7/31/2011

EL SUEÑO

Tengo casi cincuenta años, y hoy me desperté, a regañadientes, de un sueño voluptuoso. No soy de los que recuerdan lo soñado, salvo raras excepciones. Como en todo sueño, no podía precisar dónde estaba, ni qué hacía allí. Me encontraba sentado a una mesa con otras personas, probablemente en algún bar muy concurrido porque el ruido de las conversaciones, mezclado con el de la música, era alto y nos obligaba a inclinarnos para escucharnos. Además, todo el tiempo circulaba gente que nos rozaba o nos empujaba distraídamente. A mi lado había una muchacha muy joven, con un vestido que le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas. Un vestido que hoy no se usaría porque era de una tela estampada, muy liviana, abotonado a lo largo de la parte delantera. Yo sabía que había llegado con ella, aunque eso estaba fuera del sueño, o la vigilia borró partes del mismo, de a poco, con el avance del día, como fue diluyendo detalles, percepciones y hasta las sensaciones en la piel con las que desperté. El cabello le caía casi hasta los hombros, castaño y ondulado. Hablaba animadamente con otra de las chicas sentadas a la mesa y con el muchacho que tenía al frente.
El ruido en el lugar crecía y cada vez debíamos alzar más la voz para entendernos. En un momento la chica se apoyó en mi hombro y me habló al oído. Su voz lamiéndome aceleró la sangre y de inmediato comencé a tener una erección. A partir de allí, las otras personas, el lugar mismo, todo, pasó a ser solo un contexto lejano. Apoyé mi mano sobre la rodilla y pude sentir la tibieza y la suavidad de su piel. Ella apoyó su mano apenas sobre la mía, como un gesto de aprobación, mientras seguía hablando con su compañera. Yo la miraba. La miraba y no la oía. Contemplaba su perfil; el cabello que, a modo de delicados resortes, armonizaba con su gesticulación; las aletas de la nariz respirando, todo como en una película sin sonido. Mi mano subía lentamente hacia arriba, donde la calidez aumentaba y la piel se tornaba más delicada al tacto. Las piernas se abrieron un poco más, facilitándome la tarea de llegar hasta el fondo. Créanme que, cuando mis dedos despegaron la tela de la bombacha, una prenda leve que apenas se ajustaba al cuerpo, y se deslizaron hasta su pubis, sentí la rugosidad de los vellos, a la vez suaves y crujientes, con una sensibilidad táctil que difícilmente hoy posea.
Yo seguía mirándola. En ese momento su conversación se alteró, como si hubiese tragado saliva. Terminó la frase, se dio vuelta y me miró unos segundos antes de inclinarse para besarme. Uno de mis dedos ahora jugaba, moroso, en su interior y me transmitía una humedad deliciosamente viscosa, mientras otra humedad, la de su lengua se abría paso enloquecida en mi boca. Nos fundimos en negro para aparecer en otro lugar.
Un sillón conocido en una casa desconocida, donde me encontraba sentado, con ella encima, el vestido desabotonado y sus tetas firmes y pequeñas, ofrecidas a la batalla de las manos y la lengua como armas infalibles. En el reflejo del ventanal lateral la veía ascender y descender mientras mi boca se esmeraba en el largo recorrido desde su entrepierna hasta sus labios ansiosos. La tomé de las nalgas y la fui apoyando sobre la pija, buscando que esa herida jugosa empezase a ceder mientras mis ojos se encontraban con sus ojos marrones antes de que los cerrara con el primer gemido profundo. Muy despacio y apretadamente me fui introduciendo.
Me desperté sintiendo su guante amoroso deslizándose y latiendo aún en el pene, y el aliento sobre la cara, como un fantasma que empieza a disolverse.
Como dije, tengo casi cincuenta años, pero descubrí a uno de veinte que también me habita, y no es otro más que yo.

2 comentarios:

Verónica Rodriguez dijo...

ahhhhhh
exquisito!!!!
saludos de regreso

Anónimo dijo...

gracias amiga!