió el muérdago de felpa y como diarrea la esperma roja dejó su rastro en la rala espesura. No hay más que rastro y la duda que ahonda cualquier herida, hasta la de la purga inverosímil de unicidad. Todos podrán escarchar el lago de la opinión, la noche está perdida y las estrellas se desfiguran. Ulular, merodear la espuma de luces, la cana que rompe la magia. Sangre sangre sangre y ritmo en la traza. No indagues más el asesino soy yo que he visto subir y bajar con mortal desparpajo la hoja la sierra la dura cuchilla de la orfandad. Restregaba y arrancaba moles y lombrices espaciales eufemismos y admirativos adverbios. No insultes a mamá que duerme la nana entre algodones de clorofila. Licor de mentas que rezonga en la garganta cortada en dos. No quiero que me nombre ante la gente, no quiero que brille el pulido objeto, no quiero que nadie cree un espacio publicitario mientras las banderolas de la acusación amordazan la libre interpretación.
Qué llagada. Que vasta ambigüedad la niña y el niño, que ocultos en el desdoblamiento encontraron mi furor tanino, mi fuente de agrio desafío.
No me mires a los ojos si quieres la verdad.
La muerte que en el callejón embellece la historia. La transida calumnia que deshueva el monstruo de múltiples cabezas. El ojo que ensarta la aguja de la poesía y la proeza. La canción que arma el argumento. El despojo que ronda la ilusión del héroe.
Qué soberano desperdicio. Ni pegando papel con papel desbroza el uno a uno el principio y el fin. Porque magia del tiempo, allí estaba, allí no estaba. Y ahora recojo la visión desde la calleja solitaria. Tumulto, hormigas en melaza, tan distantes, tan devueltas a sus hoyos, tan desdentadas de motivos.
Runrún, conversación, sonrisas y estupor.
Ahí, caminando en lo obscuro, con fino deslizarse, y delicado aroma de solitario sonriente, allí entre sombras que juegan a ensombrecerse, entre figuras que se devoran en otras, quizá devuelto a su plutónica licantropía, con un camino largo y brillante, pero curioso, el duende, la carga de los celos argásmicos, el detalle de un deseo, el micro organismo de una pasión, hecha carne y a tu nombre. Sin la costilla iniciática, sin el paraíso brindado, sin sentido ni horror, afilando su segundo estupor, niña, niño o animal. Ciego y vidente a la vez. Sordo por sobre todas las cosas, duerme el durmiente, el eterno dios, que de un parpadeo nos acaba.
Jorge Alberdi 04/2005 (republicado)
5/01/2008
TRAZAS 15
Dicen que es tan dulce
El olvido los que olvidan
El sabor salobre de las excusas.
Y tener una flor en un ojal inexistente
Robada de jardines ensombrecidos
Arrebata maravillas de dijes
No resalta ninguna caridad
El rostro en el oval retrato
Ahíto de aberturas y desvíos
La claridad de la sombra
Destroza nuestra temporalidad
Dicen que es tan equívoco
El roce de una telaraña
En la oscuridad
Pero a la caída del sol
Los papeles se queman
Sollozamos por la puerta que se ha abierto
Las ventanas y los retratos
Francos se aquietan en la remembranza
Posesos de un escozor
Anunciados y desahuciados
Por tanto albor postergado
Dicen que el aroma
Encarna aquello tan dulce
Que ha muerto en una palabra
Las sienes palpitan y la noche
Nos engulle lentamente
Las formas pierden el ritmo
¿Se puede hablar en primera persona
Cuando se está solo?
¿Damos al eco la probabilidad
Del cortejo?
Un animalito en la mudanza
En el espejismo del cristal
En la densidad del reflejo
¿Se puede hablar
Cuando se está solo?
Dicen que cuando se llega al río
La costumbre es dulce
Y el olvido la muerte
.
4/27/2008
TE VISITO
Te visito
en las sombras lo hago
y te haces el lugar
Excusa es el sueño
la pesadilla, mujer.
Sin embargo no sonríes de espanto.
Jorge Alberdi –08-2005
'Carmilla', de Sheridan Le Fanu
El célebre relato, pre 'Drácula'.
Si tuviese que designar un texto que encarnara lo que considero erotismo en la literatura, no lo dudaría, es 'Carmilla'.
Lo dejo en 'Lecturas y Miradas', para quien guste.
Sheridan Le Fanu: http://es.wikipedia.org/wiki/Sheridan_Le_Fanu
4/25/2008
ESAS RARAS ENFERMEDADES NUEVAS
4/24/2008
VAINA (S)
Te pega en la ancha banda del asfalto. Cuando llueve como escamas de pez, cuando brilla por los faros raros de soles movedizos. Al cruzar la estridencia de luces, y en el vuelco de un reflejo, un retrovisor ojo que se intuye. Ella se sube al esmerilado rodado, y latínico cofre de encierros. Frotar la lámpara hasta hacer emerger al genio, que es humo diablo solo humo en la pampa de los sentidos. El labio que brilla y se estremece en el espejito, sabroso resto de luz rojiza, jugo de un tinto acaramelado que se desborda de la copa de cristal, pulposo como una frambuesa. El parabrisas, el resquicio de la caja de Pandora, todas se encierran. Metálicos vestidos en las noches de hambruna, metonímica escafandra para esconderse o para exponerse. Lustrosas y ajustadas, imaginadas o intuidas, en el gabinete oscuro, con el aire de fragancia de provocación, soñándose soñadas, sin destino o con el de la fantasía. Aroma a misterio, a distancias, a efluvios de sexo festivo. Vainas, cerraduras llaves rodantes que embriagan la ciudad. Dejan las ráfagas de las miradas, o el desinterés. Flacas, gordas, hombrunas, sedosas, rubias o teñidas, negras o marcianas, altas o bajas, atoradas en la miseria de un juego sin resolución. De refilón te juna, o te ignora, pasa de largo vuelve a casa o se raja, ronda honda en la penumbra que la oculta, en esa cáscara carnosa de sintético. Vigorosa en la estampa te espanta, pone esa lejanía de humo, con su dibujo de deslices y curvas ansiadas, gelatina textil que la desnuda como a la funda de un arma blanca. Un cigarrillo antes de lanzarse a la marcha. Luz Roja, peligro, gira la cabeza y un abismo te ilumina, un abismo azul, oleoso. Y el hambre latiendo haciendo huecos en el periplo, abandonando el cuadro. ¿Dónde? ¿Quiénes? Quienes en resuelto deambular disparan la ineficacia de hombre solo, de lobo desguarecido cansado de soplar casamatas, de lamer estampillas, de fusionar hermanas con amantes, de doblegar el esperma impertinente, de amasar el deseo y fregarlo contra los muros de las paredes, de los carteles que te anuncian inalcanzable, de retorcerlo contra el rizado venus sin brazos, contra las montañas rosadas de la cosmética, contra el picante surco húmedo. El ojo cazador acierta pero el movimiento se lleva la sonrisa de triunfo vano. El ojo sueña y lava el rostro cuya máscara de sombras no conocerás en la velocidad, vana también. El ojo muerde ese otro ojo sin edad, sin color o con el horizonte de todos los colores posibles. Ese ojo que ya te abandona, que se lanza y avanza por el éter, inútilmente, hasta desvanecerse. Pasa en un segundo, pasan en un segundo. Efímero es el talante, y efímera es la imagen, envainada, modelada en plástico, fibra y metal. Láser de olvido, fragante presa que se fue con la tecnología, con las pantallas azules de los video clips, con las películas neblinosas de la estética, con la película del lustre, con la cutícula de las medias largas y hondas de texturas y membranas de piel sin grumos. Luz Verde, chirriar, humo, aromas, intuiciones, apenas huellas de ellas. Hidrocarburo, perfume de mujer4/22/2008
DIJE: COJIDAS, NO COGIDAS...
