8/03/2008

MALDITOS JUEVES!!, en Córdoba

"En agosto, el ciclo de artes visuales, literatura y música "Los jueves malditos" reunirá en el edificio de La Rioja y General Paz una selección de propuestas estéticas disidentes, con un criterio de convocatoria que copia de los hormigueros la idea de un caos eficiente. Una ensalada de hermosas abominaciones culturales pondrá en escena algunos de los lados oscuros de la ciudad sin puerto. Iván Ferreyra, director de Recovecos, ideólogo del blog Un mundo sin Jorges (http:matemosajorge.blogspot.com) y autor de la novela El resentimiento, está detrás de escena, en un lugar que parece elegir para hacer que, a pesar de sus ausencias, en Córdoba pase algo."

7/25/2008

Niebla Virtual

Ya estoy desapareciendo
En los intersticios del diario
En la socavada realidad de los pixel
En la abundancia de los títulos
En el desierto del brusco despertar
En un amor sin piel

7/12/2008

NOTICIAS DEL DÍA

Otro micro choca y mueren sus pasajeros
Muchas cosas ocurren en las rutas argentinas
El Papa vuelve a anunciar que pedirá perdón
por los abusos sexuales de los sacerdotes
El Presidente pide a los intelectuales que lo apoyen
frente al conflicto del campo
Los ruralistas insisten en movilizarse
Algunos intelectuales los apoyan, virtualmente.
La izquierda, cansada de bregar por la reforma agraria
Apoya a quien sea, siempre y cuando no sea al gobierno
Una líder surgida de una provincia pobrísima, donde ya no lidera nada
salta de aquí para allá aunque los pobres
sigan siéndolo en su propia, chacoteada provincia
a la que ya no volverá porque, la verdad, la miseria le produce gastritis.
Se suceden cadenas de emails y se dicen las mismas palabras:
‘oportunidades que se pierden’. Hemos perdido tantas.
Todo el mundo dicta lecciones, mientras
máquinas monstruosas con monstruosas ruedas
se alinean a la vera del camino
Muchas cosas ocurren en las rutas
El índice de inflación indica descarnada manipulación.
Yo
recuerdo uno de los ríos que cruzan la ciudad
como otras rutas
luego de que las grandes lluvias pasaran
—¿Aumentó mucho el caudal en el verano?

Se lo puede ver claramente cuando baja
—¿Cómo cuánto aumentó?
Hasta la altura del borde donde dejan de verse,
prendidas a los yuyos, a las piedras,
bolsas de plástico, zapatillas viejas, latas y otros restos

7/01/2008

PLUS

Hace algunos años publiqué una novela corta. El original contenía una serie de notas, inéditas, a las que denominé 'PLUS'. Funcionaban como claves del relato principal y aparecían en la voz de Lucía (cuyo nombre se transformaba en Sofía a medida que el personaje evolucionaba); en la de un hombre (El), en la de otra mujer (Ella) y hasta en la del 'Autor'.
A continuación transcribo el agregado:


LUCIA/SOFIA:
Tuve una amiga en el colegio primario. Seguimos siendo compañeras en el secundario, y nuestra amistad se profundizó; nos contábamos todo, pasábamos gran parte del día juntas y llegamos a parecernos de tal manera que la gente nos confundía. Nunca sentí por ella lo que se dice una atracción sexual, o no me daba cuenta. Cuando teníamos quince años viajamos al extranjero invitadas por una tía de ella, durante casi tres meses compartimos todo: desayunábamos juntas, salíamos, por la noche nos quedábamos largas horas hablando a oscuras en la habitación, no recuerdo ningún hecho que no estuviese justificado por nuestra gran amistad, ni siquiera el hábito de bañarnos juntas. Después la vida fue alejándonos poco a poco. A los 20 años, reflexionando nostálgicamente sobre nuestra amistad, se me ocurrió que la gente, al vernos, debió pensar que éramos lesbianas.


EL:
Lo recordé algún tiempo después, y no es que lo tuviese verdaderamente olvidado, no estaba en el rincón oscuro y luminoso del inconsciente. Yo diría que lo tenía allí, opaco, desprovisto de uso, de valor (en apariencia). También creo que las veces que lo traje a la conciencia fue con otros fines, mucho antes de que mi vida cambiara radicalmente. Ahora, quizá, le doy un valor excesivo.
Yo tendría unos once o doce años y era apenas un poco más grande que el resto de la barra de amigos.
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A un costado de mi casa había una gran carpintería que pertenecía a un organismo estatal. Los obreros hacían horario corrido desde muy temprano y por la tarde invadíamos el solitario lugar que, para nosotros, era una especie de parque de diversiones gratuito y oculto. Allí nadie nos vigilaba, esa libertad convertía todos nuestros juegos en fantásticas aventuras. Con nosotros siempre estaban dos chicas del barrio: Estela vivía frente a mi casa, y era la que se encargaba de conseguir cigarrillos en un kiosco donde la madre tenía cuenta corriente; Andrea era la hermana menor del gordo y no siempre participaba de nuestros juegos. Alguna vez estuvimos solos con Estela cosa que ocasionó nuestros iniciales juegos sexuales. No recuerdo haber tenido experiencias previas, pero ella algo sabía porque había intentado con un primo que vivía en el campo. Nos desnudábamos sobre unas tablas que tenían la apariencia de largas mesas y allí nos prodigábamos todo tipo de caricias y besos. Recuerdo que lo que más le gustaba era agarrarme con toda su mano el pene (por ese tiempo yo había descubierto su prodigiosa variabilidad) y apretarlo hasta que las venas se hincharan y latieran, y la cabeza se tornara de un morado azulino. Fracasando en la penetración nos conformábamos con una refriega que nos ponía la piel al rojo vivo. Sus pechos eran apenas dos botones incipientes y oscuros que se ponían durísimos e inquietos cuando les pasaba mi lengua y los llenaba de cosquillas.
Un día vino también Andrea y Estela quiso mostrarle nuestros juegos, saqué mi juguete que antes de salir ya se había puesto duro y grande,
cosa que de inmediato la asustó. Estela insistió y logró que Andrea se bajase la bombacha, pero fue necesario que primero se la sacase ella. Andrea no tenía el mismo desarrollo que Estela y el pubis apenas si dejaba ver la sombra de un vello rubio y transparente. Después hizo que me lo agarrara. Por un momento sentí las cuatro manos sobre él. Estela me besó como para mostrarle cómo debía hacerlo, Andrea tenía los labios fríos y rígidos y no permitía que yo le metiese la lengua, mientras tanto sus manos apretaban mi juguete ayudadas por la mano de la otra. El miedo (y un poco la timidez) comenzaba a desaparecer, pero aún se la veía medio dura parada ahí, con la bombacha arrugada a la altura de las rodillas, cosa que entorpecía sus movimientos y la hacía algo ridícula. Yo me había reclinado en una pared y quería que se apoyase, pero mi juguete la daba miedo, decía que eso le dolería, Estela le decía que no, que era lindo, que daba como una cosquilla, y le mostraba cómo lo hacía ella, después la tomaba del brazo y la arrastraba contra mi cuerpo. Cuando comenzamos a refregarnos con confianza dijo que sí, que quería probar. Entonces fuimos hasta donde estaba la mesa y le enseñamos cómo debía ponerse. A mí, en ese momento, me daba un poco de miedo porque me parecía que, al ser más chica que Estela, realmente le podía llegar a doler. En ese momento oímos la voz del hermano que venía a buscarla, alcanzamos a vestirnos a tiempo, pero el gordo sospechó algo y se la llevó de mal humor (desde ese día, siempre que él se iba se llevaba a su hermana).
Nos quedamos un rato más, solos; volvimos a desvestirnos y seguimos jugando, en un momento sentí como que una barrera cedía, y Estela gritó.


ELLA:
Mi tía tenía sólo dos años más que yo, fue ella quien me enseñó todas las cosas de la vida. No sé si supo la importancia que su imagen tuvo para mí. Recuerdo que su risa, o mejor: un gesto a medio camino entre la risa y la carcajada, lograba extasiarme. Era el prototipo de la belleza y la desenvoltura, a su lado yo era una chica torpe y tímida. Los fines de semana generalmente los pasaba en casa y lograba convertirme en su sombra. Dormíamos en la misma cama ya que no había otra, aprovechábamos esa ocasión para contarnos todo aquello que no debían escuchar los mayores, aunque debo reconocer que la que abundaba en secretos era ella que, durante la semana, se veía con un muchacho de un curso superior. Me contaba todo lo que hacía con él, y como yo no había tenido experiencias con ningún varón, trataba de hacerme sentir lo que ella sentía cuando la besaban, o acariciaban. Murió muy joven de una enfermedad desconocida, fue toda una conmoción para la familia, pero para mí fue terrible. Su ausencia se potenció y tardé mucho tiempo en acomodarme a esta soledad; sobreviví, y creí que podría prescindir de su estrella. Después ocurrió lo que ocurrió en casa y decidí que no debía soportarlo, y escapé.


AUTOR:
* El conocimiento sobre uno mismo comienza por el autoerotismo. Toda extensión erótica posterior es una mirada sobre los demás, una búsqueda, una manera de conocer, mirada que nos devuelve a nosotros. En ‘Memorias de Adriano’, de M. Youcenar, encontré reflexiones que apuntalan estas ideas, estas intuiciones. En la Biblia hay expresiones tales como fulana no había conocido hombre; todos sabemos a qué refiere ese ‘no había conocido hombre’, pero ¿qué significa?
* Recuerdo siempre una escena que vi hace años en la película ‘El Ansia’, no sé qué me provocaría si la viese ahora. Dos mujeres, la imagen trata de dar cuenta de lo que siente una de ellas (la víctima) y lo que verdaderamente ocurre; se besan, se acarician entre velos (posiblemente mi recuerdo no coincida puntualmente con el filme), una muerde a la otra. Un plano me dio la impresión de una dulzura, una ternura sin límites, el otro ahondaba en la morbosidad, tal vez el contraste fijó esa imagen para siempre.
* Un texto, un viejo borrador de un relato de ciencia ficción que intenté hace unos años, ‘Beatriz Llueve’ (larga historia la de las Beatrices en la literatura de Occidente). Se anunciaba el advenimiento de computadores de gran poder basados en algo que los especialistas llamaban memoria líquida. Imaginé, entonces, un apocalíptico mundo de posguerra con largas peregrinaciones de sobrevivientes en busca de agua. Mi personaje, una especie de vagabundo, encuentra, alborozado, una laguna y se baña en ella. La pequeña laguna era una mujer artificial que se enamora de su bañista, lo excita hasta que es descubierta. Él evita lo imposible de tal relación, se va, pero su deambular es sorprendido por una lluvia (al igual que el hallazgo de la laguna, esto es algo fuera de lo común dentro de la lógica del mundo en que le toca sobrevivir), el caminante piensa si acaso esa lluvia no se llamará Beatriz.
* Si Lolita, de Nabokov, además de deleitarme, me hizo pensar en las enormes posibilidades formales de la prosa (gran mérito del traductor que logró volcar a otra lengua parte de aquello que de antemano se considera perdido), Ada, or Ardor (traducido al castellano como Ada o el Ardor, inevitablemente traicionado el juego fónico del original) me conmovió profundamente. Si bien la obra disparadora de este relato, para ser honestos, fue una trasnochada lectura de ‘Lo Imposible’, de Bataille, ahora creo que la potencia de Ada... merodeaba.
* El personaje novelesco... Luego del estereotipo, el personaje de la novela era aquel que en base a los distintos acontecimientos evolucionaba. Es decir, la fábula imponía los cambios en su carácter. Más adelante el realismo lo puso en su clase, lo dotó de un habla que lo diferenciaba, lo marcaba y nuevamente lo metía en el corsé del estereotipo (el propio Borges dijo alguna vez que le dieran una manera de hablar y ya tendría un personaje). Particularmente creo que diariamente adaptamos nuestro discurso a las situaciones, a los lugares y en relación a nuestro interlocutor. Llevado a la literatura (que siempre persigue lo real, aunque no lo alcance) el personaje se define siempre en relación a otro, y alcanza todo su relieve respecto de un tercero.
* No quería escribir versos
No quería escribir prosa
Escribí...