4/20/2008
EL HUMO DE LA CALLE
No sé. Pienso que el humo de la calle nos envuelve en un manto de cultura y naturaleza difícil de separar. La gran ciudad se olvida de la diversidad en su propia multiplicidad y alguien, tal vez un hombre, espera solo el amor de su vida, tal vez una mujer, impoluto mientras su amor se descose en cada encrucijada o con juguetes gelatinosos que huelen y saben a esencia artificial de frutillas demuele los colchones de gran tamaño mientras en la tevé una murga le trae recuerdos de su amiga vestida con flores de mostacillas y tipografía anárquica que sacude la horma de sus pechos al ritmo de un tambor huérfano. En la radio nos dicen qué bebida beber y el spam de los carteles urbanos nos atiborra de imágenes lésbicas mientras los chicos de la calle ofrecen su servicio rápido y espumoso de limpiavidrios al paso mientras sus amigos fuman en un rincón meado por perros y borrachos y sueñan con ayuda porque ya solos ni soñar pueden. Una mirada que se pierde en el serpentear de las callejuelas con subidas y bajadas y en un ciber los autómatas se me parecen y todos se me parecen mientras ella entra y yo la sigo y me apoyo en una mesa recién abandonada con el tapiz pegoteado de café y mermelada y la vuelvo a seguir con la mirada que se posa en la misma pantalla donde explota el sexo sin perfume de dos niñas que parlotean mudas antes de darse un mordisco y luego sanarse con sus propias lenguas y ella mirando sabe que otros la miran pero también eso es ya naturaleza y no pasará de allí hasta que una de sus manos se hunda entre sus piernas un segundo como para contener algo que se le escapa algo que se le va mientras sube por su garganta y la tersa barbilla le tiembla apenas lo suficiente como para que yo sepa que está viva y que, quizá un hombre, la espera en otra ciudad otro mundo sin haberla conocido solo de soñarla para que otro, quizá otro hombre, aburrido de pensar hacia dónde va se ponga a escribir su historia solitaria, otra más de las tantas repetidas, y acierte en un concurso de literatura demodé y gane un premio ínfimo que lo catapulta al abismo de la fama efímera, para volver a la nada.Pienso que cuando ella sale el humo se ha vuelto brisa, y una llovizna le moja el pelo; que en un horizonte cercano los picos de los cerros lucen blancos, pero no lo sabe aunque pueda imaginarlo y no sé si levantarme de aquí y seguirla y arrebatarle a ese otro hombre el amor de su vida y en una esquina tirarme sobre ella y convertir la historia romántica en una película de cuarta donde el amor es tan fácil como pagar la entrada a un cine. No sé si levantarme por más que ella vuelva la cara para verme como si yo también fuese una pantalla, un monitor que arroja gemidos y babeos y movimientos rítmicos como en una extraña espiral de candombe de verano, para acercarme y morderla hasta que despierte y abra los ojos y que ellos vomiten las últimas imágenes del fin de los tiempos, imágenes que de tan repetidas ahogan su diversidad.
Me quedo donde estoy, sonriendo, sonriendo estúpidamente, total, nadie me ve, nadie tropieza conmigo y soy otro que en algún lugar una historia espera hasta desdibujarse.
ESTADOS DE CONCIENCIA
“¿Desde cuándo aceptamos que nos digan qué día amar, qué día ser felices, qué día acordarnos de nuestros amigos? ¿Desde cuándo necesitamos un día específico del año para sentirnos hijos o padres? ¡Desde que el mercado, señores, el Dios Mercado, impuso su lógica, lógica de ritual, de religión! Amigos: ¡no dejemos que hasta nuestros sentimientos formen parte de un escaparate! Si no claudicamos, si no nos dejamos seriar…”
La voz de Marconi se colaba desde la galería y se iba perdiendo hacia el pasillo principal.
El hombre en el interior bajó las persianas de la ventana que daba al patio. Sin embargo, la luz del mediodía reverberaba creando una penumbra deliciosa, líneas luminosas escribían las paredes del cuarto e, invariablemente, terminaban en capullos, hojas iridiscentes. Cerró la puerta. A esa hora estaban todos en los comedores y se podía estar tranquilo, el teléfono no gritaría, su asistente, Marisa, debía estar con las enfermeras, en la cocina, seguro.
Se desparramó en el sillón detrás del escritorio y abrió el último cajón. “Ya no fumo tabaco”, repitió en voz baja, para regocijarse con su pequeña victoria, mientras liaba el porro. Encendió el aire acondicionado, no porque hiciese calor —era un día espléndido— sino para que
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no quedasen rastros del patchouli. “Patchouli”: en cuanto surgió la palabra, el aroma inconfundible, dulzón, se le hizo presente junto con el recuerdo de su madre, que no toleraba el perfume de los “jipis”. “Una manera de torturarla”, sonrió, con una breve culpa.
Encima del escritorio esperaba el informe sobre la última experiencia con ayahuasca que había supervisado la semana anterior; “Alternativas Terapéuticas: nuevas viejas prácticas”. No estaba convencido del título, aún debería darle un par de vueltas. No es lo mismo un paper para la academia que una nota de divulgación para un diario. Y en el texto ¿no estaba dando demasiado crédito al tema de los estados de conciencia ampliada? Hay un hilo muy delgado entre ser considerado innovador o loco.
Se acordó de Sergio. Le pedía el alta, pero no estaba seguro de dársela. Los resultados fueron demasiado rápidos, quizá debiera seguir el tratamiento tradicional por más tiempo, hasta lograr un dictamen certero. Algo del recuerdo lo perturbó. Tal vez fue una alucinación, pero la voz de Sergio, cuando todos entraron en trance, le llegó directa, como si hubiese ingresado por el medio del pecho abriéndose camino hasta su cerebro, o en donde quiera que el pensamiento se forme, como si fuese su misma voz. No había sido la primera vez que se establecía esa comunión en el rito de la ayahuasca. Aunque estaba muy alerta a los efectos de la sugestión, esta vez hasta alcanzó a ver las imágenes del sueño como si fuera propio. Reconoció, en el dibujo que trajo al otro día, la mantis gigante que le había hablado a Sergio en su otro estado de conciencia. Algo era cierto, el paciente ya no padecía la claustrofobia que lo acompañara desde la infancia. Él mismo se encerraba para demostrárselo a todos. Igual, no estaba seguro, podría ser una mejoría pasajera. Por más que sus seguidores lo negaran, y él mismo, la experiencia, con fines terapéuticos, no dejaba de estar provocada por una mezcla de alcaloides, y poco se sabía de los efectos secundarios. Se dice que la alteración que provoca el rito abre un canal a un estado de conciencia ampliada. Sin embargo, él tenía otra teoría: lo que se abría no era un camino a una sensibilidad mayor, sino a estados diversos de conciencia; sostenía que nuestra percepción no permite más que la experiencia de uno de ellos, eso nos impide entender que muchos de los problemas se deben a que un lazo entre un estado y otro ha quedado fijo, y en uno de los extremos el devenir no fluye, gira en torno a sí mismo, como un loop. Las implicaciones de esta versión no eran menores: otra conciencia significa otra realidad; desde el punto de vista terapéutico, y hasta filosófico, el horizonte de investigación se ampliaba impredecible. Estos lazos suelen establecerse y fijarse en algún momento de nuestra vida, merced a algún hecho crítico que logra angostar las fronteras entre una y otra realidad y que, por supuesto, no recordamos. En el rito, la conciencia personal se hace múltiple y comunitaria, todos los participantes entran en sincronía; así pueden pasar entre las diferentes capas mientras el terapeuta asume el rol de guía para ayudar al paciente a desenredar el lazo, asumirlo, resolverlo. Podría confundirse, en el psicoanálisis, con el trauma, la diferencia es que para el psicoanálisis el trauma pertenece al pasado, aquí, en cambio, se trata de estados diferentes de uno mismo, que fluyen. Borroneó, a un costado del informe, un esquema gráfico de su teoría: dos líneas paralelas que en un momento se tocan y vuelven a abrirse, una sigue y la otra, en lugar de avanzar se vuelve sobre sí.
Le dio una calada profunda a la puntita del porro que quedaba y contuvo la respiración. Desde el patio ya no llegaban voces, la siesta se establecía como un manto invisible, el barniz del sopor comenzaba a relajarlo, sentía un ardor en la punta de los dedos, era una sensación confusa; no alcanzaba a ser un dolor, se acercaba más al hormigueo, como si se le estuviesen durmiendo y las uñas se le desprendiesen. Al costado del informe había un aparato análogo a uno de esos reproductores de música portátil, un poco más grande, con un cable que terminaba en un casco con electrodos. Lo tomó entre sus manos, lo dio vuelta, luego abrió la carpeta con las especificaciones técnicas y una descripción de las pruebas realizadas con los pacientes elegidos. En un sobre anexo a la carátula había un chip de memoria y un breve listado; el número uno correspondía a Daniel Marconi, el dos a Carlos Ferreti y el tres a Jorge Barrantes. “No se privaron de nada”, pensó, en especial cuando leyó el nombre del último, el caso más complicado de la clínica.“No sé cómo me atreví a autorizar las pruebas sobre él”.
Los dos primeros no presentaban muchos problemas; Marconi tenía la fantasía del político, arengaba todo el tiempo; Ferreti hasta era divertido, vivía una fiesta permanente; Barrantes… no, con Jorge la cosa era distinta, las pesadillas lo perseguían hasta en la vigilia. Vivía aterrorizado, había que estar siempre alerta con él, la vez que las enfermeras se descuidaron hubo que buscarlo por toda la clínica hasta que lo encontraron en uno de los baños, arrinconado, con una crisis, gimiendo como un perro apaleado, tenía marcas y lastimaduras en brazos y piernas, como si se las hubiese autoinfligido, y las encías le sangraban. “Generalmente, este tipo de casos agudos provoca alguna tendencia suicida; para escapar del dolor que parecía estar atormentándolo en todo momento, Barrantes podría intentar darse muerte, pero creo que no está en condiciones de montar una idea tan compleja. Igualmente, lo controlamos durante bastante tiempo hasta estar seguros.”, les había explicado a los investigadores cuando le pidieron la autorización para la prueba de campo.
En realidad no se conocía su nombre verdadero, era un indocumentado. Lo habían traído años atrás, derivado desde otra clínica. Una de las practicantes, Georgina, se había encariñado; alguna vez tuvo un primo unos años mayor que ella, nunca supo qué fue de él, desapareció de un día para el otro, así que, en honor al inquietante parecido físico, le dio el nombre y el apellido de su primo.
Dudó en colocarse el casco. Si bien una de sus funciones en la institución era evaluar las nuevas propuestas de tratamiento, algunas, como en este caso, le exigían demasiado. ¿Si fuese peligroso? ¿Si fuese otra estafa?
La teoría no era mucho más absurda que la que sostenía las experiencias con la ayahuasca, pero reconoció que haciendo siempre lo mismo no se podía pretender resultados diferentes. Llevó el casco a la cabeza. Antes de introducirlo recordó que había visto una buena película en donde utilizaban un aparato similar, la actriz era preciosa .
Presionó el casco sobre su cabeza, introdujo la memoria en la ranura y puso en funcionamiento la máquina. Acomodó el cuerpo al sillón y se inclinó hacia atrás, estirándose. No pasó nada, salvo que por un segundo la habitación se cerró en un fundido en negro. Después, todo estaba allí. Sintió deseos de levantarse. Fue hasta la puerta y la abrió.
Dio un paso hacia fuera. Un centenar de personas lo miraban desde abajo, estaba subido a alguna tarima. La gente llevaba carteles y agitaba banderas, se escuchó hablarles, gritarles que él no era uno más, no era un político más, que confiaran, que no había llegado hasta allí para mentirles. El cielo estaba encapotado y amenazaba con caerse a pedazos. Un pequeño tumulto debajo desvió su mirada y se calló, algunas personas forcejeaban entre sí “¡Hey! —gritó de pronto —¿Acaso vamos a pelearnos entre nosotros? ¿Acaso nunca nos dedicaremos a hacer lo que hay que hacer en este país? ¿Vamos a vivir permanentemente en un presente pequeño y absurdo? ¿Nunca nos animaremos? ¿Vamos a seguir hablando de activar fábricas que al otro día se cierran sin atrevernos a fabricar un auténtico futuro? ¡Señores, somos unos cobardes, unos reverendos cobardes, nuestros hijos se mueren y nuestros abuelos también, pero seguimos tras esos fantoches inútiles como si fuésemos idólatras ciegos! ¡Si! ¡Ustedes! ¡Ustedes a los que los oídos les sangran cada vez que algunos de los pocos que nos atrevemos les gritamos la verdad!”. Debajo, el tumulto se fue transformando en una batalla. “¡Idiotas! —volvió a gritar, ya enfurecido —¿A qué han venido? ¿A qué he venido? No vine a esto, vine para que nos ayudemos…” Alguien le arrojó una piedra y le dio justo entre los ojos, alcanzó a escuchar el estallido de su cráneo antes de que la lluvia se derramase sobre la plaza y el día, o él, oscureciera vertiginosamente.
Ahora está en medio de una pista de baile. Hay luces de colores y mucho humo. Busca en derredor la banda de música, se da cuenta de que el sonido llega desde unas columnas blancas distribuidas por todo el salón, las luces de los flashes lo encandilan. Ya no está quieto, alguien lo arrastra, una mujer grande, con el rostro cargado de maquillaje donde las gotas de sudor pugnan por encontrar un lugar donde aflorar como un geiser. Es su madre, que ríe, ríe borracha. Lleva puesto un sombrero ridículo con un cuchillo de goma que lo cruza como si atravesara la cabeza, los labios pintados son una herida roja, desmesurada. Serpentinas y papeles caen creando un caos de colores y luces. Su padre —quien pareciera haber olvidado el permanente enojo con su esposa— se lleva la compañera de baile. Sabe que es feliz, aún aturdido es feliz, feliz porque esa mujer vestida toda de blanco, atrapada entre la multitud de coloridos danzantes desfigurados por la agitación y los apósitos plásticos, le sonríe. Sus ojos tienen un lazo con los de él, nada podría romperlo, es como un elástico invisible que los mantiene unidos dentro del caos de la fiesta. De pronto lo circundan aquellos que sabe son sus amigos de siempre, hacen una ronda, le gritan, se le acercan, lo empujan, retroceden. Clarisa entra en el círculo y sus amigas se suman a la ronda, la música compite con el griterío. Está radiante con su traje de novia, las mejillas sonrosadas y el peinado que comienza a soltarle algunos rulos. La abraza y la besa, vuelve a besarla mientras el círculo se cierra y se abre y él hunde la mano derecha entre el cabello y palpa la tibieza casi afiebrada de la nuca de su amada. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo. Alcanza a ver los ojos de Clarisa, que siguen unidos a los de él, mientras lo lanzan hacia el techo de reflejos, arriba, abajo, arriba, abajo, cae acolchado sobre los brazos de sus amigos, arriba, abajo, de nuevo, allí va, más alto aún, se le hace un vacío en el estómago, se acuerda de la vez que subió a la montaña rusa y vomitó, esta vez tardó más en caer “¡Más alto, más alto!”, oye que gritan todos; arriba, abajo, arriba, abajo, balanceo y el techo se cae sobre él, el techo de colores rápidos y calientes, el techo estrellado, que ahora se aleja rápidamente, y el elástico invisible se estira al límite, y se corta.
Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo, lo arrojan y cae pesadamente, con un ruido sordo, amortiguado. Le duelen las muñecas que lleva atadas con algo que le lacera la piel. Está ciego, o mejor dicho, está oscuro, y tiene la cabeza cubierta con una capucha de tela áspera, mojada. Aquello blando sobre lo que cayó es otra persona, que no se quejó: está dormida o muerta. No, muerta no, su cuerpo emana cierta tibieza. Con las manos juntas palpa el piso, la superficie es rugosa, de piedra, o de adoquines. Ahora recuerda algo, borroso, estaba cruzando la calle Entre Ríos cuando se lo llevaron. El olor de la habitación es nauseabundo, los sentidos se van poniendo en funcionamiento de a poco, de a uno por vez, el tacto, el olfato, en la boca tiene un gusto entre amargo y salobre, aunque por ahí parece dulce; le arde la lengua, se la ha mordido innumerables veces. Ensaya una palabra, para saber si es su lengua, si aún la tiene, o es meramente una sensación refleja, como cuando a uno le cortan un brazo y sin embargo sigue percibiendo un ardor en la punta de los dedos. Le sale un sonido gutural, pero es por la hinchazón, no porque le falte la lengua, de eso está seguro. Se tranquiliza. En ese lugar que está hay otros; se oyen las respiraciones esforzadas. “Es sábado o domingo”, se dice, y recuerda por qué lo dice: “El jardín de infantes. No se escuchan las risas de los chicos de la escuela de al lado, y tampoco los gritos de los otros que están en los cuartos contiguos, hoy no se trabaja. Es domingo. ¿Los chicos escucharán nuestros gritos como yo escucho los de ellos?”. Se arrastra mientras va palpando el piso y las paredes. Topa con un cuerpo frío, es uno que está muerto. ¿Quién será, el Poliya? “¡Poliya! ¡Poliya!”, susurra.
Despierta. Le cuesta respirar, la capucha de arpillera —está seguro de que es de arpillera— se le ha secado contra el rostro. Le duele todo, la boca está tan inflamada que parece que estuviera masticando una pelota de tenis. Hoy es otro día, lo sabe porque escucha los ruidos, huele el aroma del mate cocido, imagina un sol tibio que le calienta las pelotas mientras se adormece tirado en la hierba, en una plaza, en un pueblo que no reconoce. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan. ¿Dónde? Lo arrastran, las rodillas golpean el piso; cree que por un largo pasillo.