6/16/2008

MIL MUJERES

Quizá tuve la decencia de no comentarle nada, no lo recuerdo, no siento que haya sido claro y sin embargo, conociéndome, debo haber oscilado entre el deseo arrebatador de vengarme y la impiadosa frialdad de callar la boca como si esa ética íntima fuese otro dardo, mucho más sutil, mucho más eficaz. Ella se fue, como dije, espero, creyendo en mi derrota, y yo debo haber volcado algunas lágrimas de cocodrilo para luego encerrarme en la bohardilla y precalentar mis dedos hasta dejar que la poesía fluyese libremente mientras que por la ventana las imágenes de una ciudad que se muere lentamente me distraían, o distraían las otras imágenes, aquellas en donde la piel sedosa caía por las curvas de su cadera mientras mis manos obtenían todo su placer y mi boca escribía una oda monumental al amor. Quizá el amor no sea el amor mítico sino apenas lo que queda luego del deseo, y en esos momentos evocados yo no la amaba, solo la deseaba.

Los ciclos de la abstinencia me traerían de nuevo a las lluvias de verano, y los senderos de las galerías de cuadros muertos me permitirían encontrar otro refugio para el ardor, una voz cascada antes de estallar bajo este desconocido, ahogada en los propios cabellos que rodean el frágil cuello y el aliento que sube hasta el techo y allí anida una mancha de humedad que luego indagaremos buscando símiles como cuando los niños se reúnen en un rincón del patio y se sientan a imaginar debajo de las nubes.

Lo cierto es que las palabras volvían sobre sí cuando ya te habías ido, triunfante, con tus cosas subidas a un taxi hacia la estación de trenes que te llevaría vaya uno a saber dónde, pero lejos, lejos de aquí, de estos cuartos secos, de esta inmensidad que es la locura, de este amor que es el orden mortal al deseo, su astringencia, su esbeltez equilibrada, lejos de este lugar donde yo tejía los más crueles versos en los que te reconocerías algún día y reconocerías, también, la dura verdad, en ese acercamiento de miradas, humedades e imágenes de manos, senos, siluetas contrastadas a la rigidez de las líneas estrictas y cabelleras como colores tiene el arco iris, como fraguas pueda engendrar el brío, la desesperada búsqueda de otra dermis en la cual envolverme hasta fusionarme.

Morir embanderado en los ojos de mil mujeres, acunado en los pliegues siempre cálidos y diferentes del devenir. Morir ahíto sin doblegarme a otra moral que no sea acariciar la aspereza de la novedad sin dejar de homenajear el roce pasado.
Ese, mi único destino y anhelo.

6/12/2008

¿Podremos cambiar?

Uno tiene la permanente sensación de que todo se está yendo a la mierda siempre, quizá este didáctico video sobre la historia de las cosas (la historia del consumo, digamos) nos lo confirme. Son veinte minutos que valen la pena (sí, la pena).

6/07/2008

LAS SÁBANAS AJADAS

Los ojos me devuelven al estiércol de la matina, al estéril tapiz de la mañana doblada por la neblina. Como ánimas las manos animan el fuego en torno al cual los monjes de la intemperie y los perros se calientan y descubren el olor picante de las ramas quemadas, la efervescencia de la yerba mate, la urgencia de la garganta, el escozor del tabaco rancio y el prurito de la sarna. Los muelles desencantan su muerte, el sonar del agua que baja invisible llevando olvido y esperma tan lejos como sea posible. Después la calleja se abre para engendrar bicicletas montadas por seres desflecados y encubiertos cuyas arrugas condensan el agua que corre como por canales o surcos confundiendo sales, intercambiando lágrimas, lluvia y transpiración. El sabor del orégano descansa en el fondo de la lengua entumecida y los músculos sueñan con una balsa que se deja empujar por el mar, a la deriva, como la voz de los descabezados por las explosiones en el Líbano, pero la realidad estropeada en el hondo suceder sacude la espera inaudita, la perspectiva incompresible con fondo de humo y niebla que se aman y retuercen como una dínamo de confusión. Los dijes, las perlas y las joyas naranjas de la enredadera empalidecida que insiste con su savia entusiasta, para quebrar tanta monocromía, tanta sinuosa aspereza, tanta blanca matanza del color.

Jorge Alberdi /03/08/2006

6/01/2008

"Texto que nace para cuento no llega a novela corta por más que se estire"
(Lidia Morales dixit)

5/24/2008

SOMBRAS CHINAS

Quisiera ser
Luz elemental / Que palpita
Para amar las figuras que crea
O múltiplo del segundo
En que una cosa no es la otra
Antes de que
Finalmente
La mirada
La mate en la forma arbitraria
Del código.

5/21/2008

HORAS EXTRAS

Tal vez, a esta hora no estés, no te hayas dado la vuelta para mirar caer el sol, ni asomar la primera estrella, ni estrellarte con la mirada oscura de la ventana del cuarto de enfrente, donde estoy yo habitualmente, menos hoy.
Hoy estoy describiendo el pelaje de los gatos, y a ratos, giro la cabeza y espío por el ojo de la cerradura al cuarto vecino donde una muñeca estudia en voz alta un inglés percudido, y creo que el frío que entra por la claraboya le está afectando la garganta. Una garganta que pronuncia fonéticamente un habla sinsentido, y gime cada tanto cuando descubre que un escozor le sube por la entrepierna, y es de frío, de ninguna otra cosa. Me han dado trabajo extra; describo el pelaje de los gatos, en lugar de estar frente a la ventana de tu departamento a la hora que movés tu cabeza y agitás tus cabellos y luego te parás y me mirás desde allí y me sacás la lengua. Después cerrás la ventana y el sol cayó, el ocaso acaso ya haya sido por última vez y ni vos ni yo nos enteramos, yo por mirarte enamorado y vos por reírte de mi silencio estúpido y contemplativo. Sí, mientras yo describo los gatos de todos los continentes tal vez a esta hora estés tomando el té en otro lugar, o como yo, con alguna tarea insólita con el único fin de no mirar hoy por la ventana y encontrarme ahí cerca y distante, sin poder gritarte que te mordería los labios sin lastimarte, que dejaría que tus cabellos lacios se enreden en los pezones mientras abro tus piernas para meter mi cabeza
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entre ellas y como expresa una mala traducción española ¡comerte el coño! Y mientras alcanzás un orgasmo terrible yo te hago preguntas insólitas, o sentencio cosas del tipo ‘la literatura está movida por el sexo’. Sí ¡eso! accediste a hacer horas extras en la oficina con el único fin de no hallar mi figura que te perturba y por eso te burlas. Tu jefe ha dejado que corrijas las rimas cacofónicas que se le escapan en los memos porque alguna vez fue un poeta y la palabra siempre lo tienta y como no tiene control sobre ellas una arritmia que quedaría muy bien en cualquier otro escrito, en los memos, en las cartas documentos, en los formularios de despacho de logística, simplemente, no quedan. Y vos, que has demostrado tu pericia lingüística te encargarás ahora de ahogar la respiración automática de ese nuevo Bretón de saco y corbata, perfumado con una exquisita fragancia francesa que cuando la hueles sientes que te corre un hilillo de agua desde el valle de tus pechos amordazados por el corpiño hasta el pozo seco en el desierto luminoso de tu barriga, ella sí, expuesta a la mirada de tus otros compañeros oficinistas. Él se te acerca y te habla desde atrás, muy cerca del oído, y te hace un comentario que no alcanza a ser obsceno, y allí lo hueles, te impregnas, y ya no es solo el agüita que te corre desde los senos emponzoñados y listos para saltar y arrollar con los botones de la camisita cortita y abrir en pedazos el corpiño como si fuese una granada; es la piel, esa piel aceitada y ambarina que gustás de acariciarte cuando te bañás, o cuando te recostás en el sofá de tu departamento, recién llegada de la calle, con el pantalón abierto y apenas la cremallera baja donde deslizás tímidamente la mano hasta rozar la aspereza de la pelusa del pubis. No, ya no es ese líquido impertinente que corre como si fuera la propia sangre que se le ha dado por el cauce de tu epidérmica superficie sino esos millones de puntitos que ahora tienen vocación de cráteres diminutos, de nanovolcanes que anhelan expulsar esos vellos dorados y largos que tus amigas admiran hasta la envidia.
Pero todo pasa, como los huracanes, rápidos, vertiginosos, potentes, dejando al descubierto la destrucción de la velocidad, porque eso es una tormenta: la destrucción que ejerce la velocidad. Tu jefe se aleja a otro escritorio, y deja ese vaho de sensualidad que apenas se difumina hasta agotarse ya te está mostrando otro plano: sus redondeces, las entradas mal disimuladas en la cabeza, el traje que está gastado en los codos y el pantalón arrugado de usarlo durante una semana seguida. Pero ha bastado un segundo para enardecerte, y en ese segundo te hubieses sentado en el escritorio y lo hubieses agarrado de la corbata hasta amoratarlo, le hubieses metido la lengua entre los bigotes y con las piernas le hubieses practicado un abrazo mortal para espectáculo de tus grises compañeros. No importa que el señor tenga caspa en los hombros, aún tiene esa delicadeza de saber mirarte, de quemarte en silencio, de dejar caer el gesto iracundo y sin embargo suave, de aquel que ha tratado a otras mujeres, algunas incluso más jóvenes y más bellas.
Y todo lo hacés hoy, quizá, para no llegar a tu casa solitaria y enfrentarte con este vecino cuyo único entretenimiento es abrir la ventana para ver si estás allí a la hora pactada, para dejarse humillar por la lengua de la burla, por tu gesto despectivo. Desprecio porque no ha sabido nunca golpear a la puerta en tu peor momento y sin pedir permiso violentar esa intimidad del hastío, sonreír y sin decir ‘agua va’ desprender tu camisita arrugada de tanto inflarse y desinflarse por la urgencia de una fantasía doméstica.
Pero, si es así, perdiste una oportunidad porque hoy no estoy como siempre fisgoneándote sino en otro lugar de la ciudad, describiendo el pelaje de los gatos de Egipto, clasificando las orejas de los de Turquía (¿existe Turquía?), mientras en un cuarto contiguo una mujer estudia inglés en voz alta, creyendo que ya no hay nadie en la oficina, ensayando inflexiones hollywoodescas, gimiendo frases entrecortadas, escapando de otras obsesiones solitarias. Perdiste esa oportunidad, y perdimos el ocaso, el nacimiento de la primer estrella que en la gran urbe solo puede intuirse.
Hasta que al fin la barbie se da cuenta de que estoy allí, a un paso, en el cuarto de al lado, y como ya es tarde para avergonzarse, y es tarde para ir a cenar sola en el bar de la esquina, y es tarde también para terminar el trabajo que le había encargado su jefe, que hubiese podido cumplir si no se hubiese dedicado a frasear largas parrafadas en inglés gutural, y es tarde para huir, abre la puerta que da a mi despacho, se suelta el cabello y lo tira hacia delante, para que le caiga sobre los senos mientras desprende los botones de su blusa apretada y se sienta en el escritorio frente a mí, abre sus piernas todo lo que su falda le permite abrirlas y la fragancia de su piel casi oculta me emborracha hasta hacerme olvidar que hoy, ni vos ni yo concurrimos a la cita de todas las tardecitas.

Oxímoron

Inteligencia Militar

5/17/2008

INSTANTE

En el ahogado despliegue del día
cuando ya los muertos han muerto
en la volatilidad de un sueño
donde por un inconmensurable lapso
describieron el agónico placer de ser y no,
miro a la distancia
tratando de que la vista sea otra en su amplitud,
o el giro de la brisa
me vuelva hacia atrás
me transforme
me dé las alas que la noche colgó
y me levante por sobre el cansancio
de años y estupidez.

En ese instante que no es la pérdida
pero la vida pasa en un segundo
y se va por la alcantarilla
con sordo ruido
los soles ciegan
la calle ensordece
la ciudad abisma
cuando la nada es el horizonte
de esa mirada casi desesperada
vuelvo la cabeza
y me encamino hacia otro lado.

5/11/2008

Fugacidad; Obsolescencia y Compromiso estético

Solo un pasaje de la interesante entevista a la escritora brasileña Nélida Piñón:

(...)
–Hoy la vida decreta tu obsolescencia en muy poco tiempo. Irónicamente, nunca se vivió tanto, pero de qué vale si estamos bajo la tutela de la obsolescencia. En muy poco tiempo desaparecemos del mercado, de la vida, de la constancia, de la permanencia, de las pequeñas mínimas garantías existenciales.
–¿Esa visión fugaz influye en la literatura?
–Afecta incluso temáticamente, pero no debería afectar la calidad del texto, no deberíamos hacer un texto fugaz, voluntarista, un texto para ganar dinero. El compromiso del escritor no es hacer una obra descartable sino perenne, no importa que termine en el fondo del sótano. El autor tiene un compromiso más estético pero también ético con el texto y no puede aceptar que, por ejemplo, el mercado se convierta en un elemento de imposición estética.
(...)

5/05/2008

SOY EL ASESINO

En esta mortal melancolía bizarra que arrea el colérico sueño del verano. Ya el cuchillo hendió el muérdago de felpa y como diarrea la esperma roja dejó su rastro en la rala espesura. No hay más que rastro y la duda que ahonda cualquier herida, hasta la de la purga inverosímil de unicidad. Todos podrán escarchar el lago de la opinión, la noche está perdida y las estrellas se desfiguran. Ulular, merodear la espuma de luces, la cana que rompe la magia. Sangre sangre sangre y ritmo en la traza. No indagues más el asesino soy yo que he visto subir y bajar con mortal desparpajo la hoja la sierra la dura cuchilla de la orfandad. Restregaba y arrancaba moles y lombrices espaciales eufemismos y admirativos adverbios. No insultes a mamá que duerme la nana entre algodones de clorofila. Licor de mentas que rezonga en la garganta cortada en dos. No quiero que me nombre ante la gente, no quiero que brille el pulido objeto, no quiero que nadie cree un espacio publicitario mientras las banderolas de la acusación amordazan la libre interpretación.
Qué llagada. Que vasta ambigüedad la niña y el niño, que ocultos en el desdoblamiento encontraron mi furor tanino, mi fuente de agrio desafío.
No me mires a los ojos si quieres la verdad.
La muerte que en el callejón embellece la historia. La transida calumnia que deshueva el monstruo de múltiples cabezas. El ojo que ensarta la aguja de la poesía y la proeza. La canción que arma el argumento. El despojo que ronda la ilusión del héroe.
Qué soberano desperdicio. Ni pegando papel con papel desbroza el uno a uno el principio y el fin. Porque magia del tiempo, allí estaba, allí no estaba. Y ahora recojo la visión desde la calleja solitaria. Tumulto, hormigas en melaza, tan distantes, tan devueltas a sus hoyos, tan desdentadas de motivos.
Runrún, conversación, sonrisas y estupor.
Ahí, caminando en lo obscuro, con fino deslizarse, y delicado aroma de solitario sonriente, allí entre sombras que juegan a ensombrecerse, entre figuras que se devoran en otras, quizá devuelto a su plutónica licantropía, con un camino largo y brillante, pero curioso, el duende, la carga de los celos argásmicos, el detalle de un deseo, el micro organismo de una pasión, hecha carne y a tu nombre. Sin la costilla iniciática, sin el paraíso brindado, sin sentido ni horror, afilando su segundo estupor, niña, niño o animal. Ciego y vidente a la vez. Sordo por sobre todas las cosas, duerme el durmiente, el eterno dios, que de un parpadeo nos acaba.

Jorge Alberdi 04/2005 (republicado)

5/01/2008

TRAZAS 15

Dicen que es tan dulce
El olvido los que olvidan
El sabor salobre de las excusas.

Y tener una flor en un ojal inexistente
Robada de jardines ensombrecidos
Arrebata maravillas de dijes

No resalta ninguna caridad
El rostro en el oval retrato
Ahíto de aberturas y desvíos

La claridad de la sombra
Destroza nuestra temporalidad

Dicen que es tan equívoco
El roce de una telaraña
En la oscuridad

Pero a la caída del sol
Los papeles se queman

Sollozamos por la puerta que se ha abierto

Las ventanas y los retratos
Francos se aquietan en la remembranza

Posesos de un escozor
Anunciados y desahuciados
Por tanto albor postergado

Dicen que el aroma
Encarna aquello tan dulce
Que ha muerto en una palabra

Las sienes palpitan y la noche
Nos engulle lentamente
Las formas pierden el ritmo

¿Se puede hablar en primera persona
Cuando se está solo?

¿Damos al eco la probabilidad
Del cortejo?

Un animalito en la mudanza
En el espejismo del cristal
En la densidad del reflejo

¿Se puede hablar
Cuando se está solo?

Dicen que cuando se llega al río
La costumbre es dulce
Y el olvido la muerte

.

4/27/2008

TE VISITO

Te visito
en las sombras lo hago
y te haces el lugar
Excusa es el sueño
la pesadilla, mujer.
Sin embargo no sonríes de espanto.

Jorge Alberdi –08-2005

'Carmilla', de Sheridan Le Fanu

El célebre relato, pre 'Drácula'.
Si tuviese que designar un texto que encarnara lo que considero erotismo en la literatura, no lo dudaría, es 'Carmilla'.
Lo dejo en 'Lecturas y Miradas', para quien guste.

Sheridan Le Fanu: http://es.wikipedia.org/wiki/Sheridan_Le_Fanu

4/25/2008

ESAS RARAS ENFERMEDADES NUEVAS

Males opuestos con perjuicios semejantes. Pedro padecía hiperpenis, una rara enfermedad que hacía que su pene, erguido en toda su potencia, al entrar en contacto con la mucosa vaginal, por una indeseable reacción alérgica, acrecentase tres veces su tamaño normal, tanto a lo largo como a lo ancho. Salvo contadas, y descalificadas, excepciones, ninguna mujer toleraba semejante desmesura, por más que en el imaginario popular esto esté desmentido. Pedro estaba condenado a relaciones por vía anal o, eventualmente, al uso de doble condón, porque el más mínimo contacto desencadenaba la terrorífica inflación. Esto último le anulaba toda sensibilidad, y lo primero lo hundía en un mar de culpas; es que Pedro era un hombre muy religioso, con lo cual, en ninguno de los casos lograba una verdadera satisfacción. Pablo, en las antípodas, sufría de hipopenis. Caprichosa afección que hacía que su miembro viril, literalmente, se arrugase y escondiese por completo apenas lo acercara al flujo vaginal. Le quedaban las mismas alternativas que a Pedro, pero qué mujer que se precie aceptaría así, sin más, ni menos, tan mezquino intercambio. Pedro y Pablo se conocieron en lo del médico, mejor dicho, en la sala de espera de un consultorio. Entablaron conversación porque ambos mataban la espera coincidiendo en la lectura de un trópico de Henry Miller. Solían encontrarse y tomar algunas copas juntos. A pesar de esto, ninguno había confiado al otro el motivo de su concurrencia al especialista y las horas se les pasaban, entre brindis y brindis, en medio de relatos de lujuriosas hazañas. Por las noches, cada cual en su cama, con un estremecimiento, recibía complaciente la visita de Onán.

4/24/2008

VAINA (S)

Te pega en la ancha banda del asfalto. Cuando llueve como escamas de pez, cuando brilla por los faros raros de soles movedizos. Al cruzar la estridencia de luces, y en el vuelco de un reflejo, un retrovisor ojo que se intuye. Ella se sube al esmerilado rodado, y latínico cofre de encierros. Frotar la lámpara hasta hacer emerger al genio, que es humo diablo solo humo en la pampa de los sentidos. El labio que brilla y se estremece en el espejito, sabroso resto de luz rojiza, jugo de un tinto acaramelado que se desborda de la copa de cristal, pulposo como una frambuesa. El parabrisas, el resquicio de la caja de Pandora, todas se encierran. Metálicos vestidos en las noches de hambruna, metonímica escafandra para esconderse o para exponerse. Lustrosas y ajustadas, imaginadas o intuidas, en el gabinete oscuro, con el aire de fragancia de provocación, soñándose soñadas, sin destino o con el de la fantasía. Aroma a misterio, a distancias, a efluvios de sexo festivo. Vainas, cerraduras llaves rodantes que embriagan la ciudad. Dejan las ráfagas de las miradas, o el desinterés. Flacas, gordas, hombrunas, sedosas, rubias o teñidas, negras o marcianas, altas o bajas, atoradas en la miseria de un juego sin resolución. De refilón te juna, o te ignora, pasa de largo vuelve a casa o se raja, ronda honda en la penumbra que la oculta, en esa cáscara carnosa de sintético. Vigorosa en la estampa te espanta, pone esa lejanía de humo, con su dibujo de deslices y curvas ansiadas, gelatina textil que la desnuda como a la funda de un arma blanca. Un cigarrillo antes de lanzarse a la marcha. Luz Roja, peligro, gira la cabeza y un abismo te ilumina, un abismo azul, oleoso. Y el hambre latiendo haciendo huecos en el periplo, abandonando el cuadro. ¿Dónde? ¿Quiénes? Quienes en resuelto deambular disparan la ineficacia de hombre solo, de lobo desguarecido cansado de soplar casamatas, de lamer estampillas, de fusionar hermanas con amantes, de doblegar el esperma impertinente, de amasar el deseo y fregarlo contra los muros de las paredes, de los carteles que te anuncian inalcanzable, de retorcerlo contra el rizado venus sin brazos, contra las montañas rosadas de la cosmética, contra el picante surco húmedo. El ojo cazador acierta pero el movimiento se lleva la sonrisa de triunfo vano. El ojo sueña y lava el rostro cuya máscara de sombras no conocerás en la velocidad, vana también. El ojo muerde ese otro ojo sin edad, sin color o con el horizonte de todos los colores posibles. Ese ojo que ya te abandona, que se lanza y avanza por el éter, inútilmente, hasta desvanecerse. Pasa en un segundo, pasan en un segundo. Efímero es el talante, y efímera es la imagen, envainada, modelada en plástico, fibra y metal. Láser de olvido, fragante presa que se fue con la tecnología, con las pantallas azules de los video clips, con las películas neblinosas de la estética, con la película del lustre, con la cutícula de las medias largas y hondas de texturas y membranas de piel sin grumos. Luz Verde, chirriar, humo, aromas, intuiciones, apenas huellas de ellas. Hidrocarburo, perfume de mujer

(Envueltas. Enlatadas, como guantes de acero. Distantes siempre, ajenas al mundo. Me hundo en esa blasfemia que en vano invoca un conjuro. Ni desnudadas ni embozadas. Suaves, suaves como las faldas que se pliegan sobre la butaca suave, tersa, suntuosa como esas piernas que se abren y exhalan el perfume de la locura, con esos breves movimientos sobre los pedales. No. No hay calidez en la imaginación, no hay una nación de despojos anhelantes de deseos con nombre y apellido, de miradas que se corresponden. No hay un gesto, un tornillo, una sonrisa, una correa de distribución, un bostezo, un cilindro, un parpadeo, una bujía, un agitar de cabellos, una caja de cambios, un murmullo cadencioso, un burro de arranque. La gloria está puesta en la oscuridad. Y es en vano que cada músculo proyecte sus ganas, la cápsula se irá al quinto infierno, cuando la luz verde le dé el paso. Hidrocarburo, perfume de mujer).