“¡Buen día! —le saluda una voz aflautada que finge ser de mujer— ¿cómo estamos hoy? ¿Mejor? La verdad es que el pichón de abogado está haciendo quedar bien a su tío… Bueno, es un decir, porque, por lo visto, a Barrantes, lo cagaste lindo… Te salvó cuando te estábamos por dar la cana en La Plata, te sacó del país, y el pelotudo del sobrinito, ¿qué hace? Vuelve a aparecer… ¿Qué carajos hacías en Rosario, me querés decir? Tu tío es de los nuestros, ¿sabés? Es un hombre que debe cuidar su prestigio, un hombre de bien… Está aquí, ahora.”. Otra voz, impostada también, asume el rol del tío, lo saluda y le anuncia el menú del día: “Sobrino, hoy el chef nos ha preparado una interesante versión de submarino seco”. Le parece que en la habitación hay por lo menos dos personas más. Le meten una bolsa de plástico sobre la de arpillera, la respiración se le dificulta, el aire entra por debajo, por el cuello, su propia respiración comienza a condensarse, el calor le hacer arder las lastimaduras de la cara. Vuelve a escuchar las mismas preguntas: “¿Su nombre de guerra es el boga? ¿Qué relación tenía con los carpinteros con los que compartía la habitación en La Plata? ¿Por qué volvió del Uruguay? ¿Cuál era su misión en Rosario? ¿Quiénes son sus contactos allí? ¿Conoce a alguien llamado el ingeniero? ¿Su contacto en Venado Tuerto?”. Le cierran la bolsa para que no pueda respirar. La abren cuando la desesperación hace que vuelvan a sangrarle las muñecas atadas con cable. Esto lo repiten varias veces, pierde la cuenta de cuántas. Cuando ya no resiste, le sacan la camisa, lo auscultan, le toman la presión, luego le bajan los pantalones y le tiran agua fría. “Terminó por hoy”, piensa, pero no. “Vamos a ver cómo anda Jorgito para el postre”, escucha de aquel que fingió ser su tío, mientras palpa sus testículos. “A mi, los huevos, me gustan fritos, ¿y a vos?”, dice, riéndose. Lo sientan y le atan los pies a las patas de la silla, desanudan las muñecas y las vuelven a atar, esta vez a su espalda, fijas al respaldo. Hacen las preguntas de rigor y como no contesta, le meten la bolsa nuevamente en la cabeza y la cierran. Cuando ya no soporta más siente la descarga en los genitales. El cuerpo se le contrae, se retuerce, los pulmones y la cabeza le van a explotar, eso siente, si puede realmente discernirlo así. Una vez, dos, hasta que el cielo se llena de estrellas y ya no escucha gritos, ni niños jugando, ni voces impostadas, y se duerme, pero con la terrible certeza de que volverá a despertarse en el infierno.
Cuando lo hace, aún está atado. Entre todos los dolores, sobresale el del cuello, como si la cabeza, de un latigazo, hubiese estirado la columna. No escucha ruidos, debe ser de noche, ya no siente la lengua, pero alcanza a percibir la viscosidad de esa masa que se le desliza por la barbilla y alimenta el caudal del arroyo que baja por la parte externa de la garganta. Sin embargo, en la habitación, aún hay otra persona, cerca de él, puede oír su leve respiración y hasta, le parece, percibe el ardor de su mirada. Trata de enderezar la cabeza. Una voz firme y seca le dice: “Cuando cruzaste te advertí que no volvieras al país”. Reconoce, esta vez sí, con espanto, la voz de su tío.
No supo si fue el frío o el ardor de la quemadura en la punta de los dedos lo que lo despertó. La habitación estaba helada, ya debían ser como las tres de la tarde. Apagó el aire acondicionado, limpió los restos de cenizas y abrió la ventana. Sonó el interno; Marisa le preguntaba si le pasaba la llamada de un tal Aguirre, de un diario de la provincia de Santa Fe. “Pásemelo, y traiga un café doble”.
Mientras acomodaba los papeles del escritorio, con el teléfono atrapado entre oído y hombro, corroboró que en el aire no quedara ningún vestigio. Sintió un malestar en el estómago; la angustia suele expresarse físicamente.
4/19/2008
LUPE; amor a primera lectura
Fue un chiste. Un breve comentario en respuesta a un post que arremetía contra el amor a primera vista. Una opinión rápida en el blog. Sin embargo, esa efímera marca en el post de la blogger desató el recuerdo de Guadalupe, la gallega, que habiendo estado sumergida en un olvido culposo emergió a la superficie como un cachetazo.
Es curioso como trabaja nuestra cabecita; cuando uno cree que puede lanzar las palabras así porque sí, sin consecuencias, generalmente, se está equivocando. ¿Hay azar; abandono, o destino? ¿Es cierto que el universo no es caos sino una articulada red de nexos de la cual solo percibimos una mezquina muestra gratis? Y en ese somos lo que leemos, o somos lo que escribimos ¿cómo se teje este universo?: con entradas y salidas de esa malla sin espacio ni tiempo.
Hace unos cuantos años trabajé en una empresa estatal y entre mis compañeros había uno con quien, por sensibilidad artística, llegamos a ser amigos. Pablo decidió un día de esos malos muy malos que solemos tener en Argentina cada dos por tres —o mejor: cada tres por dos—, alcanzar mejor suerte en España. Solicitó el beneficio de una licencia sin goce de sueldo por tres meses, y partió con su Pentax 1000 y un amigo fotógrafo. Su primer destino era Palmas de Mallorca.
Tres meses después se reincorporó al trabajo, pero era otra persona. Había vuelto para ultimar detalles, dijo. Tenía que arreglar algunas cuestiones de negocios que compartía con un hermano y un primo. Su idea era vender todo lo que tenía y volverse a la península, había conocido a una muchacha a la que le prometió regresar. A pesar de que no era una persona de enamoramientos repentinos, ni de relaciones duraderas con las mujeres, le creí. A fuerza de su propio entusiasmo, le creí.
Conocí a Guadalupe en unas logradas fotos en blanco y negro, fiel al estilo de Pablo, que odiaba las fotos en colores. El impacto de la imagen es muy fuerte, y uno llega a
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entender ese mito del enamoramiento a primera vista. Guadalupe era una chica que había salido de la adolescencia y transmitía toda la belleza y la frescura que se puede transmitir a los veinte años. Rotunda cabellera que enmarcaba un rostro con una leve tendencia a la cuadratura; frente despejada y grandes ojos, mirada de lago transparente; boca larga, acostumbrada a la sonrisa franca.
Pablo fue reconstruyendo, en nuestros interminables viajes al interior de la provincia de Santa Fe, el derrotero de su estadía en España; cómo la conoció, los lugares por donde encaminaron sus pasos antes de llegar a una ciudad cerca de Barcelona, —donde pasó los últimos días antes de volverse al país— en casa de sus padres. A la semana llegó la primera carta, que Pablo leyó y releyó mientras trataba de acelerar los trámites de la venta del auto y esperaba la cancelación de un préstamo que había hecho a su primo. Me fue leyendo fragmentos, hasta que finalmente me dio la carta para que la leyera completa. Nunca había pasado por algo así; acceder, sin más, a la intimidad de una escritura dirigida a otro. Al principio me ganó la incomodidad, una repentina vergüenza hacía que demorara en zambullirme en la lectura, pero mi amigo insistía de tal manera que temí que tomase como un desaire mi inicial negativa; Guadalupe era su orgullo personal.
Si dije que el impacto de una imagen es muy fuerte, no tienen idea de lo que me provocó recorrer esa grafía azul, esas palabras, una tras otras, en perfecto dibujo, con una leve inclinación hacia delante. A esa edad ya había intercambiado cartas con unas cuantas amigas, y sabía qué podía esperar de una epístola amorosa. En realidad, casi todas se parecen, pegoteadas y perfumadas, llenas de signos que pretenden transmitir o exagerar expresiones; sentimientos; ahogos; deseos. Había una diferencia desde el inicio en la carta de Guadalupe; el texto estaba formulado desde otro lugar, no abordaba la cuestión sentimental directamente. Unos cuantos rodeos narrativos bien construidos; descripciones precisas de los días posteriores a la partida de Pablo, las actividades cotidianas y el color que le imprimía un estado de ánimo entre la pérdida y la espera. No había amontonamiento; el orden de la narración y de los argumentos era tan preciso como cada palabra redondeada por la lapicera fuente. La impresión que me causó fue que escribía tan naturalmente como (yo sospechaba) se reía o caminaba por entre las viñas del Penedès.
Pronto llegó la segunda carta, y Pablo aún no había respondido a la primera. La historia volvía a repetirse: me leía algunos fragmentos y trataba de proporcionarme el contexto necesario para que yo me hiciese una idea más precisa. Finalmente me entregó el papel para que lo leyera. Con un poco más de confianza, casi como un hábito, recorrí el derrotero de la letra de Guadalupe que, al final, se animaba a preguntarle por qué no le había respondido. Creo que un grafólogo hubiese registrado esa casi imperceptible claudicación gráfica de la última frase y hubiese interpretado una primera angustia. Una a que se aplastaba más de lo normal, una l que se caía demasiado hacia la derecha, la falta del punto final, apenas estas imperfecciones delataban que la carta fue escrita solo para poder expresar esa último interrogante.
Le pregunté por qué no había contestado. Luego de algunas excusas insostenibles, terminó pidiéndome que le ayudase a contestar. La escritura de Guadalupe lo intimidaba; una cosa era ella y otra cómo escribía. Pablo estaba al tanto de mi vocación inicial de escritor, creyó que podría ayudarle en algo que él no manejaba tan diestramente como ella.
–No– dije – no escribiré la respuesta que solo vos debés dar.
Lo orienté, eso sí, en cómo estructurarla; le di algunas ideas, revisé el resultado final, corregí algunos errores ortográficos, transcribí el manuscrito a un procesador de textos, y eso fue todo.
El diálogo epistolar se fue sucediendo; ella escribía con su maravillosa letra, desgranaba en cada carta la compleja amplitud de su persona y él contestaba escuetamente las impresiones del procesador. Generalmente salíamos por la mañana, pasábamos por el correo a revisar su casilla postal, si eventualmente nos esperaba una carta la leíamos y releíamos durante el trayecto hacia el lugar a donde debíamos ir ese día. De a poco comenzó a transformarse más en una espera mía que en una de Pablo.
Los costos postales a España eran elevados, y el tiempo que transcurría entre una y otra carta no eran acordes a la ansiedad de los enamorados por lo que, frecuentemente, la comunicación comenzó a transitar por el incipiente correo electrónico. No obstante, para Guadalupe esto no era más que un sucedáneo: no dejaba de enviar su semanal carta manuscrita detallando todo lo que había vivido durante los últimos días, y opinando sobre esos mismos acontecimientos.
En una ocasión, Pablo retiró su correspondencia y, mientras abría otros sobres personales, me extendió la carta cerrada aún de la gallega –como le decíamos– para que la fuese leyendo. Noté que me temblaba el pulso mientras desdoblaba esas hojas crujientes y las manos se me humedecían a medida que recorría con gula desconocida cada una de las frases que aparecían ante mis ojos. Ese día le pedí a mi amigo que no me diese más a leer sus cartas. Me miró extrañado y no sé cómo pude esconder el rubor que me crecía desde el vientre. Argüí que no me parecía adecuado que yo estuviese metido permanentemente en su intimidad. No sé si lo creyó. Lo cierto es que dejó de hacerlo y solo se limitó a contarme, cuando recibía correspondencia, algunos aspectos de la misma.
De a poco Pablo fue sucumbiendo a su vida habitual, tuvo oportunidad de vender su automóvil pero le pareció que no hacía buen negocio y postergó la venta con el fin de obtener un mejor valor. Volvió a sus salidas habituales, a recorrer la noche con sus amigos de siempre. El ímpetu que tenía al principio fue mermando y noté que su proyecto de volverse a España declinaba día tras día. Las cartas seguían llegando, pero ya casi no las respondía, o se limitaba a unas pocas palabras por e-mail.
Un día me dijo que quizá le convenía esperar un año antes de volver, que se le había presentado una oportunidad de hacer un par de negocios que le redituarían buen dinero en poco tiempo; que eso le permitiría llevar mayor capital e instalarse más cómodamente en España.
Comencé a acuciarlo para que respondiese a las cartas de Guadalupe; que la mina, me parecía, no era para perderla; que si había estado tan bien con ella no aflojara ahora.
Finalmente comenzó a salir con una amiga de su primo y me confesó que no sabía cómo cortar con Guadalupe sin dañarla, y reafirmar la convención europea de que el argentino es un charlatán, un ilusionista canalla. En realidad lo último lo agregué yo, a Pablo poco le importaba lo que pensaran de los argentinos.
Insistí en si estaba seguro de lo que decía. Le recordé letra por letra, palabra por palabra, lo que me había vertido cuando volvió, pero el fuego estaba extinto, y no le parecía que ella debiera seguir en esa espera, que no lo merecía, pero tampoco encontraba el modo de decírselo. Me entregó su última carta por si quería leerla. La leí con la avidez del adicto. El texto de Guadalupe ya tenía algo de impersonal, como si presintiera la ruptura y entonces no se jugara por entera. Me dolió la neutralidad, como si estuviese dirigida a mí. Aún así, seguía trasluciendo a una mujer esplendorosa.
Cuando finalmente tuve el convencimiento de que mi amigo hablaba en serio (lo hice muy rápidamente), me ofrecí a hacerle el servicio; a ir cortando por él la relación, del mejor modo posible, si me autorizaba a utilizar su cuenta de correos para escribirle yo a la gallega. Me miró de reojo, con un esbozo de sonrisa torcida, como si todo el tiempo hubiese estado leyendo mis más ocultos sentimientos, y me dio su aprobación.
Me planté delante de la destartalada PC, la miré fijo (como ahora que no encuentro las palabras adecuadas) y volví a cerrar el correo sin animarme a nada. Me levanté, fui al baño, refregué mi cara con el agua fría y volví al escritorio. En el trayecto desde el baño ensayé mentalmente un par de introducciones. Me costaron sangre las primeras dos frases, y luego fui soltándome y soltándome hasta olvidarme del mundo. Cuando reaccioné había escrito lo que serían unas tres carillas de una A4. Fui poniendo en el campo del destinatario, letra por letra, lentamente, la dirección del e-mail de Guadalupe. Estuve a punto de cancelar y borrar todo, pero no lo hice: pulsé enviar, y apagué la máquina. Cuando salí a la calle, pesaba veinte kilos menos, y llevaba una calma que podría equipararse a la felicidad, pero sabía que no lo era. Me senté en la mesa de un bar a la calle y pedí una cerveza, me levanté a la hora de cenar; ya en el departamento me duché y me fui a la cama con un libro del cual no pude leer ni una sola página. Me dormí con el ronroneo del ventilador.
Al día siguiente, en cuanto tuve un momento libre, consulté el correo de Pablo, había un mensaje, una respuesta en la bandeja de entrada. El mundillo de la oficina rechinaba, pero una burbuja me protegía contra todos los males de este mundo. Estuve paralizado unos cuantos minutos, mirando el blanco de la pantalla como un catatónico, hasta que me animé a abrir el archivo. El mensaje era breve, lo recuerdo bien, decía algo así como:
“Dicen que todos los gatos son pardos en la oscuridad. Siempre dudé de esta sentencia absurda. Si fuese así, no podría darme cuenta si el que me besa en la noche es mi hombre, sin embargo aún ciega podría diferenciar el grado de salobridad de los labios y la morosidad y textura de la lengua de Pablo. No sé que lamentable desliz ocurrió aquí, ni quiero imaginarlo porque la intuición del error se transformaría en horror. De algo estoy segura: no eres Pablo. Y si él tiene alguna responsabilidad en esto, no creo merecerlo. Lamentable.”
Sentí ganas de morirme. Como si la tuviese sentada adelante, con los ojos llorosos pero duros en su dignidad, mirándome, dejando que me cayese al abismo en esa mirada que no juzga, sólo pregunta. Miré hacia ambos lados, para ver si alguien se había percatado de mi turbación, pero el mundo es impermeable a estas emociones. Por suerte Pablo estaba en otro sector y no lo vería hasta el día siguiente. No me hubiese atrevido a contarle. Quería estar solo, mordiéndome la lengua como si en lugar de escribir hubiese hablado y hubiese dicho las palabras que no debía.
Borré el mensaje, y evité todo contacto humano durante el resto del día. Era viernes, eso me daba un par de días para ahogarme en mi duelo personal. El lunes no estaba mejor, seguía pesándome la culpa como la vez que rompí un objeto muy querido por mi madre y me las ingenié para que culparan a mi hermana.
El martes me animé a redactar un par de líneas en las que decía algo así como que no culpara a Pablo, que había sido un abuso de confianza de mi parte, que mi nombre era Jorge y que me sentía espantosamente mal. Insistí con una endeble disculpa. La escribí desde mi cuenta de e-mail.
En los días que siguieron, consulté la casilla como un poseso, pero no recibí respuesta alguna.
Una semana después, luego de leer y releer su última carta hasta desdibujar las palabras, y de intentar por todos los medios de aceptar que lo nuestro no tenía siquiera un principio; que, en todo caso, había comenzado con el final, intenté redactar mi primer envío postal. Fue a principios de marzo. Al trabajo le sumé las horas de cátedra en la facultad y el tiempo que me demandaban algunos amores fugaces, sin embargo, al final de cada jornada, cansado y vacío, volvía sobre las hojas borroneadas, tachadas y corregidas mil veces. A la luz extenuada de una lámpara buscaba con mi torpe grafía establecer un lazo argumentativo que me colocara de pie ante Guadalupe, y hasta con un toque de dignidad.
Llegó el mes de julio; una noche en la que la desesperación, el hastío y el humo me pusieron frente a un espejo real, rompí esos inútiles papeles acopiados que nunca cruzarían el mar. Rendí dos prácticos en la facultad que ya tenía preparados y me tomé un par de semanas de licencia en el trabajo. Subí a un colectivo que me llevó al pié de la cordillera. Me esperaba un amigo mendocino. Juntos recorrimos los casi trescientos kilómetros hasta el Cañón del Atuel, donde él tenía una modesta cabaña. Nada mejor que la naturaleza y la charla sincera de un amigo para cerrar heridas. El paisaje frío se fue metiendo cálidamente en mi espíritu, los nervios de la indiferencia selectiva parecían recobrar su vieja frescura. Solo quedaba volver.
En la soledad del regreso, quizá como una respuesta de la noche cerrada que retrocedía velozmente detrás de la ventanilla, volví a pensar en la gallega y en un par de segundos pasaron ante mí, en puro estado crítico, los últimos meses de mi vida. Tuve dos certezas: la conciencia lúcida y tranquila de la vergüenza, y la decisión de acercarme a esa lejana muchacha de la cual, casi inexplicablemente, estaba enamorado.