4/22/2008

DIJE: COJIDAS, NO COGIDAS...

Tendría que tener algo más que la vasta gran intención, gran puta, de pasar a máquina inanimada la mala letra de mi amigo. Digo, repaso el oso raspado del lastre, lastra la pluma sobre el pelpa, informe informe de una escritura extraída y extraviada. ­Cuántas veces querido compañero hemos dado en el clavo de la clave de nuestra -previas distancias amputadas- época!! Pero en vano bala el cordero a manos del guacho que lo amarra, les diremos que dormíamos mientras celestiales críticos se ocupaban de otras figuras, otras fisuras. ¿No te harta esta paja escrituraria que insiste en sobreponer el paradigma sobre la horizontalidad de las figuradas paralelas? ¿No es para lelos precisamente este pajonal donde la cabeza rodada hiede? Miremos por el ojo de la cerradura a nuestros padres que yacen cocidos por el calor de la frazada que ahoga y envuelve como las instituciones, calentitos, calientitos, cogiditos todos de las bolas, amarraditos ellos como amarraditos los dos espuma y terciopelo y rozamelarraya. ¿impúdico y confuso, verdad? ¿Qué pensará la gente, qué confusa bagatela entretejerá un culebrón? Deslices del sentido aburrido. Leo claves de un cerrado monólogo escrito por demasiados monjes sodomitas que tejen la maraña con sus culos y sus pijas -infantilismo ligado al deseo del trencito eléctrico lejos en los escaparates-. Claves enclavadas en jardines floridos con olor a gato podrido (oh! la rima que se arrima para tentarme siempre), hueles mal pequeña emponzoñada que flaca te estirarás, y fea, pálida como un espárrago, chupada nunca cojida, obligada a someterte a las caricias de tus pares, rezongarás frente a la asamblea de Los Directrices, o ante tiernas y lustrosas adolescentes que son serán un bocado que no te pertenece. Muchacho, apelo a tu juicio fructuoso, mirá el desierto y rajate un sonoro pedo, invocación de un buen hombre a sus lejanos ancestros intelectuales, decliná un poco el pelo para que la caspa de un honorable guerrero caiga como nieve, Apollinaire presente. Muchacho no escatimes esfuerzo para que tu verso abra las piernas de las nínfulas ante ti, las que quedan, las que movidas por un deseo menos siniestro que La Gran Cámara de TV, nuevo rostro del Señor, quieran ser cojidas por el autor, sí, ese estúpido mono que se contonea con la palabra y el mirar.
Jorge Alberdi (1992)

4/20/2008

EL HUMO DE LA CALLE

No sé. Pienso que el humo de la calle nos envuelve en un manto de cultura y naturaleza difícil de separar. La gran ciudad se olvida de la diversidad en su propia multiplicidad y alguien, tal vez un hombre, espera solo el amor de su vida, tal vez una mujer, impoluto mientras su amor se descose en cada encrucijada o con juguetes gelatinosos que huelen y saben a esencia artificial de frutillas demuele los colchones de gran tamaño mientras en la tevé una murga le trae recuerdos de su amiga vestida con flores de mostacillas y tipografía anárquica que sacude la horma de sus pechos al ritmo de un tambor huérfano. En la radio nos dicen qué bebida beber y el spam de los carteles urbanos nos atiborra de imágenes lésbicas mientras los chicos de la calle ofrecen su servicio rápido y espumoso de limpiavidrios al paso mientras sus amigos fuman en un rincón meado por perros y borrachos y sueñan con ayuda porque ya solos ni soñar pueden. Una mirada que se pierde en el serpentear de las callejuelas con subidas y bajadas y en un ciber los autómatas se me parecen y todos se me parecen mientras ella entra y yo la sigo y me apoyo en una mesa recién abandonada con el tapiz pegoteado de café y mermelada y la vuelvo a seguir con la mirada que se posa en la misma pantalla donde explota el sexo sin perfume de dos niñas que parlotean mudas antes de darse un mordisco y luego sanarse con sus propias lenguas y ella mirando sabe que otros la miran pero también eso es ya naturaleza y no pasará de allí hasta que una de sus manos se hunda entre sus piernas un segundo como para contener algo que se le escapa algo que se le va mientras sube por su garganta y la tersa barbilla le tiembla apenas lo suficiente como para que yo sepa que está viva y que, quizá un hombre, la espera en otra ciudad otro mundo sin haberla conocido solo de soñarla para que otro, quizá otro hombre, aburrido de pensar hacia dónde va se ponga a escribir su historia solitaria, otra más de las tantas repetidas, y acierte en un concurso de literatura demodé y gane un premio ínfimo que lo catapulta al abismo de la fama efímera, para volver a la nada.

Pienso que cuando ella sale el humo se ha vuelto brisa, y una llovizna le moja el pelo; que en un horizonte cercano los picos de los cerros lucen blancos, pero no lo sabe aunque pueda imaginarlo y no sé si levantarme de aquí y seguirla y arrebatarle a ese otro hombre el amor de su vida y en una esquina tirarme sobre ella y convertir la historia romántica en una película de cuarta donde el amor es tan fácil como pagar la entrada a un cine. No sé si levantarme por más que ella vuelva la cara para verme como si yo también fuese una pantalla, un monitor que arroja gemidos y babeos y movimientos rítmicos como en una extraña espiral de candombe de verano, para acercarme y morderla hasta que despierte y abra los ojos y que ellos vomiten las últimas imágenes del fin de los tiempos, imágenes que de tan repetidas ahogan su diversidad.

Me quedo donde estoy, sonriendo, sonriendo estúpidamente, total, nadie me ve, nadie tropieza conmigo y soy otro que en algún lugar una historia espera hasta desdibujarse.

ESTADOS DE CONCIENCIA

“¿Desde cuándo aceptamos que nos digan qué día amar, qué día ser felices, qué día acordarnos de nuestros amigos? ¿Desde cuándo necesitamos un día específico del año para sentirnos hijos o padres? ¡Desde que el mercado, señores, el Dios Mercado, impuso su lógica, lógica de ritual, de religión! Amigos: ¡no dejemos que hasta nuestros sentimientos formen parte de un escaparate! Si no claudicamos, si no nos dejamos seriar…”
La voz de Marconi se colaba desde la galería y se iba perdiendo hacia el pasillo principal.
El hombre en el interior bajó las persianas de la ventana que daba al patio. Sin embargo, la luz del mediodía reverberaba creando una penumbra deliciosa, líneas luminosas escribían las paredes del cuarto e, invariablemente, terminaban en capullos, hojas iridiscentes. Cerró la puerta. A esa hora estaban todos en los comedores y se podía estar tranquilo, el teléfono no gritaría, su asistente, Marisa, debía estar con las enfermeras, en la cocina, seguro.
Se desparramó en el sillón detrás del escritorio y abrió el último cajón. “Ya no fumo tabaco”, repitió en voz baja, para regocijarse con su pequeña victoria, mientras liaba el porro. Encendió el aire acondicionado, no porque hiciese calor —era un día espléndido— sino para que
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no quedasen rastros del patchouli. “Patchouli”: en cuanto surgió la palabra, el aroma inconfundible, dulzón, se le hizo presente junto con el recuerdo de su madre, que no toleraba el perfume de los “jipis”. “Una manera de torturarla”, sonrió, con una breve culpa.
Encima del escritorio esperaba el informe sobre la última experiencia con ayahuasca que había supervisado la semana anterior; “Alternativas Terapéuticas: nuevas viejas prácticas”. No estaba convencido del título, aún debería darle un par de vueltas. No es lo mismo un paper para la academia que una nota de divulgación para un diario. Y en el texto ¿no estaba dando demasiado crédito al tema de los estados de conciencia ampliada? Hay un hilo muy delgado entre ser considerado innovador o loco.
Se acordó de Sergio. Le pedía el alta, pero no estaba seguro de dársela. Los resultados fueron demasiado rápidos, quizá debiera seguir el tratamiento tradicional por más tiempo, hasta lograr un dictamen certero. Algo del recuerdo lo perturbó. Tal vez fue una alucinación, pero la voz de Sergio, cuando todos entraron en trance, le llegó directa, como si hubiese ingresado por el medio del pecho abriéndose camino hasta su cerebro, o en donde quiera que el pensamiento se forme, como si fuese su misma voz. No había sido la primera vez que se establecía esa comunión en el rito de la ayahuasca. Aunque estaba muy alerta a los efectos de la sugestión, esta vez hasta alcanzó a ver las imágenes del sueño como si fuera propio. Reconoció, en el dibujo que trajo al otro día, la mantis gigante que le había hablado a Sergio en su otro estado de conciencia. Algo era cierto, el paciente ya no padecía la claustrofobia que lo acompañara desde la infancia. Él mismo se encerraba para demostrárselo a todos. Igual, no estaba seguro, podría ser una mejoría pasajera. Por más que sus seguidores lo negaran, y él mismo, la experiencia, con fines terapéuticos, no dejaba de estar provocada por una mezcla de alcaloides, y poco se sabía de los efectos secundarios. Se dice que la alteración que provoca el rito abre un canal a un estado de conciencia ampliada. Sin embargo, él tenía otra teoría: lo que se abría no era un camino a una sensibilidad mayor, sino a estados diversos de conciencia; sostenía que nuestra percepción no permite más que la experiencia de uno de ellos, eso nos impide entender que muchos de los problemas se deben a que un lazo entre un estado y otro ha quedado fijo, y en uno de los extremos el devenir no fluye, gira en torno a sí mismo, como un loop. Las implicaciones de esta versión no eran menores: otra conciencia significa otra realidad; desde el punto de vista terapéutico, y hasta filosófico, el horizonte de investigación se ampliaba impredecible. Estos lazos suelen establecerse y fijarse en algún momento de nuestra vida, merced a algún hecho crítico que logra angostar las fronteras entre una y otra realidad y que, por supuesto, no recordamos. En el rito, la conciencia personal se hace múltiple y comunitaria, todos los participantes entran en sincronía; así pueden pasar entre las diferentes capas mientras el terapeuta asume el rol de guía para ayudar al paciente a desenredar el lazo, asumirlo, resolverlo. Podría confundirse, en el psicoanálisis, con el trauma, la diferencia es que para el psicoanálisis el trauma pertenece al pasado, aquí, en cambio, se trata de estados diferentes de uno mismo, que fluyen. Borroneó, a un costado del informe, un esquema gráfico de su teoría: dos líneas paralelas que en un momento se tocan y vuelven a abrirse, una sigue y la otra, en lugar de avanzar se vuelve sobre sí.
Le dio una calada profunda a la puntita del porro que quedaba y contuvo la respiración. Desde el patio ya no llegaban voces, la siesta se establecía como un manto invisible, el barniz del sopor comenzaba a relajarlo, sentía un ardor en la punta de los dedos, era una sensación confusa; no alcanzaba a ser un dolor, se acercaba más al hormigueo, como si se le estuviesen durmiendo y las uñas se le desprendiesen. Al costado del informe había un aparato análogo a uno de esos reproductores de música portátil, un poco más grande, con un cable que terminaba en un casco con electrodos. Lo tomó entre sus manos, lo dio vuelta, luego abrió la carpeta con las especificaciones técnicas y una descripción de las pruebas realizadas con los pacientes elegidos. En un sobre anexo a la carátula había un chip de memoria y un breve listado; el número uno correspondía a Daniel Marconi, el dos a Carlos Ferreti y el tres a Jorge Barrantes. “No se privaron de nada”, pensó, en especial cuando leyó el nombre del último, el caso más complicado de la clínica.“No sé cómo me atreví a autorizar las pruebas sobre él”.
Los dos primeros no presentaban muchos problemas; Marconi tenía la fantasía del político, arengaba todo el tiempo; Ferreti hasta era divertido, vivía una fiesta permanente; Barrantes… no, con Jorge la cosa era distinta, las pesadillas lo perseguían hasta en la vigilia. Vivía aterrorizado, había que estar siempre alerta con él, la vez que las enfermeras se descuidaron hubo que buscarlo por toda la clínica hasta que lo encontraron en uno de los baños, arrinconado, con una crisis, gimiendo como un perro apaleado, tenía marcas y lastimaduras en brazos y piernas, como si se las hubiese autoinfligido, y las encías le sangraban. “Generalmente, este tipo de casos agudos provoca alguna tendencia suicida; para escapar del dolor que parecía estar atormentándolo en todo momento, Barrantes podría intentar darse muerte, pero creo que no está en condiciones de montar una idea tan compleja. Igualmente, lo controlamos durante bastante tiempo hasta estar seguros.”, les había explicado a los investigadores cuando le pidieron la autorización para la prueba de campo.
En realidad no se conocía su nombre verdadero, era un indocumentado. Lo habían traído años atrás, derivado desde otra clínica. Una de las practicantes, Georgina, se había encariñado; alguna vez tuvo un primo unos años mayor que ella, nunca supo qué fue de él, desapareció de un día para el otro, así que, en honor al inquietante parecido físico, le dio el nombre y el apellido de su primo.

Dudó en colocarse el casco. Si bien una de sus funciones en la institución era evaluar las nuevas propuestas de tratamiento, algunas, como en este caso, le exigían demasiado. ¿Si fuese peligroso? ¿Si fuese otra estafa?
La teoría no era mucho más absurda que la que sostenía las experiencias con la ayahuasca, pero reconoció que haciendo siempre lo mismo no se podía pretender resultados diferentes. Llevó el casco a la cabeza. Antes de introducirlo recordó que había visto una buena película en donde utilizaban un aparato similar, la actriz era preciosa .
Presionó el casco sobre su cabeza, introdujo la memoria en la ranura y puso en funcionamiento la máquina. Acomodó el cuerpo al sillón y se inclinó hacia atrás, estirándose. No pasó nada, salvo que por un segundo la habitación se cerró en un fundido en negro. Después, todo estaba allí. Sintió deseos de levantarse. Fue hasta la puerta y la abrió.
Dio un paso hacia fuera. Un centenar de personas lo miraban desde abajo, estaba subido a alguna tarima. La gente llevaba carteles y agitaba banderas, se escuchó hablarles, gritarles que él no era uno más, no era un político más, que confiaran, que no había llegado hasta allí para mentirles. El cielo estaba encapotado y amenazaba con caerse a pedazos. Un pequeño tumulto debajo desvió su mirada y se calló, algunas personas forcejeaban entre sí “¡Hey! —gritó de pronto —¿Acaso vamos a pelearnos entre nosotros? ¿Acaso nunca nos dedicaremos a hacer lo que hay que hacer en este país? ¿Vamos a vivir permanentemente en un presente pequeño y absurdo? ¿Nunca nos animaremos? ¿Vamos a seguir hablando de activar fábricas que al otro día se cierran sin atrevernos a fabricar un auténtico futuro? ¡Señores, somos unos cobardes, unos reverendos cobardes, nuestros hijos se mueren y nuestros abuelos también, pero seguimos tras esos fantoches inútiles como si fuésemos idólatras ciegos! ¡Si! ¡Ustedes! ¡Ustedes a los que los oídos les sangran cada vez que algunos de los pocos que nos atrevemos les gritamos la verdad!”. Debajo, el tumulto se fue transformando en una batalla. “¡Idiotas! —volvió a gritar, ya enfurecido —¿A qué han venido? ¿A qué he venido? No vine a esto, vine para que nos ayudemos…” Alguien le arrojó una piedra y le dio justo entre los ojos, alcanzó a escuchar el estallido de su cráneo antes de que la lluvia se derramase sobre la plaza y el día, o él, oscureciera vertiginosamente.

Ahora está en medio de una pista de baile. Hay luces de colores y mucho humo. Busca en derredor la banda de música, se da cuenta de que el sonido llega desde unas columnas blancas distribuidas por todo el salón, las luces de los flashes lo encandilan. Ya no está quieto, alguien lo arrastra, una mujer grande, con el rostro cargado de maquillaje donde las gotas de sudor pugnan por encontrar un lugar donde aflorar como un geiser. Es su madre, que ríe, ríe borracha. Lleva puesto un sombrero ridículo con un cuchillo de goma que lo cruza como si atravesara la cabeza, los labios pintados son una herida roja, desmesurada. Serpentinas y papeles caen creando un caos de colores y luces. Su padre —quien pareciera haber olvidado el permanente enojo con su esposa— se lleva la compañera de baile. Sabe que es feliz, aún aturdido es feliz, feliz porque esa mujer vestida toda de blanco, atrapada entre la multitud de coloridos danzantes desfigurados por la agitación y los apósitos plásticos, le sonríe. Sus ojos tienen un lazo con los de él, nada podría romperlo, es como un elástico invisible que los mantiene unidos dentro del caos de la fiesta. De pronto lo circundan aquellos que sabe son sus amigos de siempre, hacen una ronda, le gritan, se le acercan, lo empujan, retroceden. Clarisa entra en el círculo y sus amigas se suman a la ronda, la música compite con el griterío. Está radiante con su traje de novia, las mejillas sonrosadas y el peinado que comienza a soltarle algunos rulos. La abraza y la besa, vuelve a besarla mientras el círculo se cierra y se abre y él hunde la mano derecha entre el cabello y palpa la tibieza casi afiebrada de la nuca de su amada. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo. Alcanza a ver los ojos de Clarisa, que siguen unidos a los de él, mientras lo lanzan hacia el techo de reflejos, arriba, abajo, arriba, abajo, cae acolchado sobre los brazos de sus amigos, arriba, abajo, de nuevo, allí va, más alto aún, se le hace un vacío en el estómago, se acuerda de la vez que subió a la montaña rusa y vomitó, esta vez tardó más en caer “¡Más alto, más alto!”, oye que gritan todos; arriba, abajo, arriba, abajo, balanceo y el techo se cae sobre él, el techo de colores rápidos y calientes, el techo estrellado, que ahora se aleja rápidamente, y el elástico invisible se estira al límite, y se corta.

Siente que lo toman de los brazos y lo llevan al medio, lo levantan en vilo y comienzan a balancearlo, lo arrojan y cae pesadamente, con un ruido sordo, amortiguado. Le duelen las muñecas que lleva atadas con algo que le lacera la piel. Está ciego, o mejor dicho, está oscuro, y tiene la cabeza cubierta con una capucha de tela áspera, mojada. Aquello blando sobre lo que cayó es otra persona, que no se quejó: está dormida o muerta. No, muerta no, su cuerpo emana cierta tibieza. Con las manos juntas palpa el piso, la superficie es rugosa, de piedra, o de adoquines. Ahora recuerda algo, borroso, estaba cruzando la calle Entre Ríos cuando se lo llevaron. El olor de la habitación es nauseabundo, los sentidos se van poniendo en funcionamiento de a poco, de a uno por vez, el tacto, el olfato, en la boca tiene un gusto entre amargo y salobre, aunque por ahí parece dulce; le arde la lengua, se la ha mordido innumerables veces. Ensaya una palabra, para saber si es su lengua, si aún la tiene, o es meramente una sensación refleja, como cuando a uno le cortan un brazo y sin embargo sigue percibiendo un ardor en la punta de los dedos. Le sale un sonido gutural, pero es por la hinchazón, no porque le falte la lengua, de eso está seguro. Se tranquiliza. En ese lugar que está hay otros; se oyen las respiraciones esforzadas. “Es sábado o domingo”, se dice, y recuerda por qué lo dice: “El jardín de infantes. No se escuchan las risas de los chicos de la escuela de al lado, y tampoco los gritos de los otros que están en los cuartos contiguos, hoy no se trabaja. Es domingo. ¿Los chicos escucharán nuestros gritos como yo escucho los de ellos?”. Se arrastra mientras va palpando el piso y las paredes. Topa con un cuerpo frío, es uno que está muerto. ¿Quién será, el Poliya? “¡Poliya! ¡Poliya!”, susurra.
Despierta. Le cuesta respirar, la capucha de arpillera —está seguro de que es de arpillera— se le ha secado contra el rostro. Le duele todo, la boca está tan inflamada que parece que estuviera masticando una pelota de tenis. Hoy es otro día, lo sabe porque escucha los ruidos, huele el aroma del mate cocido, imagina un sol tibio que le calienta las pelotas mientras se adormece tirado en la hierba, en una plaza, en un pueblo que no reconoce. Siente que lo toman de los brazos y lo llevan. ¿Dónde? Lo arrastran, las rodillas golpean el piso; cree que por un largo pasillo.
“¡Buen día! —le saluda una voz aflautada que finge ser de mujer— ¿cómo estamos hoy? ¿Mejor? La verdad es que el pichón de abogado está haciendo quedar bien a su tío… Bueno, es un decir, porque, por lo visto, a Barrantes, lo cagaste lindo… Te salvó cuando te estábamos por dar la cana en La Plata, te sacó del país, y el pelotudo del sobrinito, ¿qué hace? Vuelve a aparecer… ¿Qué carajos hacías en Rosario, me querés decir? Tu tío es de los nuestros, ¿sabés? Es un hombre que debe cuidar su prestigio, un hombre de bien… Está aquí, ahora.”. Otra voz, impostada también, asume el rol del tío, lo saluda y le anuncia el menú del día: “Sobrino, hoy el chef nos ha preparado una interesante versión de submarino seco”. Le parece que en la habitación hay por lo menos dos personas más. Le meten una bolsa de plástico sobre la de arpillera, la respiración se le dificulta, el aire entra por debajo, por el cuello, su propia respiración comienza a condensarse, el calor le hacer arder las lastimaduras de la cara. Vuelve a escuchar las mismas preguntas: “¿Su nombre de guerra es el boga? ¿Qué relación tenía con los carpinteros con los que compartía la habitación en La Plata? ¿Por qué volvió del Uruguay? ¿Cuál era su misión en Rosario? ¿Quiénes son sus contactos allí? ¿Conoce a alguien llamado el ingeniero? ¿Su contacto en Venado Tuerto?”. Le cierran la bolsa para que no pueda respirar. La abren cuando la desesperación hace que vuelvan a sangrarle las muñecas atadas con cable. Esto lo repiten varias veces, pierde la cuenta de cuántas. Cuando ya no resiste, le sacan la camisa, lo auscultan, le toman la presión, luego le bajan los pantalones y le tiran agua fría. “Terminó por hoy”, piensa, pero no. “Vamos a ver cómo anda Jorgito para el postre”, escucha de aquel que fingió ser su tío, mientras palpa sus testículos. “A mi, los huevos, me gustan fritos, ¿y a vos?”, dice, riéndose. Lo sientan y le atan los pies a las patas de la silla, desanudan las muñecas y las vuelven a atar, esta vez a su espalda, fijas al respaldo. Hacen las preguntas de rigor y como no contesta, le meten la bolsa nuevamente en la cabeza y la cierran. Cuando ya no soporta más siente la descarga en los genitales. El cuerpo se le contrae, se retuerce, los pulmones y la cabeza le van a explotar, eso siente, si puede realmente discernirlo así. Una vez, dos, hasta que el cielo se llena de estrellas y ya no escucha gritos, ni niños jugando, ni voces impostadas, y se duerme, pero con la terrible certeza de que volverá a despertarse en el infierno.
Cuando lo hace, aún está atado. Entre todos los dolores, sobresale el del cuello, como si la cabeza, de un latigazo, hubiese estirado la columna. No escucha ruidos, debe ser de noche, ya no siente la lengua, pero alcanza a percibir la viscosidad de esa masa que se le desliza por la barbilla y alimenta el caudal del arroyo que baja por la parte externa de la garganta. Sin embargo, en la habitación, aún hay otra persona, cerca de él, puede oír su leve respiración y hasta, le parece, percibe el ardor de su mirada. Trata de enderezar la cabeza. Una voz firme y seca le dice: “Cuando cruzaste te advertí que no volvieras al país”. Reconoce, esta vez sí, con espanto, la voz de su tío.
No supo si fue el frío o el ardor de la quemadura en la punta de los dedos lo que lo despertó. La habitación estaba helada, ya debían ser como las tres de la tarde. Apagó el aire acondicionado, limpió los restos de cenizas y abrió la ventana. Sonó el interno; Marisa le preguntaba si le pasaba la llamada de un tal Aguirre, de un diario de la provincia de Santa Fe. “Pásemelo, y traiga un café doble”.
Mientras acomodaba los papeles del escritorio, con el teléfono atrapado entre oído y hombro, corroboró que en el aire no quedara ningún vestigio. Sintió un malestar en el estómago; la angustia suele expresarse físicamente.