Esta vez no me enredé en tontos juegos de excusas y artilugios que hablaran de mí. Me limité a redactar los recientes días en el Cañón. Sería el paisaje o la escritura quienes realmente hablasen de mí. Después de todo, conocí a Lupe no tanto por lo que escribía de sí como por lo que simplemente escribía.
Era el Atuel, que corría encajonado, rápido, entre la pared rojiza y amarilla, a la sombra de esas esculturas que el viento supo tallar, quien se expresaba en esas palabras que cruzarían, esta vez sí, el océano con un destino de mujer.
Nada de correo electrónico; describí prolijamente mi itinerario reciente, doblé las hojas escritas y las metí en un sobre de manila y anoté la dirección de Guadalupe.
Una semana después, la noche me sorprendió garabateando sobre el papel una calleja oscura de Rosario por la que yo subía, solo, mientras unos gatos anónimos se escabullían entre las sombras. Al llegar a una esquina, desde un bar apenas anunciado me llegaban los acordes de un blues que se codeaba con un tango. Nunca me gustó el tango, pero algunas veces una nota me llega hasta lo más profundo. Allí me detengo y me dejo llevar por esa llaga que me dice del paso implacable del tiempo sobre la belleza humana. Después, con un gesto, me sacudo la nostalgia que se me ha pegado y me pregunto cómo me afectaría esa música casi aborrecida, que sin embargo es naturaleza, si yo viviese en otro país, lejos de estas calles con su empedrado de escamas relucientes, sus escenarios vacíos y llenos de magia, las mesas de amigos perdidos en la madrugada entre risas explosivas y confesiones melancólicas. En el bar me esperaban los bebedores de siempre, los enamorados de las historias de asesinos canallas; de mujeres de piernas largas y caderas sinuosas como un lugar común, mujeres de miradas líquidas; comentadores de versos de poetas inexistentes de tan desconocidos. Conversaciones que, luego, en la soledad de mi departamento reñían con la hoja en blanco que se entregaba de a poco, se desvestía mansamente, no ya incitada por la música sino por la letra que se apilaba y desgranaba.
A la semana siguiente, el sobre se llevó a España un camino de tierra en medio del campo, los juegos tempranos de la mañana que reverberaba en la laguna donde las vacas hundían sus pezuñas y el hornero amasaba el barro para su nido, el polvo que levantaba la camioneta y entraba por la ventanilla junto con el frescor. El pequeño pueblo, que se insinuaba en los bordes, con algunas casas derruidas al costado del sembradío de maíz, las paredes de ladrillo carcomido por los años y ganadas por el palán palán, el techo ya sin chapas pero con algunos tirantes de palo que aún resistían la intemperie y conformaban el esqueleto. El local en la esquina pobre y vieja, en cuyo cartel aún se leía ‘almacén de ramos generales’ como intentando resistir al anacronismo; la plaza con los árboles grandes y frondosos y sus caminos sin pavimentar, recorrida por algunos chicos con guardapolvos blancos que llegaban tarde al colegio. En frente la iglesia con su cúpula de ladrillo a la vista y una campana fundida a principios del siglo pasado, y después, casi por el medio del pueblo, las vías oxidadas, olvidadas del paso de los monstruos de hierro y la estación, la gloriosa estación de trenes, ahora convertida en una dependencia municipal más; una calle pavimentada, signo del último intento de acompañar a una época pujante que se diluyó con la esperanza del país, autos estacionados con las ventanillas abiertas, un tractor aún en marcha. Los arbolitos prolijos, con los troncos pintados con cal; baldíos desmalezados por el picado de la tarde y del sábado; algunas casas más nuevas, de los propietarios de los campos, con diseños encargados a arquitectos, hijos que se recibieron en Rosario o en Buenos Aires pero nunca más volvieron al pueblo. A la salida hay un barrio nuevo, de unas diez casas iguales, con patios abiertos y la ropa ya tendida, blanqueándose al sol, señal de las buenas relaciones del presidente de la comuna con el gobernador. Olor a leña quemada, a panadería.
Otra semana traté de describir un altillo nocturno habitado por murciélagos y otra el color del agua del río Paraná, visto desde la barranca de San Lorenzo, con sus botes; las islas de todos pero que son de Entre Ríos; los pescadores que ya han hecho su día y acomodan sus bártulos mientras aún coletea un agonizante dorado en el fondo del bote ‘hace unos años se sacaban hasta pacuses aquí, ahora apenas algunas boguitas y unos dorados chicos, no es lo mismo, pero alcanza’. El tableteo de un motor que se acerca, o la estela de una moto de agua que cruza en diagonal y contra la corriente.
Semana a semana, todas aquellas cosas que me rodeaban, que hacían a mi vida diaria, algunas importantes y otras insignificantes, fui llevándolas a la letra y ensobrándolas con destino a España. Al principio esperé, con cierta ansiedad, una respuesta que no llegó. Quizá ya no vivía más en Vilafranca; en algunas de las cartas mencionaba viajes cortos relacionados con sus estudios. Quizá los sobres eran arrojados a la basura o rotos sin ser leídos apenas llegados. Estuve tentado de pedirle todas las otras cartas a Pablo, para buscar allí alguna señal, algo que había pasado por alto y que apuntalase la hipótesis de la mudanza. Casi desisto, pero por un acto reflejo seguí enviando los sobres periódicamente. Con el tiempo dejé de pensar en la respuesta, incluso dejé de pensar en el destino de lo que escribía y me limité a narrar, como si en lugar de escribir para ella, lo hiciese para mí. Así se escribe un libro, pensé.
Actos de mi vida que me parecían interesantes; objetos que veía en un museo o en una galería; el hallazgo de un libro en una librería de usados; el palimpsesto contra la pared en una calle cortada luego de unas elecciones municipales; la sucesión de la floración de las especies autóctonas y un apartado especial para la flora importada de Europa; una morosa clasificación de los gatos callejeros según la tersura y luminosidad de su pelaje; el registro desordenado de la intertextualidad en la literatura argentina; el recuerdo (la imagen recordada) de mi madre (su expresión entre resignada y furiosa) en la puerta de mi casa cuando volví luego de tres días de ausencia porque me fui detrás de un recital de un grupo de rock sin avisar; sensaciones (estremecimientos) de una noche de ebriedad en la que una muchacha bailó con sus pies desnudos sobre los míos y luego desapareció sin dejar mas señas que su perfume y su mirada; los viajes que hacía durante el trabajo; las primeras noches de primavera con su aroma a ozono o a flores de paraíso; una serie de notas sobre la aparición de la luna en el horizonte y hasta una teoría poética sobre su diversidad; los muebles de mi habitación; la ventana abierta (la fragilidad de la noche, el calor, el zumbido del ventilador de techo, las ambulancias que se escuchan en la madrugada, cuando el que no duerme, escribe).
En los meses que pasaron nunca recibí una respuesta. Un día dejé de escribir.
Algunas semanas después recibí la primera carta de Lupe dirigida a mí. Bueno, salvo por el destinatario del sobre, en el interior no había ninguna otra referencia a mi persona. Comenzaba narrando una mañana de domingo vista parcialmente desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Describía el deliberado olvido de la persiana a medio cerrar, la tibieza de las sábanas, el crujido de algunos huesos mientras se desperezaba, el despegue de la cama, las particularidades de su higiene bucal, el desayuno, una lúdica discusión con su madre y después el minucioso detalle de la elección de la ropa que pondría en su valija. Las vacaciones habían terminado, debía volver a estudiar. Al final, en la última oración, se coló un ‘te escribiré cuando llegue’. Increíble la fuerza de un vocablo: sentí que ella me tocaba.
La segunda llegó apenas una semana después. Un poco más extensa, todavía impersonal, aunque ya con señas de la narración firme y espontánea que le conociera de las cartas a Pablo. Relataba el viaje, describía algunas callejas; el pasillo de la casa donde compartía una habitación con otra compañera; la escalera; la vista de los techos de tejas desde la ventana de su cuarto; los adornos en las paredes; la mesa de luz; el cajón de la mesa de luz; el color de las medias que se pondría al día siguiente (estuve tentado de escribir: ‘que se pondría mañana’); un verso citado de algún poeta gálico que yo desconocía; el reflejo del sol a cierta hora de la tarde que daba sobre el espejo e iluminaba el respaldar de la cama y el mismo efecto por la noche provocado por una lámpara en la calle, lo que la obligaba, lamentablemente, a bajar la totalidad de la persiana.
Esta vez, apresurado por responder, me encontré con una inusitada timidez. No había manera de encontrar el término justo para el encabezado, y nombrarla, no podía nombrarla. Comprendí las vueltas que debe haber dado antes de escribir las líneas iniciales de su primera carta. A miles de kilómetros de distancia, separados por agua y tierra, diferidos unos días, ambos nos descubríamos cohibidos. Retomé su fórmula y comencé por hacer un inventario de los libros de mi biblioteca, los datos editoriales de aquellos volúmenes sobre los cuales me sentía particularmente orgulloso de poseerlos, cité algunos fragmentos de algún poeta surrealista que destacaba la necesidad del humor en la poesía. Pero me costaba fluir, dejarme arrastrar por la escritura hasta olvidarme de estar escribiendo. Punto y aparte.