4/19/2008

LUPE; amor a primera lectura

Fue un chiste. Un breve comentario en respuesta a un post que arremetía contra el amor a primera vista. Una opinión rápida en el blog. Sin embargo, esa efímera marca en el post de la blogger desató el recuerdo de Guadalupe, la gallega, que habiendo estado sumergida en un olvido culposo emergió a la superficie como un cachetazo.
Es curioso como trabaja nuestra cabecita; cuando uno cree que puede lanzar las palabras así porque sí, sin consecuencias, generalmente, se está equivocando. ¿Hay azar; abandono, o destino? ¿Es cierto que el universo no es caos sino una articulada red de nexos de la cual solo percibimos una mezquina muestra gratis? Y en ese somos lo que leemos, o somos lo que escribimos ¿cómo se teje este universo?: con entradas y salidas de esa malla sin espacio ni tiempo.
Hace unos cuantos años trabajé en una empresa estatal y entre mis compañeros había uno con quien, por sensibilidad artística, llegamos a ser amigos. Pablo decidió un día de esos malos muy malos que solemos tener en Argentina cada dos por tres —o mejor: cada tres por dos—, alcanzar mejor suerte en España. Solicitó el beneficio de una licencia sin goce de sueldo por tres meses, y partió con su Pentax 1000 y un amigo fotógrafo. Su primer destino era Palmas de Mallorca.
Tres meses después se reincorporó al trabajo, pero era otra persona. Había vuelto para ultimar detalles, dijo. Tenía que arreglar algunas cuestiones de negocios que compartía con un hermano y un primo. Su idea era vender todo lo que tenía y volverse a la península, había conocido a una muchacha a la que le prometió regresar. A pesar de que no era una persona de enamoramientos repentinos, ni de relaciones duraderas con las mujeres, le creí. A fuerza de su propio entusiasmo, le creí.
Conocí a Guadalupe en unas logradas fotos en blanco y negro, fiel al estilo de Pablo, que odiaba las fotos en colores. El impacto de la imagen es muy fuerte, y uno llega a
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entender ese mito del enamoramiento a primera vista. Guadalupe era una chica que había salido de la adolescencia y transmitía toda la belleza y la frescura que se puede transmitir a los veinte años. Rotunda cabellera que enmarcaba un rostro con una leve tendencia a la cuadratura; frente despejada y grandes ojos, mirada de lago transparente; boca larga, acostumbrada a la sonrisa franca.
Pablo fue reconstruyendo, en nuestros interminables viajes al interior de la provincia de Santa Fe, el derrotero de su estadía en España; cómo la conoció, los lugares por donde encaminaron sus pasos antes de llegar a una ciudad cerca de Barcelona, —donde pasó los últimos días antes de volverse al país— en casa de sus padres. A la semana llegó la primera carta, que Pablo leyó y releyó mientras trataba de acelerar los trámites de la venta del auto y esperaba la cancelación de un préstamo que había hecho a su primo. Me fue leyendo fragmentos, hasta que finalmente me dio la carta para que la leyera completa. Nunca había pasado por algo así; acceder, sin más, a la intimidad de una escritura dirigida a otro. Al principio me ganó la incomodidad, una repentina vergüenza hacía que demorara en zambullirme en la lectura, pero mi amigo insistía de tal manera que temí que tomase como un desaire mi inicial negativa; Guadalupe era su orgullo personal.
Si dije que el impacto de una imagen es muy fuerte, no tienen idea de lo que me provocó recorrer esa grafía azul, esas palabras, una tras otras, en perfecto dibujo, con una leve inclinación hacia delante. A esa edad ya había intercambiado cartas con unas cuantas amigas, y sabía qué podía esperar de una epístola amorosa. En realidad, casi todas se parecen, pegoteadas y perfumadas, llenas de signos que pretenden transmitir o exagerar expresiones; sentimientos; ahogos; deseos. Había una diferencia desde el inicio en la carta de Guadalupe; el texto estaba formulado desde otro lugar, no abordaba la cuestión sentimental directamente. Unos cuantos rodeos narrativos bien construidos; descripciones precisas de los días posteriores a la partida de Pablo, las actividades cotidianas y el color que le imprimía un estado de ánimo entre la pérdida y la espera. No había amontonamiento; el orden de la narración y de los argumentos era tan preciso como cada palabra redondeada por la lapicera fuente. La impresión que me causó fue que escribía tan naturalmente como (yo sospechaba) se reía o caminaba por entre las viñas del Penedès.
Pronto llegó la segunda carta, y Pablo aún no había respondido a la primera. La historia volvía a repetirse: me leía algunos fragmentos y trataba de proporcionarme el contexto necesario para que yo me hiciese una idea más precisa. Finalmente me entregó el papel para que lo leyera. Con un poco más de confianza, casi como un hábito, recorrí el derrotero de la letra de Guadalupe que, al final, se animaba a preguntarle por qué no le había respondido. Creo que un grafólogo hubiese registrado esa casi imperceptible claudicación gráfica de la última frase y hubiese interpretado una primera angustia. Una a que se aplastaba más de lo normal, una l que se caía demasiado hacia la derecha, la falta del punto final, apenas estas imperfecciones delataban que la carta fue escrita solo para poder expresar esa último interrogante.
Le pregunté por qué no había contestado. Luego de algunas excusas insostenibles, terminó pidiéndome que le ayudase a contestar. La escritura de Guadalupe lo intimidaba; una cosa era ella y otra cómo escribía. Pablo estaba al tanto de mi vocación inicial de escritor, creyó que podría ayudarle en algo que él no manejaba tan diestramente como ella.
–No– dije – no escribiré la respuesta que solo vos debés dar.
Lo orienté, eso sí, en cómo estructurarla; le di algunas ideas, revisé el resultado final, corregí algunos errores ortográficos, transcribí el manuscrito a un procesador de textos, y eso fue todo.
El diálogo epistolar se fue sucediendo; ella escribía con su maravillosa letra, desgranaba en cada carta la compleja amplitud de su persona y él contestaba escuetamente las impresiones del procesador. Generalmente salíamos por la mañana, pasábamos por el correo a revisar su casilla postal, si eventualmente nos esperaba una carta la leíamos y releíamos durante el trayecto hacia el lugar a donde debíamos ir ese día. De a poco comenzó a transformarse más en una espera mía que en una de Pablo.
Los costos postales a España eran elevados, y el tiempo que transcurría entre una y otra carta no eran acordes a la ansiedad de los enamorados por lo que, frecuentemente, la comunicación comenzó a transitar por el incipiente correo electrónico. No obstante, para Guadalupe esto no era más que un sucedáneo: no dejaba de enviar su semanal carta manuscrita detallando todo lo que había vivido durante los últimos días, y opinando sobre esos mismos acontecimientos.
En una ocasión, Pablo retiró su correspondencia y, mientras abría otros sobres personales, me extendió la carta cerrada aún de la gallega –como le decíamos– para que la fuese leyendo. Noté que me temblaba el pulso mientras desdoblaba esas hojas crujientes y las manos se me humedecían a medida que recorría con gula desconocida cada una de las frases que aparecían ante mis ojos. Ese día le pedí a mi amigo que no me diese más a leer sus cartas. Me miró extrañado y no sé cómo pude esconder el rubor que me crecía desde el vientre. Argüí que no me parecía adecuado que yo estuviese metido permanentemente en su intimidad. No sé si lo creyó. Lo cierto es que dejó de hacerlo y solo se limitó a contarme, cuando recibía correspondencia, algunos aspectos de la misma.
De a poco Pablo fue sucumbiendo a su vida habitual, tuvo oportunidad de vender su automóvil pero le pareció que no hacía buen negocio y postergó la venta con el fin de obtener un mejor valor. Volvió a sus salidas habituales, a recorrer la noche con sus amigos de siempre. El ímpetu que tenía al principio fue mermando y noté que su proyecto de volverse a España declinaba día tras día. Las cartas seguían llegando, pero ya casi no las respondía, o se limitaba a unas pocas palabras por e-mail.
Un día me dijo que quizá le convenía esperar un año antes de volver, que se le había presentado una oportunidad de hacer un par de negocios que le redituarían buen dinero en poco tiempo; que eso le permitiría llevar mayor capital e instalarse más cómodamente en España.
Comencé a acuciarlo para que respondiese a las cartas de Guadalupe; que la mina, me parecía, no era para perderla; que si había estado tan bien con ella no aflojara ahora.
Finalmente comenzó a salir con una amiga de su primo y me confesó que no sabía cómo cortar con Guadalupe sin dañarla, y reafirmar la convención europea de que el argentino es un charlatán, un ilusionista canalla. En realidad lo último lo agregué yo, a Pablo poco le importaba lo que pensaran de los argentinos.
Insistí en si estaba seguro de lo que decía. Le recordé letra por letra, palabra por palabra, lo que me había vertido cuando volvió, pero el fuego estaba extinto, y no le parecía que ella debiera seguir en esa espera, que no lo merecía, pero tampoco encontraba el modo de decírselo. Me entregó su última carta por si quería leerla. La leí con la avidez del adicto. El texto de Guadalupe ya tenía algo de impersonal, como si presintiera la ruptura y entonces no se jugara por entera. Me dolió la neutralidad, como si estuviese dirigida a mí. Aún así, seguía trasluciendo a una mujer esplendorosa.
Cuando finalmente tuve el convencimiento de que mi amigo hablaba en serio (lo hice muy rápidamente), me ofrecí a hacerle el servicio; a ir cortando por él la relación, del mejor modo posible, si me autorizaba a utilizar su cuenta de correos para escribirle yo a la gallega. Me miró de reojo, con un esbozo de sonrisa torcida, como si todo el tiempo hubiese estado leyendo mis más ocultos sentimientos, y me dio su aprobación.
Me planté delante de la destartalada PC, la miré fijo (como ahora que no encuentro las palabras adecuadas) y volví a cerrar el correo sin animarme a nada. Me levanté, fui al baño, refregué mi cara con el agua fría y volví al escritorio. En el trayecto desde el baño ensayé mentalmente un par de introducciones. Me costaron sangre las primeras dos frases, y luego fui soltándome y soltándome hasta olvidarme del mundo. Cuando reaccioné había escrito lo que serían unas tres carillas de una A4. Fui poniendo en el campo del destinatario, letra por letra, lentamente, la dirección del e-mail de Guadalupe. Estuve a punto de cancelar y borrar todo, pero no lo hice: pulsé enviar, y apagué la máquina. Cuando salí a la calle, pesaba veinte kilos menos, y llevaba una calma que podría equipararse a la felicidad, pero sabía que no lo era. Me senté en la mesa de un bar a la calle y pedí una cerveza, me levanté a la hora de cenar; ya en el departamento me duché y me fui a la cama con un libro del cual no pude leer ni una sola página. Me dormí con el ronroneo del ventilador.
Al día siguiente, en cuanto tuve un momento libre, consulté el correo de Pablo, había un mensaje, una respuesta en la bandeja de entrada. El mundillo de la oficina rechinaba, pero una burbuja me protegía contra todos los males de este mundo. Estuve paralizado unos cuantos minutos, mirando el blanco de la pantalla como un catatónico, hasta que me animé a abrir el archivo. El mensaje era breve, lo recuerdo bien, decía algo así como:
Dicen que todos los gatos son pardos en la oscuridad. Siempre dudé de esta sentencia absurda. Si fuese así, no podría darme cuenta si el que me besa en la noche es mi hombre, sin embargo aún ciega podría diferenciar el grado de salobridad de los labios y la morosidad y textura de la lengua de Pablo. No sé que lamentable desliz ocurrió aquí, ni quiero imaginarlo porque la intuición del error se transformaría en horror. De algo estoy segura: no eres Pablo. Y si él tiene alguna responsabilidad en esto, no creo merecerlo. Lamentable.”
Sentí ganas de morirme. Como si la tuviese sentada adelante, con los ojos llorosos pero duros en su dignidad, mirándome, dejando que me cayese al abismo en esa mirada que no juzga, sólo pregunta. Miré hacia ambos lados, para ver si alguien se había percatado de mi turbación, pero el mundo es impermeable a estas emociones. Por suerte Pablo estaba en otro sector y no lo vería hasta el día siguiente. No me hubiese atrevido a contarle. Quería estar solo, mordiéndome la lengua como si en lugar de escribir hubiese hablado y hubiese dicho las palabras que no debía.
Borré el mensaje, y evité todo contacto humano durante el resto del día. Era viernes, eso me daba un par de días para ahogarme en mi duelo personal. El lunes no estaba mejor, seguía pesándome la culpa como la vez que rompí un objeto muy querido por mi madre y me las ingenié para que culparan a mi hermana.
El martes me animé a redactar un par de líneas en las que decía algo así como que no culpara a Pablo, que había sido un abuso de confianza de mi parte, que mi nombre era Jorge y que me sentía espantosamente mal. Insistí con una endeble disculpa. La escribí desde mi cuenta de e-mail.
En los días que siguieron, consulté la casilla como un poseso, pero no recibí respuesta alguna.
Una semana después, luego de leer y releer su última carta hasta desdibujar las palabras, y de intentar por todos los medios de aceptar que lo nuestro no tenía siquiera un principio; que, en todo caso, había comenzado con el final, intenté redactar mi primer envío postal. Fue a principios de marzo. Al trabajo le sumé las horas de cátedra en la facultad y el tiempo que me demandaban algunos amores fugaces, sin embargo, al final de cada jornada, cansado y vacío, volvía sobre las hojas borroneadas, tachadas y corregidas mil veces. A la luz extenuada de una lámpara buscaba con mi torpe grafía establecer un lazo argumentativo que me colocara de pie ante Guadalupe, y hasta con un toque de dignidad.
Llegó el mes de julio; una noche en la que la desesperación, el hastío y el humo me pusieron frente a un espejo real, rompí esos inútiles papeles acopiados que nunca cruzarían el mar. Rendí dos prácticos en la facultad que ya tenía preparados y me tomé un par de semanas de licencia en el trabajo. Subí a un colectivo que me llevó al pié de la cordillera. Me esperaba un amigo mendocino. Juntos recorrimos los casi trescientos kilómetros hasta el Cañón del Atuel, donde él tenía una modesta cabaña. Nada mejor que la naturaleza y la charla sincera de un amigo para cerrar heridas. El paisaje frío se fue metiendo cálidamente en mi espíritu, los nervios de la indiferencia selectiva parecían recobrar su vieja frescura. Solo quedaba volver.
En la soledad del regreso, quizá como una respuesta de la noche cerrada que retrocedía velozmente detrás de la ventanilla, volví a pensar en la gallega y en un par de segundos pasaron ante mí, en puro estado crítico, los últimos meses de mi vida. Tuve dos certezas: la conciencia lúcida y tranquila de la vergüenza, y la decisión de acercarme a esa lejana muchacha de la cual, casi inexplicablemente, estaba enamorado.

Esta vez no me enredé en tontos juegos de excusas y artilugios que hablaran de mí. Me limité a redactar los recientes días en el Cañón. Sería el paisaje o la escritura quienes realmente hablasen de mí. Después de todo, conocí a Lupe no tanto por lo que escribía de sí como por lo que simplemente escribía.
Era el Atuel, que corría encajonado, rápido, entre la pared rojiza y amarilla, a la sombra de esas esculturas que el viento supo tallar, quien se expresaba en esas palabras que cruzarían, esta vez sí, el océano con un destino de mujer.
Nada de correo electrónico; describí prolijamente mi itinerario reciente, doblé las hojas escritas y las metí en un sobre de manila y anoté la dirección de Guadalupe.
Una semana después, la noche me sorprendió garabateando sobre el papel una calleja oscura de Rosario por la que yo subía, solo, mientras unos gatos anónimos se escabullían entre las sombras. Al llegar a una esquina, desde un bar apenas anunciado me llegaban los acordes de un blues que se codeaba con un tango. Nunca me gustó el tango, pero algunas veces una nota me llega hasta lo más profundo. Allí me detengo y me dejo llevar por esa llaga que me dice del paso implacable del tiempo sobre la belleza humana. Después, con un gesto, me sacudo la nostalgia que se me ha pegado y me pregunto cómo me afectaría esa música casi aborrecida, que sin embargo es naturaleza, si yo viviese en otro país, lejos de estas calles con su empedrado de escamas relucientes, sus escenarios vacíos y llenos de magia, las mesas de amigos perdidos en la madrugada entre risas explosivas y confesiones melancólicas. En el bar me esperaban los bebedores de siempre, los enamorados de las historias de asesinos canallas; de mujeres de piernas largas y caderas sinuosas como un lugar común, mujeres de miradas líquidas; comentadores de versos de poetas inexistentes de tan desconocidos. Conversaciones que, luego, en la soledad de mi departamento reñían con la hoja en blanco que se entregaba de a poco, se desvestía mansamente, no ya incitada por la música sino por la letra que se apilaba y desgranaba.
A la semana siguiente, el sobre se llevó a España un camino de tierra en medio del campo, los juegos tempranos de la mañana que reverberaba en la laguna donde las vacas hundían sus pezuñas y el hornero amasaba el barro para su nido, el polvo que levantaba la camioneta y entraba por la ventanilla junto con el frescor. El pequeño pueblo, que se insinuaba en los bordes, con algunas casas derruidas al costado del sembradío de maíz, las paredes de ladrillo carcomido por los años y ganadas por el palán palán, el techo ya sin chapas pero con algunos tirantes de palo que aún resistían la intemperie y conformaban el esqueleto. El local en la esquina pobre y vieja, en cuyo cartel aún se leía ‘almacén de ramos generales’ como intentando resistir al anacronismo; la plaza con los árboles grandes y frondosos y sus caminos sin pavimentar, recorrida por algunos chicos con guardapolvos blancos que llegaban tarde al colegio. En frente la iglesia con su cúpula de ladrillo a la vista y una campana fundida a principios del siglo pasado, y después, casi por el medio del pueblo, las vías oxidadas, olvidadas del paso de los monstruos de hierro y la estación, la gloriosa estación de trenes, ahora convertida en una dependencia municipal más; una calle pavimentada, signo del último intento de acompañar a una época pujante que se diluyó con la esperanza del país, autos estacionados con las ventanillas abiertas, un tractor aún en marcha. Los arbolitos prolijos, con los troncos pintados con cal; baldíos desmalezados por el picado de la tarde y del sábado; algunas casas más nuevas, de los propietarios de los campos, con diseños encargados a arquitectos, hijos que se recibieron en Rosario o en Buenos Aires pero nunca más volvieron al pueblo. A la salida hay un barrio nuevo, de unas diez casas iguales, con patios abiertos y la ropa ya tendida, blanqueándose al sol, señal de las buenas relaciones del presidente de la comuna con el gobernador. Olor a leña quemada, a panadería.
Otra semana traté de describir un altillo nocturno habitado por murciélagos y otra el color del agua del río Paraná, visto desde la barranca de San Lorenzo, con sus botes; las islas de todos pero que son de Entre Ríos; los pescadores que ya han hecho su día y acomodan sus bártulos mientras aún coletea un agonizante dorado en el fondo del bote ‘hace unos años se sacaban hasta pacuses aquí, ahora apenas algunas boguitas y unos dorados chicos, no es lo mismo, pero alcanza’. El tableteo de un motor que se acerca, o la estela de una moto de agua que cruza en diagonal y contra la corriente.
Semana a semana, todas aquellas cosas que me rodeaban, que hacían a mi vida diaria, algunas importantes y otras insignificantes, fui llevándolas a la letra y ensobrándolas con destino a España. Al principio esperé, con cierta ansiedad, una respuesta que no llegó. Quizá ya no vivía más en Vilafranca; en algunas de las cartas mencionaba viajes cortos relacionados con sus estudios. Quizá los sobres eran arrojados a la basura o rotos sin ser leídos apenas llegados. Estuve tentado de pedirle todas las otras cartas a Pablo, para buscar allí alguna señal, algo que había pasado por alto y que apuntalase la hipótesis de la mudanza. Casi desisto, pero por un acto reflejo seguí enviando los sobres periódicamente. Con el tiempo dejé de pensar en la respuesta, incluso dejé de pensar en el destino de lo que escribía y me limité a narrar, como si en lugar de escribir para ella, lo hiciese para mí. Así se escribe un libro, pensé.
Actos de mi vida que me parecían interesantes; objetos que veía en un museo o en una galería; el hallazgo de un libro en una librería de usados; el palimpsesto contra la pared en una calle cortada luego de unas elecciones municipales; la sucesión de la floración de las especies autóctonas y un apartado especial para la flora importada de Europa; una morosa clasificación de los gatos callejeros según la tersura y luminosidad de su pelaje; el registro desordenado de la intertextualidad en la literatura argentina; el recuerdo (la imagen recordada) de mi madre (su expresión entre resignada y furiosa) en la puerta de mi casa cuando volví luego de tres días de ausencia porque me fui detrás de un recital de un grupo de rock sin avisar; sensaciones (estremecimientos) de una noche de ebriedad en la que una muchacha bailó con sus pies desnudos sobre los míos y luego desapareció sin dejar mas señas que su perfume y su mirada; los viajes que hacía durante el trabajo; las primeras noches de primavera con su aroma a ozono o a flores de paraíso; una serie de notas sobre la aparición de la luna en el horizonte y hasta una teoría poética sobre su diversidad; los muebles de mi habitación; la ventana abierta (la fragilidad de la noche, el calor, el zumbido del ventilador de techo, las ambulancias que se escuchan en la madrugada, cuando el que no duerme, escribe).
En los meses que pasaron nunca recibí una respuesta. Un día dejé de escribir.