Comencé a describir mi mano izquierda: el ancho, el largo de las uñas, la forma de los dedos, la particular arruga en las articulaciones, los accidentes geográficos de la siniestra. El índice, un poco más torcido que el de su hermana derecha, debido a un accidente cuando tenía un par de años: narré con lujo de detalles el recuerdo que tenía del accidente. Al final, cerré diciéndole, ‘te escribo con la otra’. Tenía una intuición bastante precisa de cual sería el contenido de mis próximas cartas: mi pie derecho; la rodilla izquierda, una aproximación a mi rostro. Con cada mácula, la historia detrás: así, pude contarle el origen de mi cicatriz sobre una ceja; los siete puntos en el muslo de mi pierna derecha; una herida en la cabeza disimulada por el cabello.
Pedazo a pedazo, parte a parte, fuimos rearmándonos. Para cuando llegamos a las zonas más íntimas, ella era nuevamente Lupe y yo, Jorge.
Un año de morosas caricias escriturarias, un año para narrar dos vidas y enredarlas en un complejo juego de composición. Una pequeña obrita escrita en común. El huracán de sensaciones de la primera conversación telefónica. Algunas imágenes que cruzaban el mar en uno y otro sentido. Fotos amarillas, hoy.
Sorprendió mi intempestiva gestión de una licencia especial para viajar a España. ‘Una oportunidad, argumenté’. Aún recuerdo el gesto de Pablo, semejante a una sonrisa. Se acercó antes de que me fuera y me dijo en voz baja ‘decile que me morí’.
Llegué a Vilafranca del Pènedes, en medio de una algarabía catalana y de repiques de campanas, pasado el mediodía de un 29 de agosto. La mágica ‘festa major’ iniciaba, Lupe me esperaría cerca del Ayuntamiento, en lo que las enciclopedias llaman el barrio gótico, pero un mundo de gente, de chicos, de bandas, músicos y bailarines con sus atuendos típicos aún impecables que se trasladaban de un lado a otro en medio de los festejos, impidió que nos encontráramos. Entrada la noche, cuando comenzaban los espectáculos nocturnos, entre el deslumbre y mi consternación, en una callejuela serpenteante de balcones engalanados, bajo una lluvia de fuegos artificiales y en medio del estruendo y del griterío, nos reconocimos. Nos besamos largamente, sin desesperación, como si nos conociésemos de toda la vida y por alguna circunstancia nos hubiésemos visto obligados a vivir un tiempo separados y este fuese el momento del reencuentro.
A nuestro natural estado de excitación debimos agregarle el frenesí de la fiesta. Los bailes se encadenaban, corrimos de un lado a otro, nos sumamos a las bandas espontáneas que marchaban abrazados al costado de los grallers y saltamos hasta el agotamiento al compás de su música. Aún con mi torpeza trepé por encima de acalorados desconocidos que improvisaban una de esas torres humanas que al día siguiente los grupos de castellers exhibirían orgullosos a la salida de la basílica de Santa María.
Empalmamos la noche y el día nos encontró desayunando en un barcito cerca de la Casa de la Vila. Yo estaba embriagado con su cabello, sus ojos, su larga boca, su olor. El mozo preguntaba algo en su catalán natural y luego probaba con un español cerrado pero no podíamos apartar la mirada uno de otro. El café que había traído unos minutos antes se enfriaba mientras un humillo se desvanecía en filigranas. Algún vitreaux arrojaba un tono rojizo sobre el rostro que mis dedos acariciaban morosos. No necesitábamos hablar, solo estar allí uno cerca del otro.
Después caminamos por veredas angostas, nos fuimos perdiendo por callecitas curvas hasta alejarnos del centro histórico hacia los bordes de la ciudad. Los suaves caminos que enlazan las viñas acompañaron con su silencio nuestro embelesamiento, descansamos al costado de un puente, apoyados sobre mi destartalada mochila. La tarde comenzaba a declinar, pasó una camioneta cargada de gente que se dirigía al centro, a la fiesta. Nos gritaron algo que Lupe tuvo que traducirme. El polvo que levantó se estacionó en estratos como hilachas fantasmas a un metro del suelo, después el silencio volvió a reinar. Retornamos sobre nuestros pasos; la noche del 30 volvía a estallar en la ciudad y nosotros también estallaríamos pero en un cuarto de piedra y madera, sobre una cama cuyo perfume no olvidaré jamás, ni los cánticos que nos fueron adormeciendo mientras mirábamos el techo y hablábamos aquello que nos reservamos en la escritura de nuestras cartas.
Durante una semana recorrimos las callejas y admiramos los viejos edificios de la ciudad; sus familiares perfeccionaron mis rudimentos en la cata del vino y sus amigos me tradujeron al español las obscenidades de los campesinos catalanes y las de los mercaderes musulmanes prorrumpidas en la feria de los sábados. Luego viajamos a Barcelona donde nos alojamos en una pensión rústica y ocupamos otros tantos días en deambular y amarnos hasta la extenuación. Hasta que llegó el momento de mi regreso.
Amagué una promesa, que no era una mentira puesto que yo estaba convencido, pero Lupe apoyó el dedo sobre mi boca para que no continuara (sus ojos se parecían aún más a un lago).
—No esperaré —murmuró, con esa dignidad que yo le imaginara cuando respondió al mensaje que le escribí en nombre de Pablo— Ya esperé una vez a la persona equivocada. No sé si el azar, o qué, me devolvió a la persona correcta, a la persona que logré amar aún antes de verle los ojos, aún antes de poder escribir su nombre por miedo a que se desvaneciese. La vida es así, como el mar, te lleva y te trae cosas, y muchas veces solo te deja la espuma.
Me besó, la besé, y me dejó sólo, en el aeropuerto.
El problema no es si uno cumple las promesas o no, el problema es cuándo uno las cumple. Volví a España. Volví a Vilafranca, algunos años después. La ciudad era casi la misma, un poco más grande, un poco más moderna aunque lo disimulara, un poco más producida. Me dirigí a la plaza Jaume I, y tuve nuevamente esa experiencia de descubrimiento, en los dos sentidos, el literal y el metafórico; caminé por una estrecha y oscura callejuela, que se retuerce un tramo, amurallada por casas de dos o tres plantas y de indiscretos balcones. En la esquina todavía sobrevive una vinería a la que se accede por una pequeña puerta enmarcada en piedra y bajando unos pocos escalones, piedra y madera, como el hotel de nuestra primera noche juntos. En frente, el museo en el viejo Palacio Real. Algunos adolescentes caminaban a mi lado fumando hachís. Seguí mi derrotero hasta llegar al monumento a los castellers. Allí me quedé mirando a la gente que se movía por el lugar, con el enigma de sus vidas como otra vestimenta. Ella ya no estaba en la ciudad, nadie supo indicarme dónde encontrarla, o no quisieron. Pocas veces la ausencia se me hizo tan presente. De a poco los sonidos de la ciudad comenzaron a llegarme, el bullicio, las voces, las palabras de esa otra lengua. Lo escribió en alguna de las cartas y no volvió a repetirlo, sin embargo lo recordé en su voz;
‘Jordi, no me llames gallega, soy catalana’.
3/21/2008
Matemos a Jorge
3/09/2008
Abelardo Castillo y sus cuestiones de estilo
Leo a Abelardo Castillo, y aún para expresar sus posiciones ante temas tan lustrados de la teoría escrituraria, no puede escaparse a la maquinaria ficcional. "Por el sendero venía avanzando un viejecillo..." ¿es una nota biográfica, o una breve fábula para poner de manifiesto una opinión? No importa mucho ¿verdad?
El texto, en Lecturas y Miradas
Novelas / Fragmentos
Mi dificultad para escribir novelas. Acabo de descubrir que sueño novelas enteras. Me desperté sabiéndolo, con toda la conciencia de una trama completa y equilibrada. La fugacidad es atroz. Me permitió asociar las otras veces que me desperté así y el viento del día se llevó el sueño, la novela, a otra parte. Ahora, con ese ojo alerta, reviso lo que he escrito y compruebo que son fragmentos aislados de esas novelas.
2/28/2008
Trazas 14
Que no entran en escena
Son los soles solitarios
Los ojos de dios
Un solo deseo
Que hace mella
En los hombros de la maravilla
Piel, pista de las yemas
De papilas enloquecidas
Del ardor
Señuelos como cuadros decantados
Como osamentas vestidas
Recuerdos de una conferencia
Donde llover está desfigurado
Hablan los sueños
Atados a una interpretación
Morir de pie
El desencanto
Hace melodía
En tu boca precavidamente roja
El diablo no respeta
Aberturas
Imagina deslices
Yo duermo arrollado
Cruzado
Y brindado
Las llagas de la escena
Sin violines
Sin miradas
Son rápidos como la obviedad
Son lucidos
Y desencajados
Frágiles famas
Incendian las pasarelas
Tu belleza mata
Tu belleza muere
Muere en mí
Adormecido y esbelto
Flaco como una guirnalda
Atornillado al color
Los francos batientes
Del alma
Que no descansa en un tango
Llueve.