Algunas semanas después recibí la primera carta de Lupe dirigida a mí. Bueno, salvo por el destinatario del sobre, en el interior no había ninguna otra referencia a mi persona. Comenzaba narrando una mañana de domingo vista parcialmente desde la ventana de su cuarto que daba a la calle. Describía el deliberado olvido de la persiana a medio cerrar, la tibieza de las sábanas, el crujido de algunos huesos mientras se desperezaba, el despegue de la cama, las particularidades de su higiene bucal, el desayuno, una lúdica discusión con su madre y después el minucioso detalle de la elección de la ropa que pondría en su valija. Las vacaciones habían terminado, debía volver a estudiar. Al final, en la última oración, se coló un ‘te escribiré cuando llegue’. Increíble la fuerza de un vocablo: sentí que ella me tocaba.
La segunda llegó apenas una semana después. Un poco más extensa, todavía impersonal, aunque ya con señas de la narración firme y espontánea que le conociera de las cartas a Pablo. Relataba el viaje, describía algunas callejas; el pasillo de la casa donde compartía una habitación con otra compañera; la escalera; la vista de los techos de tejas desde la ventana de su cuarto; los adornos en las paredes; la mesa de luz; el cajón de la mesa de luz; el color de las medias que se pondría al día siguiente (estuve tentado de escribir: ‘que se pondría mañana’); un verso citado de algún poeta gálico que yo desconocía; el reflejo del sol a cierta hora de la tarde que daba sobre el espejo e iluminaba el respaldar de la cama y el mismo efecto por la noche provocado por una lámpara en la calle, lo que la obligaba, lamentablemente, a bajar la totalidad de la persiana.
Esta vez, apresurado por responder, me encontré con una inusitada timidez. No había manera de encontrar el término justo para el encabezado, y nombrarla, no podía nombrarla. Comprendí las vueltas que debe haber dado antes de escribir las líneas iniciales de su primera carta. A miles de kilómetros de distancia, separados por agua y tierra, diferidos unos días, ambos nos descubríamos cohibidos. Retomé su fórmula y comencé por hacer un inventario de los libros de mi biblioteca, los datos editoriales de aquellos volúmenes sobre los cuales me sentía particularmente orgulloso de poseerlos, cité algunos fragmentos de algún poeta surrealista que destacaba la necesidad del humor en la poesía. Pero me costaba fluir, dejarme arrastrar por la escritura hasta olvidarme de estar escribiendo. Punto y aparte.
Comencé a describir mi mano izquierda: el ancho, el largo de las uñas, la forma de los dedos, la particular arruga en las articulaciones, los accidentes geográficos de la siniestra. El índice, un poco más torcido que el de su hermana derecha, debido a un accidente cuando tenía un par de años: narré con lujo de detalles el recuerdo que tenía del accidente. Al final, cerré diciéndole, ‘te escribo con la otra’. Tenía una intuición bastante precisa de cual sería el contenido de mis próximas cartas: mi pie derecho; la rodilla izquierda, una aproximación a mi rostro. Con cada mácula, la historia detrás: así, pude contarle el origen de mi cicatriz sobre una ceja; los siete puntos en el muslo de mi pierna derecha; una herida en la cabeza disimulada por el cabello.
Pedazo a pedazo, parte a parte, fuimos rearmándonos. Para cuando llegamos a las zonas más íntimas, ella era nuevamente Lupe y yo, Jorge.

Un año de morosas caricias escriturarias, un año para narrar dos vidas y enredarlas en un complejo juego de composición. Una pequeña obrita escrita en común. El huracán de sensaciones de la primera conversación telefónica. Algunas imágenes que cruzaban el mar en uno y otro sentido. Fotos amarillas, hoy.

Sorprendió mi intempestiva gestión de una licencia especial para viajar a España. ‘Una oportunidad, argumenté’. Aún recuerdo el gesto de Pablo, semejante a una sonrisa. Se acercó antes de que me fuera y me dijo en voz baja ‘decile que me morí’.
Llegué a Vilafranca del Pènedes, en medio de una algarabía catalana y de repiques de campanas, pasado el mediodía de un 29 de agosto. La mágica ‘festa major’ iniciaba, Lupe me esperaría cerca del Ayuntamiento, en lo que las enciclopedias llaman el barrio gótico, pero un mundo de gente, de chicos, de bandas, músicos y bailarines con sus atuendos típicos aún impecables que se trasladaban de un lado a otro en medio de los festejos, impidió que nos encontráramos. Entrada la noche, cuando comenzaban los espectáculos nocturnos, entre el deslumbre y mi consternación, en una callejuela serpenteante de balcones engalanados, bajo una lluvia de fuegos artificiales y en medio del estruendo y del griterío, nos reconocimos. Nos besamos largamente, sin desesperación, como si nos conociésemos de toda la vida y por alguna circunstancia nos hubiésemos visto obligados a vivir un tiempo separados y este fuese el momento del reencuentro.
A nuestro natural estado de excitación debimos agregarle el frenesí de la fiesta. Los bailes se encadenaban, corrimos de un lado a otro, nos sumamos a las bandas espontáneas que marchaban abrazados al costado de los grallers y saltamos hasta el agotamiento al compás de su música. Aún con mi torpeza trepé por encima de acalorados desconocidos que improvisaban una de esas torres humanas que al día siguiente los grupos de castellers exhibirían orgullosos a la salida de la basílica de Santa María.
Empalmamos la noche y el día nos encontró desayunando en un barcito cerca de la Casa de la Vila. Yo estaba embriagado con su cabello, sus ojos, su larga boca, su olor. El mozo preguntaba algo en su catalán natural y luego probaba con un español cerrado pero no podíamos apartar la mirada uno de otro. El café que había traído unos minutos antes se enfriaba mientras un humillo se desvanecía en filigranas. Algún vitreaux arrojaba un tono rojizo sobre el rostro que mis dedos acariciaban morosos. No necesitábamos hablar, solo estar allí uno cerca del otro.
Después caminamos por veredas angostas, nos fuimos perdiendo por callecitas curvas hasta alejarnos del centro histórico hacia los bordes de la ciudad. Los suaves caminos que enlazan las viñas acompañaron con su silencio nuestro embelesamiento, descansamos al costado de un puente, apoyados sobre mi destartalada mochila. La tarde comenzaba a declinar, pasó una camioneta cargada de gente que se dirigía al centro, a la fiesta. Nos gritaron algo que Lupe tuvo que traducirme. El polvo que levantó se estacionó en estratos como hilachas fantasmas a un metro del suelo, después el silencio volvió a reinar. Retornamos sobre nuestros pasos; la noche del 30 volvía a estallar en la ciudad y nosotros también estallaríamos pero en un cuarto de piedra y madera, sobre una cama cuyo perfume no olvidaré jamás, ni los cánticos que nos fueron adormeciendo mientras mirábamos el techo y hablábamos aquello que nos reservamos en la escritura de nuestras cartas.
Durante una semana recorrimos las callejas y admiramos los viejos edificios de la ciudad; sus familiares perfeccionaron mis rudimentos en la cata del vino y sus amigos me tradujeron al español las obscenidades de los campesinos catalanes y las de los mercaderes musulmanes prorrumpidas en la feria de los sábados. Luego viajamos a Barcelona donde nos alojamos en una pensión rústica y ocupamos otros tantos días en deambular y amarnos hasta la extenuación. Hasta que llegó el momento de mi regreso.
Amagué una promesa, que no era una mentira puesto que yo estaba convencido, pero Lupe apoyó el dedo sobre mi boca para que no continuara (sus ojos se parecían aún más a un lago).
—No esperaré —murmuró, con esa dignidad que yo le imaginara cuando respondió al mensaje que le escribí en nombre de Pablo— Ya esperé una vez a la persona equivocada. No sé si el azar, o qué, me devolvió a la persona correcta, a la persona que logré amar aún antes de verle los ojos, aún antes de poder escribir su nombre por miedo a que se desvaneciese. La vida es así, como el mar, te lleva y te trae cosas, y muchas veces solo te deja la espuma.
Me besó, la besé, y me dejó sólo, en el aeropuerto.

El problema no es si uno cumple las promesas o no, el problema es cuándo uno las cumple. Volví a España. Volví a Vilafranca, algunos años después. La ciudad era casi la misma, un poco más grande, un poco más moderna aunque lo disimulara, un poco más producida. Me dirigí a la plaza Jaume I, y tuve nuevamente esa experiencia de descubrimiento, en los dos sentidos, el literal y el metafórico; caminé por una estrecha y oscura callejuela, que se retuerce un tramo, amurallada por casas de dos o tres plantas y de indiscretos balcones. En la esquina todavía sobrevive una vinería a la que se accede por una pequeña puerta enmarcada en piedra y bajando unos pocos escalones, piedra y madera, como el hotel de nuestra primera noche juntos. En frente, el museo en el viejo Palacio Real. Algunos adolescentes caminaban a mi lado fumando hachís. Seguí mi derrotero hasta llegar al monumento a los castellers. Allí me quedé mirando a la gente que se movía por el lugar, con el enigma de sus vidas como otra vestimenta. Ella ya no estaba en la ciudad, nadie supo indicarme dónde encontrarla, o no quisieron. Pocas veces la ausencia se me hizo tan presente. De a poco los sonidos de la ciudad comenzaron a llegarme, el bullicio, las voces, las palabras de esa otra lengua. Lo escribió en alguna de las cartas y no volvió a repetirlo, sin embargo lo recordé en su voz;
Jordi, no me llames gallega, soy catalana’.

3/21/2008

Matemos a Jorge

Quizá los Jorges se terminen, como todo el mundo, muriendo solos.
Quizá entre un Jorge y otro, el abanico de posibilidades no deje de tener un lazo, un nexo que los vincule. Tal vez el blog de referencia sea un intento de documentar la sospecha de que somos apenas nodos de una maraña (red) universal.
No sé si un Guinzburg debiera compartir un espacio con Videla, de hecho la Argentina fue un espacio en el que convivieron ¿fueron iguales? ¿fueron tan diversos? la sola nominación, el homónimo no basta, pero, como diría Borges (otro Jorge) todo es posible en la vida, hasta la existencia de Dios. 'Matemos a Jorge' es un interesante espacio en el que se plantean interrogantes que van de uno a otro Jorge. La verdad no es necesaria, solo la especulación; su búsqueda.

3/09/2008

Abelardo Castillo y sus cuestiones de estilo

Leo a Abelardo Castillo, y aún para expresar sus posiciones ante temas tan lustrados de la teoría escrituraria, no puede escaparse a la maquinaria ficcional. "Por el sendero venía avanzando un viejecillo..." ¿es una nota biográfica, o una breve fábula para poner de manifiesto una opinión? No importa mucho ¿verdad?

El texto, en Lecturas y Miradas

Novelas / Fragmentos

Mi dificultad para escribir novelas. Acabo de descubrir que sueño novelas enteras. Me desperté sabiéndolo, con toda la conciencia de una trama completa y equilibrada. La fugacidad es atroz. Me permitió asociar las otras veces que me desperté así y el viento del día se llevó el sueño, la novela, a otra parte. Ahora, con ese ojo alerta, reviso lo que he escrito y compruebo que son fragmentos aislados de esas novelas.