Llueve desprolijamente
Con ritmo nostálgico
La música calla
Versos entreverados
Adeudados al poeta
Somnoliento y furtivo
Endemoniado mojón
Un espacio es nada
Como el mundo
Somos apenas una nube
Que descansa
Sobre otra nube
Que se vacía.
















Había intuido ya la presencia de nínfulas en el mundo, así como tenía la certeza de que brujas e íncubos habitaban la tierra cobijados por la fábula, pero desde la primera vez que la vio supo que ella era una de las princesas de una legión. Tendría unos trece, delgada, con las curvas que anunciaban su pronta complejidad, cabello castaño largo y suelto, grandes ojos casi verdes casi azules, ennoblecidos por pestañas oscurísimas e insolentes cejas. “Sentí como una descarga eléctrica cuando la vi por primera vez, la belleza y el espanto siempre me conmovieron. No sé cómo, me considero un experto en doblegar mis emociones, pero estoy seguro de que percibió lo que había provocado”. Su actitud era bastante diferente a la de su hermana. Más retraída y callada, llevaba control de todo lo que ocurría alrededor. Pasaba de estar ausente a ser una adolescente cariñosa que se subía a las rodillas del padre o del abuelo en una explosión de sonrisas y comentarios veloces, ráfagas que duraban algunos minutos. Después volvía a esa ausencia, como vuelta hacia otro mundo, pero sin perder el hilo de este.
Mariela tenía una particular afinidad con su tía, depositaria de confidencias y temores, de angustias preadolescentes, de secretos nimios. A veces las chicas viajaban a la ciudad y se quedaban el fin de semana en el departamento de Bibiana “te ponías furiosa cuando se volvían al pueblo y yo te decía lo bonita que se estaba poniendo la nena. Creo que la broma terminó por aburrirte, a tal punto que la asumiste así, como un chiste de incipiente viejo verde, mientras ella seguía poniéndose linda, y sus ojos me buscaban a la distancia. Eso me perturbaba, el hecho de que de algún modo se acercara y por el otro mantuviese la distancia”. En esos días, él volvía a su casa en la periferia y se transformaba en una visita, o en el acompañante del fin de semana, el novio de la tía. Solían pasear por el parque, deleitarse en las noches cálidas, a orillas del lago agitado por las aguas danzantes. Otras veces llevaban a las chicas al cine. En esas ocasiones, Mariela abandonaba un poco la distancia y se sentaba en la butaca a su lado. Se inclinaba hacia el costado, cruzándolo, para intercambiar alguna palabra con Bibiana, sobre la película que estaban mirando, o le hablaba a él en el oído, cuando no alcanzaba a entender algo. El aliento, la apenas perceptible variación de temperatura que provocaba su cercanía, la vibración del susurro agitando el pabellón, lo mareaban. “Y aquella vez que dejó caer una caja de chicles confitados y los buscó palpando mis rodillas en la oscuridad, creí que no podría contenerme”.
Pagó el café y subió al coche, ya estaba un poco más despabilado, el cielo no alcanzaba a abrirse. Siguió su camino, pero la máquina de las evocaciones ya estaba en marcha. Le gustaba viajar solo, con la radio posada en cualquier estación. Era como estar consigo mismo, como crear una burbuja donde dejar que su persona fluyera. Las mejores ideas se le habían ocurrido viajando; las peores también. Quiso torcer el rumbo de los pensamientos, pero volvió al pueblo, al día del festejo del Centenario. Había transcurrido el almuerzo organizado en una gigantesca carpa que lindaba con la cancha de básquet del club. En un escenario improvisado en un extremo, un grupo de música realizaba los preparativos, adolescentes y chicos fueron los primeros en amontonarse debajo. El lugar era limitado para la cantidad de gente que transitaba o se quedaba charlando, y los aprontes atraían a más personas; habría alguna entrega de premios, o algo por el estilo. Con Bibiana estaban sentados en unas gradas al costado de la pista. Desde esa altura tenían una buena perspectiva. En el lado opuesto estaban terminando de abrir unos improvisados quioscos de golosinas, helados, recuerdos del evento. Mientras una oradora, que resultó ser la directora de la única escuela del pueblo, iniciaba las actividades de la tarde gritando por el micrófono un rosario de horarios, autoridades, entregas de premios y menciones especiales. De fondo la estridencia de los instrumentos que se probaban, un bajo que hacía vibrar las chapas de los carteles, un acordeón que se esmeraba y repetía en el afinamiento, una mínima batería, hasta que la oradora anunció a la brevedad la presentación del cuarteto. “No sé no recuerdo el nombre del grupo, pongámosle los Yacansan”. No dejó de recomendar que colaborasen con la escuela comprando en los quioscos que ya ofrecían sus productos. El olor del pororó inundó el aire. Cecilia llegó corriendo por uno de los tablones de las gradas, detrás, un poco más lenta, venía su hermana. “Sugirió que compráramos algodón de azúcar, vos querías pororó dulce, y Mariela te apoyó. Me ofrecí a cruzar por la turbamulta y traerlos, Cecilia quiso acompañarme, y, cuando comenzamos a bajar, Mariela se agregó a la expedición. No había podido evitar mirarla desde la mañana, con su vestido verde agua, el cabello descuidadamente peinado, un poco recogido, para que luzcan unos aros largos que resaltaban la elegancia de su frágil cuello. Vos te quedaste esperando.” La primera canción de los Yacansan arrancó algunos gritos, y generó mayor amontonamiento.
Ella se abría paso entre la gente, saludando a uno y a otro conocido, él la seguía por detrás y dejaba el surco para que Cecilia, que se había colgado de su cintura, también avanzase. Cuando llegaron al medio de la pista la aglomeración era imposible, casi no podían moverse y a Cecilia venían empujándola algunos chicos, que hizo que el tuviese que apretarse contra la espalda de Mariela. Otra canción de los Yacansan y todos comenzaron a saltar y a moverse al ritmo de la cumbia. Sintió el cuerpo pegado al suyo y la incomodidad de evitar lo inevitable. “Nunca hablamos, y me quedé con la duda acerca de qué intuiste, qué pensaste, ahí, esperando en las gradas. Nunca lo hablamos, y no volví a acompañarte al pueblo. En ese momento, yo pensaba en vos, o quería pensar en vos, pero no podía dejar de sentir la espalda de Mariela apretada contra mí cuerpo que comenzaba a transpirar por el esfuerzo de no reaccionar, esfuerzo inútil. El cuerpo no piensa, no tiene modales, el cuerpo actúa. Creemos que la razón es su dueño, pero el verdadero amo es el deseo”
En algún momento ella se dio vuelta, como buscando otro camino por donde seguir, y quedó de frente, apretada, ahora, frente a él, mientras el vaivén de la gente los llevaba unos pasos y volvía a traerlos, pegados. Le dijo algo que no alcanzó a escuchar, entonces ella se acercó a su oído, como en el cine, y le repitió que no se podía seguir, que volvieran, pero eso tampoco era posible. El aliento, como una droga, desencadenó su excitación y sintió que la sangre le corría en dos direcciones: hacia abajo, hacia la entrepierna, buscando por dónde escurrirse e inflando algo más de él mismo que se expandía incontenible, y hacia arriba, hacia su cara que enrojecía. Y como un contagio, vio el rubor de ella, y percibió su inmediata rigidez. “¿Cuánto duró?, ¿unos segundos, unos minutos, una eternidad?, de golpe estabas pegada a mí, toda la piel era una mano que se frotaba contra el cuerpo que el vestido no podía disimular; tus piernas, tu pubis, tus pechos pequeños rozándome, tu boca al alcance de mi boca, tu cara ardida, tus ojos. Tus ojos que de golpe se nublaron por un instante y luego fueron otros, mientras tu cuerpo cedía y se apretaba contra el mío y volvías a ser la misma, pero otra. Te reías y me hablabas al oído, me acariciabas el cuello con tu voz ¿qué me decías? no recuerdo. Te moviste un poco al compás de la música, y te pegaste más aún, con deliciosa y secreta flojedad, aumentando el mareo que me embargaba, tus pechos duros ahora me laceraban y yo los dejaba escribir sobre mi piel para siempre, hasta que el tumulto comenzó a disolverse, te volviste y comenzamos a avanzar, lentamente, hacia el extremo donde vendían las golosinas”.
Dieron un rodeo por el borde de la pista para volver a las gradas donde Bibiana esperaba.
(borrador) Jorge Alberdi
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